Súgoiimi ristre fuaja utirna

Por V.M. San Miguel
Enviado el 17/02/2016, clasificado en Terror
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El pozo se erguía solitario en el patio trasero.

    Joel siempre lo había visto con terror ahí apostado, desde que era pequeño y sus padres le decían que no se acercara al pozo de detrás de la casa porque podía caerse y matarse, hasta ahora, casi veinte años después de todo eso. El pozo no había dejado de infundirle temor con el tiempo, todo lo contrario, ahora sentía más miedo; de otro tipo, pero más miedo. Tenía miedo de que su pequeño hijo se cayera por él, y no quería infundirle temor a aquel objeto inanimado como sus padres se lo habían infundido a él, de modo que la única solución plausible era tapar el pozo. De todos modos, según recordaba él, jamás había dado agua, y siempre había faltado balde y polea así que no importaba demasiado tapar el pozo. Esta tarde, con toda seguridad lo haría; lo taparía de por vida. Para él aquella acción era casi simbólica, pues desde su más tierna infancia, al mirar por la ventana de su habitación podía verlo ahí, inmóvil, vigilando el patio trasero, rodeado por los espesos árboles que circundaban la propiedad. Para Joel era una vieja costumbre el mirar por la ventana antes de irse a dormir y quedarse contemplando el pozo por espacio de minutos, a veces horas, y no es que el pozo tuviera algo de peculiar, simplemente le gustaba quedarse ahí imaginando que habría debajo, porque quizá debajo hubiera cadáveres o monstruos en la oscuridad y aquella idea le fascinaba. Le fascinaba la idea de creer que quizá ahí hubiera un tesoro enterrado, le fascinaba el creer que los monstruos de las películas de horror se ocultaban en su casa; estas dos, contradictorias entre sí, ideas, lo mantenían alejado del pozo y así había logrado sobrevivirle. Los ladrillos que rodeaban las paredes del pozo y los que sobresalían por encima de la abertura de él ya estaban viejos y mohosos, seguramente, si se le dejaba naturalmente terminaría tapándose a sí mismo y ahí terminaría su existencia. Solo que aquello quizá tardara cinco años más y Joel ya no resistía más el no permitirle a su hijo de cinco años salir a jugar al patio trasero pues para algo se había construido en la propiedad. Aquel espacio estaba inutilizado y era un bello y frondoso jardín rodeado de árboles, todo por culpa del pozo… Era muy egoísta dejar el pozo ahí cinco años más solo por los viejos tiempos, cuando atrás podría ser jardín y piscina; jardín para su esposa y piscina para su pequeño hijo. Él se conformaba con que ellos fueran felices, así, sin más remedio, taparía el pozo, ya le había comentado a su esposa lo que pensaba hacer ahí detrás y ella estaba muy de acuerdo.

    Lo haría cuando llegara la tarde…

 

    La tarde llegó sin más remedio y tuvo frente así al pozo con sus aproximados metro y medio de diámetro y su profundidad de treinta metros, con sus abiertas fauces pues la madera que solía cubrir la abertura del pozo había estado podrida y agujereada aquí y allá de modo que una ráfaga de viento la había destrozado. Aquel trabajo le llevaría quizá toda la noche, pero era feliz de hacerlo.

    Se inclinó para recoger una cerveza que abrió inmediatamente.

    -Salud-le dijo al bosque que lo rodeaba, pero este no contestó, y bebió un sorbo, el primero de la noche. Dejó la cerveza sobre el último de los tres peldaños que conducían a la puerta trasera y se acercó a la pala enterrada en la carretilla junto al pozo. Comenzaría echando tierra al pozo, más tarde cal y luego le pondría una capa de hormigón, parecía un buen plan.

    Forcejeando un poco con la tierra en la carretilla sacó la pala y echó la primera palada de tierra en el pozo. El pozo vomitó entonces el eco del sonido de algo que cayera en agua, la tierra había caído sobre los dos o tres centímetros de agua que se había estancado de la lluvia de la noche pasada, una ráfaga de viento le desacomodó el cabello y levanto unas cuantas hojas caídas de los árboles que lo rodeaban. Tras la segunda palada de tierra el pozo vomitó un sonido ligeramente diferente, la tierra había chocado contra los muros de ladrillo del pozo para finalmente precipitarse al fondo.

    -Ben, míge rintra-exclamó el pozo. Joel se cayó al suelo del susto. Aquella voz le resultaba familiar, pero no quería siquiera pensar lo que aquello significaba.

    -Míge-repitió el pozo con su aguda voz, demasiado aguda para ser de una mujer y en extremo para ser la de un hombre. Era, por tanto, la voz de un hombre fingiendo voz aguda.

    -Míge, Joel, súgoiimi ristre fuaja utirna-Joel no lograba comprender en absoluto lo que decía el pozo y la mención de su nombre lo hizo estremecerse. Aquello era una locura, el pozo le estaba hablando en una lengua ininteligible con la voz, ya no le cabía duda…

    -Míge, Joel-repitió el pozo.

    …de un payaso ¿por qué caminaba él entonces hacia el pozo? Joel sabía que aquello era una locura, sentía ganas de huir, pero su cuerpo no le obedecía, aquella voz parecía hipnotizarlo. Una nueva ráfaga levanto hojas de los árboles que danzaron sobre su cabeza para luego ir a caer al fondo de la boca del patio trasero de aquella casa. Se tambaleó un segundo ante la ráfaga de viento, pero se mantuvo en pie al borde del pozo. Una nueva ráfaga de viento desacomodo su pelo, pero esta vez era una bocanada de aire rancio, olía a podrido; la ráfaga había salido del pozo.

    Joel retrocedió, entonces, sumamente espantado por lo que había visto escalando las paredes del pozo. Una horrible criatura recién nacida, ataviada de payaso emergió como vomitada de las profundidades del pozo y subía clavando sus afiladas uñas en las hendiduras entre cada ladrillo que cubría las paredes del pozo. Algo, una especie de líquido viscoso como baba le recubría. Cuando el payaso estuvo en la superficie Joel supo exactamente que era ese líquido: era sangre, el payaso estaba recubierto de sangre, como un recién nacido, y, ahí donde otrora debieran estar sus piernas crecía una enorme extremidad que llegaba hasta el pozo. Aquello no era un payaso, era un monstruo, era la lengua que crecía en las horribles fauces del monstruo de la casa. El payaso murmuró entonces enseñando su afilada hilera de dientes y entrechocando sus terriblemente largas uñas entre sí. El pozo devolvió el eco:

    -Míge, Joel, míge-le dijo mientras se lanzaba sobre él para arrastrarlo al fondo del pozo…


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