El crimen durante el musical de Semana Santa, parte 3

Por Milo Villarroel
Enviado el 16/02/2016, clasificado en Intriga / suspense
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 De repente, cuando todos centramos nuestra atención en él esperando su parte de la canción, Ted Lerner se llevó las manos al cuello y en lugar de cantar, emitió una arcada terrorífica para después de desplomarse sobre la mesa ante todos nosotros. 

Los gritos invadieron los muros del teatro y nosotros como público admiramos cómo sus compañeros de escenario, incluido de Farías, intentaban reanimarlo. Pero no tenían éxito. 

Era tanta la desesperación que ordenaron a los profesores cerrar el telón y estos obedecieron, no sin antes unirse a la ayuda.

- ¡Dios Santo!- exclamó Paola, llevándose la mano a la boca.

A nuestro alrededor, todos los presentes corrían de un lado a otro, sin saber qué hacer, con algunos clamando por una ambulancia. Vi a los padres aferrarse a sus hijos y entonces me desesperé. 

- Paola, ¿dónde están los niños?- pregunté con tono de alarma. 

Mi amiga colocó una cara de terror y creí colocar la misma mueca. Nuestros hijos básicamente eran adultos, pero nuestro instinto de madres nos hizo alarmarnos cuando ellos no estaban en nuestro punto de mira. 

Rápidamente, Paola marcó desde el celular el número de Ricardo mientras lo buscaba con la mirada. Volvió a llamar cuando no la comunicó. 

- ¿Ricky?- dijo por fin al celular- ¿Dónde estás?- escuchó un buen rato- ¿Por qué me susurras? ¿Qué estás haciendo?- se quedó en silencio otro rato más- ¿A Carabineros?

Después de esa pregunta sólo repitió el nombre de su hijo un par de veces hasta que se dio cuenta que se había cortado la llamada. Me explicó brevemente que ambos jóvenes estaban sobre el escenario, junto a todos los que intentaban reanimar a Ted Lerner; que llamara a Carabineros lo antes posible. Esa parte me interesó considerablemente. 

- ¿Por qué a Carabineros?- le pregunté.

Paola sólo se levantó de hombros y marcó el 133. Después de pedir una patrulla, nos atrevimos a subir a las tablas. Creí que en cualquier minuto, el piso se vendría abajo pero nada de eso pasó. Ante nuestros ojos había una agrupación de personas en círculo, a todos los reconocí por sus papeles en el musical, como si observaran algo aunque presentí que ya no era a Lerner. Me fijé que habían quitado todo lo relacionado con la obra. Entonces, Ricardo Pascal se colocó enfrente nosotras impidiendo que siguiera analizando la escena. 

- ¿Qué estás haciendo acá?- le reprendió su madre. 

Ricardo casi se rió, pero se dio cuenta que era en serio. 

- Astor vino corriendo antes que cerraran el telón- dijo-. Yo solamente lo seguí. 

El escuchar el nombre de mi hijo provocó que saltara sobre Ricardo, interrogándolo sobre dónde se encontraba. Él se giró y me señaló a la gente que formaba un círculo sobre el escenario. 

- Está ahí, terminando de revisar el cuerpo.

- ¿El cuerpo?- exclamó Paola- No me digas que Ted... 

- Sí. Yo también estuve un buen rato mirando y me di cuenta que no había caso: estaba muerto desde que se lanzó a la mesa- se dirigió a su madre- ¿Llamaste a Carabineros?

Paola tardó en salir del shock, así que fui yo quien se lo confirmó. 

Sin darme cuenta di un par de pasos en dirección adonde había indicado Ricardo y alcancé a vislumbrar, entre todas las cabezas, los ojos grises de Astor. Jamás los había visto brillar tanto. Recién se había puesto de pie. 

- Bueno, se murió- escuché la voz de Bernardo Plaza-, quizá le dio un infarto y se fue al Patio de los Callados. Así de simple. 

- No es tan simple- respondió Ricardo desde detrás de mí-. Primero: si hubiera sido un infarto, se habría llevado las manos al pecho y no al cuello. Eso todos lo vimos. Segundo: sus dedos están contraídos y sus labios se están poniendo morados, señal clara de envenenamiento. 

Junto con Paola, nos acercamos para lograr ver el cuerpo. El pobre hombre, de cabellos negros muy largos y moreno como una nuez, yacía de espaldas sobre el escenario con las extremidades extendidas a lo largo y con los ojos abiertos, haciendo evidente su terrible agonía. Noté que, ciertamente, los labios gruesos del cantante estaban morados. Claro que era envenenamiento, tuve que estudiarlo muy bien para escribir mis novelas de misterio. 

- Quizá se quiso matar el imbécil- refunfuñó Plaza, aún de mal humor. 

- No- dijo Astor, que estaba todavía mirando el cuerpo-. Eso no calza.  Ted Lerner era un tipo realmente arrogante y se preocupaba por su apariencia, era un mujeriego sin cura y sentía un gran desprecio por el melodrama. A este hombre lo envenenaron durante el desarrollo del musical.

 


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