Latido secretante

Por V.M. San Miguel
Enviado el 02/03/2016, clasificado en Terror
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Tengo miedo.

    Tengo miedo pues soy ya muy mayor y sé, en mayor parte por el color de mis fluidos corporales, que me queda poco tiempo de vida. Si pudieras verme ahora mismo sabrías porque digo esto, postrado, casi invalido, solitario en la oscuridad, he tenido una cantidad razonable de tiempo para pensar al respecto y he llegado a la conclusión de que sin duda aquella cosa era totalmente inhumana. Mi memoria es débil y, por tanto, su recuerdo es vago, pero si tuviera que utilizar la ficción para describir a aquel monstruo sin duda diría que es inenarrable, y su horror otro tanto.

    Fui, durante toda mi vida, un experto neurólogo. Escogí aquella especialidad obsesionado con poder volver a dotar de vida al cerebro, la maquinaria madre del cuerpo humano, y durante mis largos cincuenta años al servicio de la ciencia exploré con rigurosidad esta posibilidad experimentando en animales pequeños, sin ningún resultado, a pesar de ello, jamás me rendí, ni renegué de mi empresa pues aquella era la labor que me apasionaba.

    Pues bien, cierto día, y de esto harán unos cinco años, vi volver a la vida a una rata pequeña cosa que me exaltó de sobremanera pues la aplicación de la misma droga en una rata del doble de tamaño no había mostrado resultado alguno. Le serví velozmente comida y agua a la rata, pero esta se negaba a comer y más bien se conformaba con arañar con fiereza las acristaladas paredes de su jaula. Observé su comportamiento hasta su fallecimiento por inanición (pero aquello no había sido culpa mía pues llegué a un extremo de preocupación por mi experimento tal que comencé a administrarle la comida por vía intravenosa, por lo que me sorprendió aún más su repentina muerte por este motivo), y si bien noté un comportamiento ligeramente más agresivo, no había ninguna otra anomalía ni excentricidad más allá del hecho de que se negará a comer. Confirmé su muerte y documenté el hecho con exactitud clínica anotado todos los por menores del caso. Con cuanto horror vi entonces, mientras revisaba prontamente la información que había recopilado de aquel caso, a la pequeña rata cuya muerte había confirmado, agitar la cabeza más para intentar quitarse las cremas que había colocado en la parte superior de su cabeza, pues estaba aún por practicarle la autopsia, qué para desperezarse, temblorosas sus pequeñas patas sobre la charola que iba a utilizar para la operación. La rata que había vivido tres vidas pudo por fin ponerse de pie y yo me estremecí del horror y de la rabia pues no podía dejar escapar a aquel ser, pero tampoco quería matarle. Tuve que hacer lo correcto por más que ello me pesara como científico y le aticé con una tablilla de madera intentando evitar la cabeza y otros órganos vitales para estudiar más tarde al animal, empresa en la que fallé pues con mi primer desesperado golpe le molí la cabeza dejando toda su espesa sangre embarrada en la improvisada mesa de operaciones que cierto día había inventado.

    Aquella primera resucitación aupó mi espíritu de investigador instándome a experimentar el efecto que esta poderosa droga poseía en seres humanos, sin embargo, cuando conté mi experiencia y mostré el cadáver a mis superiores se negaron a darme acceso a cadáveres humanos pues, decían, mi droga aún tenía que ser diversamente probada antes de su experimentación en humanos, en cambio sí que me concedieron acceso a partes humanas sueltas con la condición de que si recogía alguna de ellas fuera únicamente para su estudio y análisis buscando posibles implicaciones con la droga que había fabricado y nunca para experimentación activa clandestina o en el laboratorio del hospital. Accedí a aquellos términos no disgustado del todo por las limitaciones que se me habían impuesto, pues ahora tenía libre acceso a tejido y musculo humano vivo y podía estudiar las diferencias que las conexiones nerviosas entre estos y los de un animal poseían.

    Pensé que si podía analizar algún cuerpo humano cuyo sistema neurológico no hubiese sido comprometido tras el fallecimiento y cuyos órganos vitales se mantuviesen intactos podría resucitarlo. Y así fue efectivamente, analicé por cuatro largos años partes humanas encontrando que la mayor dificultad era encontrar un cerebro y sus conexiones que no se hubiesen visto comprometidos. Y, durante esta época, no descuidé en absoluto mi investigación en animales pequeños, siendo, lo más grande que en lo que se me permitía experimentar, gatos callejeros o domésticos cuyo dueño aprobase su experimentación. Mi experiencia en resucitar cuerpos fallecidos me mostró un dato reluciente: entre más fresco estuviese el cuerpo, más seguramente resucitaría. Aquello era un enorme impedimento para la experimentación de la droga que tantas veces ya, había alterado, buscando alguna que no dependiera del tiempo que mediara entre la muerte del experimento y la suministración de la droga, pues, encontrar un cadáver cuyo consentimiento para la experimentación fuera firmado en un espacio de tiempo inferior a los diez minutos era una labor imposible. Cambié tantas veces mi droga y experimenté tantas resucitaciones que llegué a creer que había desarrollado un compuesto que podía reactivar las células muertas del cerebro y conceder una nueva vida a aquel al que se le suministrara mi poderosa y activa medicina a pesar de no haber probado, jamás, su efecto en humanos.

    Cierto día, mientras por la mañana, platicaba con el recepcionista acerca de unas jeringas que deseaba adquirir, el ruido de las sirenas terminó de despertarme del todo. Había ocurrido un accidente con un autobús lleno de pasajeros, según nos informó el director del hospital y los heridos seguramente serían repartidos entre nuestro hospital y el que había algunos kilómetros más allá. Nos ordenó salvarles la vida a tantos como pudiéramos y nos deseó suerte. Llegaron entonces las ambulancias y metieron a los heridos ordenadamente en parejas a través de las puertas del hospital. Aquello ocurrió un día domingo y muchos eran los médicos que se encontraban ausentes pues aquel era un día en el que no había mucha afluencia por el hospital, de modo que la selectividad al tratar a los heridos era muy importante. Cuando se lo mencioné al decano este asintió y me mencionó que estaba tratando de localizar al resto de los médicos que no habían ido a trabajar aquel día, pero que poco podía hacer pues, según deducía, estarían ayudando en el otro hospital más cercano a la ciudad y, por ende, con mayor afluencia de heridos.

    No dije nada pues fue entonces cuando me llamaron urgentemente a la cirugía de un hombre que se había clavado un trozo de cristal en una de las piernas y, al parecer, se estaba desangrando. Aquella no era la clase de cirugías que solía practicar, empero, gracias a mi larga carrera en medicina conocía perfectamente los procesos a seguir. Los familiares ya comenzaban a llegar y aquello era un terrible caos de personas y, cuando llegué a la entrada de la sala de operaciones en la que estaba el hombre al que debía practicarle la cirugía urgentemente fui recibido por la intensa suplica de una mujer que venía acompañada de dos pequeños niños. La mujer suplicaba que le salvara la vida...

Completa: http://libreronuevo.blogspot.mx/2016/03/latido-secretante.html


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