El ritual de Pachapac.

Por Cristhian Moran
Enviado el 16/02/2016, clasificado en Cuentos
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Habían llegado al puerto. Un pequeño barco los esperaba. Se las ingeniaron entre Severino y Edmundo para bajar a Guillermo que agonizaba en una ardiente fiebre que se le colaba por los huesos. Víctor tenía una bala dentro de su hígado y la sangre lo cubría todo.

- no podemos dejarlos morir- Comento Edmundo, con una risa que se le marchitaba en el rostro.
- Llévense el dinero, y hagan algo productivo con él, sino tantos esfuerzos serán al pedo…
No hubo mucho tiempo para pensar. Nunca hay el suficiente tiempo para pensar, no?.
La gente estaba muy congestionada por los sucesos de la mañana del jueves, y daba la sensación, que 4 tipos llenos de sangre levantaban muchas sospechas.

Se deshicieron de las armas, y la única bala sobrante, subieron al pequeño barco y zarparon hacia alguna costa del Brasil.

Llegaron al amanecer al puerto de Curitiba, sin rumbo fijo. El 03 de noviembre Víctor y Guillermo fueron enterrados en la selva. Edmundo había logrado llegar a Sao Paulo, pero la policía lo reconoció por las fotos enviadas por los esbirros que lo perseguían, Capturado y trasladado a un juzgado en Argentina, se lo enjuició rápidamente para hacer muestras del poder de la ley sobre los obreros de ideas avanzadas, en todos los periódicos, se regocijaban de alegría, y se lo transmitía al pueblo, rebaño, que a fuerza de balas se pacificaba. Condenado a 20 años en el presidio de Ushuaia, un final peor que la muerte, y él lo sabía.

La noche de luna llena lo cubría todo. La Selva emanaba un calor húmedo y sofocante.  Era un concierto de insectos por doquier. Intermitentes notas agudas se mezclaban con el murmullo de las hojas de los Paidjata, cuyas flores exhalaban un delicioso aroma, rumbeando en un sinfín de direcciones, El gran fogón iluminaba ciento de miles de ojos que seguían atentos la danza de figuras que emanaban del fuego. El gran cocinero preparaba las ofrendas para Pachapac, las dama de grandes pechos que proveía de oxigeno, alimento, utensilios, casas, necesidades que los encolerizados dioses, proveían, necesarios para sobrevivir lejos del mundo industrial, que dejaba detrás de sí enormes, nubes de contaminación, de ondulantes humos azules de combustión, que impide respirar. Tal vez sea la última gran invención, un juguete grotesco de una era de la que pronto no quedarían más que chatarra vieja y oxidada.

Cuenta la leyenda de este pequeño pueblo, habitante de la frondosa arboleda siniestra, que el Ubunda tan dulce, que puede disecar la esencia de uno, puede volverse amargo, tan amargo que los muertos revivirán y caminarán errantes hasta recordar sus pasadas vidas, anhelantes de agua para saciar su asfixiante sed.  Pero, ¿Quiénes reviven?; los que merecen una segunda oportunidad, contaban las historias de los chamanes en las noches sin luna, alrededor del fogón.

La oscuridad, espesa como en un túnel, se disipaba por el arrogante fogón, que ardía,  deambulaba errante, furiosamente, en una mezcla de colores frenéticos que se fundían entre sí, imponiendo su aterradora presencia. El aire olía al sudor de los animales y a las especies que usan las mujeres para sazonar el camino que dejaban a su paso. La tierra protectora, y sus espíritus ancestrales, creadores de sueños y pesadillas, reunían a un sinfín de seres hermandados por lazos de reciprocidad, guerreros, chamanes, alababan a las mujeres de la tribu, esas que la llamas del fuego de pachapac, fertilizaban, trayendo las lluvias consigo, las buenas cosechas, los fuertes y sanos hijos, la belleza en sus cuerpos y espíritus, transmitía el arte de la vida, vivida entre todos los seres, que componían el amazonas.

Los espíritus ancestrales, reencarnados en cientos de animales contemplaban la alegría que producía el ritual de estos seres, drogados en éxtasis. El guerrero más viejo, de las familias reunidas, junto a la abuela de 100 inviernos, rociaban la tierra con Ubunda, y restos de huesos de los ancianos, en unión entre el cuerpo y el espíritu, en agradecimiento al movimiento continuo de las almas con la naturaleza.  

Alma – Cuerpo.      

Tierra – Vida.

Era curioso, daba la sensación de que algo faltaba, y precisamente eso era de lo que carecía Víctor. Su alma se había separado de su cuerpo. La vida se alejaba corriendo, sepultada bajo la tierra. Sobre su carne, la danza brotaba y tomaba ritmo propio, sumergía en un trance alucinógeno. La tierra era cultivada. Como sus ancetros hacían antes de que puedan darles nombres a sus creencias, la energía evolucionaba en vida. Y donde muere la actividad del cuerpo…

- Haaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. ¿Qué está pasando?, podía formularse la pregunta en su cabeza, pero de su boca solo salía tierra húmeda.

Le faltaba el aire, le ardían los ojos, sus manos le quemaban, sus piernas temblaban, adoloridas, Sentía una fuerte opresión en el pecho, el resentimiento le cerraba la garganta, le sangraba la nariz, sentía que sus tripas querían escaparse hacia afuera.

La danza casi estaba completa. Cientos de miles de ojos contemplaban el cuerpo de Víctor, sentía como la vida se apoderaba nuevamente de él.

La anciana, tan arrugada, que daba una expresión tétrica a su rostro, gritaba y aullaba frases en un idioma tan antiguo, como los árboles que lo rodeaban todo. Recorrió el rostro de Víctor con sus ojos inexpresivos. Se paró frente a él, parecía 100 años más joven, hermosa como una diosa. Extendió sus pequeñas manos hacia Víctor, le entregó un recipiente lleno de un líquido negro. Era tanta la sed, la desesperación, anhelaba mas que a nada refrescar su cuerpo, calmar su locura, que se filtraba por su carne fría.

Bebió todo el contenido de un sorbo. La Hermosa mujer, sin rastros de vejez alguna lo miraba fijamente. Extendió nuevamente sus manos, y le entregó a Víctor, 2 semillas.

Pero no tuvo tiempo de cuestionarse nada.

La expresión de la Mujer más vieja de esa gente cambió, su rostro se marchitó, se contorsionó en miles de gestos macabros, y cayó fulminada por un rayó, que solo la dejó agonizar unos escasos segundos.

El ritual de la fertilización estaba completo.

- ¿Será un sueño, una pesadilla sin fin?.  

Así fué como comenzaron las alucinaciones…


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