Diario de viaje III (Torquay 2)

Por Enlapaz
Enviado el 24/03/2013, clasificado en Varios / otros
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Además de en el hostal, estuve trabajando de limpiadora en un gran hotel. La mayoría de mis compañeras eran polacas, y siempre hablaban en polaco. Mi grupo de amigas eran una mexicana, una lituana, una húngara y yo. Hablábamos en nuestros descansos, y pocas veces nos vimos fuera. Eran de mi misma edad, pero todas estaban casadas.

Los domingos eran cansadores. Teníamos que limpiar muchas habitaciones. Yo salía despeinada, sudada y colapsada física y psicológicamente. Creo que puedo decir que uno de los trabajos más duros y estresantes es el de limpiadora de hotel. A partir de ahora dejaré propina, pero por el momento no tengo dinero para ir a un hotel, ni estoy preparada para pisar uno.

A los tres meses mis mayores apoyos se habían ido, mis ahorros habían aumentado, y mi trabajo con la temporada de verano se estaba volviendo aún más agotador. Cada día era un domingo. Así que decidí volver a Londres. Pero antes, hice un pequeño viaje con R a Newquay y fui unos días a mi ciudad tras mis dos primeras etapas en Inglaterra.

Newquay es un pueblo de surf. Tiene unas playas anchas con unos acantilados increíbles. Jamás había visto nada parecido. Me sentí como en la era de los dinosaurios. Allí fuimos a ver a un amigo que se había mudado dos semanas atrás. En el hostal nos dieron una gran habitación para los dos con baño por el mismo precio que dormir con 10 más. Los desayunos los hicimos en la terraza del hostal que estaba en uno de los acantilados con unas vistas preciosas.

La gente del pueblo es joven y surfista. Me encantó, me hubiese mudado con los ojos cerrados allí, pero ya había apalabrado un trabajo en Londres y mi amiga me estaba esperando.

En Newquay hice el intento de surfear. Hacía frio y un día muy feo. Sentía pereza pero también me sentía muy atraída por esa idea, que representaba una gran aventura. Alquilamos el traje de neopreno y la tabla en pueblo. Tuvimos que ir andando vestidos hasta la playa. Yo intentaba taparme con la tabla, pues en Torquay llegué a la meta de engordar diez kilos en seis meses. De la cual me he alejado ya. En el mar estuve dos horas, hasta que mi nuca comenzó a sentir el frío. Al meterme no sentí frío. Yo siempre voy poquito a poquito y si puedo, con una colchoneta. Pero aquel día me metí directa. Estuve una hora sin conseguir nada, pero sin perder la energía. Hasta que entendí que me estaba colocando mal.

El surf es un deporte en solitario. Pero hay mucha comunicación. Si a alguien surfea una ola y consigue levantarse te alegras. Y el ver a los demás intentarlo una y otra vez te da fuerzas para seguir.

Aquella tarde estaba lloviendo, las olas eran bastante grandes e iban en todas las direcciones, el cielo estaba ennegrecido y sentía la naturaleza virgen en mí, sumergida en aquel paisaje.

En un momento me subí en una ola que me desplazó más de 10 metros, iba rapidísima, gritando de felicidad, no podía parar y temí por hacer daño a alguien. Y lo mejor fue que R me vio, y me repitió muchas veces “ Fue increíble”.

Cuando salí del agua, me sentía feliz y no pude parar de reír. Además cuando estaba en la arena descansando encima de mi tabla con el traje y el pelo fatal, dos surfistas se me quedaron mirando, y eso me produjo aún más felicidad.

Tras Newquay, vino mi despedida de Torquay. Torquay siempre estará en mí, pues es uno de mis grandes tesoros, mi aventura.


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