La cobardía silenciosa de las titiriteras

Por Frank Mayhem
Enviado el 12/02/2016, clasificado en Poesía
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100.000 bocas chillan detrás de mi espalda. Ladran y escupen  gotas de ácido corrosivo en forma de grandes interrogantes verdes, cobardes y corrosivos que me abrasan la piel y me dejan cicatrices, y pus y sangre coagulada y otra no tan coagulada. No quiero creer que el color verde me ha traicionado, no quiero que las risas fáciles desaparezcan ni que se vuelvan falsas y distantes en la memoria, pero ahora mismo sólo quiero darle patadas a las latas vacías y buscar consuelo en las farolas que iluminan caminos y vergüenzas ajenas.

La primera vez de todo no pudo ser la última de nada. Que sólo sea el único final feliz de aquel momento preciso. Las probabilidades también tienen colorín colorado y perdices y cerveza, y promesas de más colorín colorados y blablabla de color azul o verde o el que sea. Pero no, puta rabia opaca que no deja ver otro color que el del asco y los puntos suspensivos y los interrogantes llenos de ácido que atraviesan mi carne. Y después dolor, solo dolor, intenso dolor sin caras, sin culpables, solo dolor, vacío y carente de significado,

 

dolor.

 

Del que quema y no cauteriza, del que hierve y desprende humo tóxico, y palabras punzantes, y culpabilidad sin piedad impregnada en flechas de arqueros escondidos entre la profundidad de frondosos bosques,

 

también verdes.

 

Del mismo color que el ácido que llega al hueso y hace que desfallezca, que caiga, que me siente en la cama, que me jorobe por lágrimas que pesan toneladas, una falta de todo que te vuelve lánguido como una marioneta, como una estúpida marioneta inútil, rota y frágil, que se derrite torpemente y cae rendida al suelo cuando le cortan los hilos que la conectan con la vida,

 

con el amor,

 

cuando el furioso dolor que sufre el muñeco de trapo se va y le
da paso a la triste calma, ese estúpido y pusilánime silencio que nadie rompe por lástima, porque el buen silencio de la calma, de la nada, merece ser observado en su vacuidad, y maravillarse de las mejillas clavadas en el suelo, de
los ojos que ya no escupen nada, sino vacío que traga la vida que pasa ante ellos y se empiezan a pudrir por la humedad, y de esa humedad nace el musgo salvaje y diminuto que con su color verde intenso empieza a dar un poco de vida en donde ahora ya no hay nada,

 salvo musgo

verde oscuro

como el del ácido que

llega al corazón

y lo apaga,

 

hasta que alguien más lo vuelva a prender.

Alguna otra titiritera que quiera volver a ponerle hilos, corazón y falsas esperanzas al pobre muñeco de trapo.

Eso eres tú, puro y estúpido ácido corrosivo y silencioso vertido sobre mí, un pobre muñeco de trapo que todo lo vio venir,

y no hizo nada.


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