Encandilado

Por Cielo
Enviado el 04/03/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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“Y éste es el momento en el que puedes pedirme lo que quieras…” le escucho decir mientras su cuerpo desnudo, encima mío, sigue teniendo un ligero temblor producto del orgasmo que acaba de sentir. Acaricio su pelo mientras la beso, sin poder evitar tener una sonrisa en los labios. Mi mente aún está saturada de sus gemidos, sus movimientos intensos conforme el clímax se acercaba y la expresión de su rostro que evidencia un placer que me enorgullece hacerle sentir.

Observo su rostro y sus facciones tan finas y suaves, ese rostro que ha llenado mis pensamientos desde hace algunos pocos días con la misma expresión de placer de hace unos instantes, y me es inevitable volverla a besar, paladeando en cada instante su boca mientras vuelvo a percibir el sabor de su sexo, que hacía apenas un momento atrás devoraba con pasión hambrienta.

Mientras me mira con una expresión que me enamora, me siento tan deslumbrado, que recuerdo lo que mi padre solía decir cuando encontrábamos algún conejo a la orilla de la carretera: “mira cómo se queda encandilado”, y la prisa con la que bajaba para tratar de atraparlo sin bloquear la luz. Y sonrío pensando que es justo como me siento ahora: embelesado por su belleza y completamente a su merced. Contradictoriamente, aunque con su orgasmo me otorga una total disposición, soy yo el que está dispuesto a lo que sea por ella.

La abrazo fuerte mientras vuelvo a retomar los movimientos de mi pelvis, y conforme profundizo la penetración, veo nuevamente que entrecierra sus ojos que se ponen por instantes en blanco. Su humedad se incrementa y siento que moja mi pubis, al mismo tiempo que el roce de su sexo me hace estremecer de placer.  Sus gemidos inundan mis oídos y a mi mente encandilada llega por un instante un pensamiento fugaz acerca de nuestra diferencia de edades, pero lo aparto rápidamente mientras sujeto sus glúteos y escucho el chasquido de nuestros cuerpos al chocar. Pequeños flashazos de memorias pasan por mi mente en ese instante, recordando su sonrisa afable y su candor al saludarla, hace todavía unos pocos días… cuando a pesar de lo mucho que me gustaba, no pasaba por mi mente el poder tenerla como en este instante la estoy disfrutando.

Nuestros movimientos se aceleran y sus gemidos se intensifican. Mi mente encandilada sólo atina a ver su rostro que me hechiza y me hace perder la noción del tiempo y del espacio, de lo correcto y lo incorrecto, de lo que se supone que debería de saber y lo que no. Su presencia en mi vida me ha trastocado tanto, que pareciera que todas las reglas y los criterios éticos y de valores, han pasado a un segundo plano cuando me veo reflejado en su mirada. Disfrutarla y tenerla está por sobre todas las demás cosas, y no existe en el mundo nada más que éste momento, aquí, con ella.

Después de algunos instantes cambiamos de posición, a la que en algún momento ante su pregunta, le aseguré que era mi segunda favorita. Contemplarla de ese modo, me deja nuevamente encandilado, y mi cuerpo responde automáticamente ante la situación obvia. El placer es lo único que guía mis movimientos, y sus palabras son como la sombra que oculta por un instante la luz que me hipnotiza: “Tu segunda podría ser mi primera”, le escucho decir mientras me aferro a su cadera, y una sonrisa de lujuria se dibuja en mi rostro. Sé que no puede verme cuando observo su rostro que expresa un placer que me excita todavía más, mientras sus gemidos  se convierten en gritos que provocan un escalofrío que me recorre la espina dorsal, y hace que acelere aún más mis embestidas.

El mundo gira en torno a mí cabeza y  lo único que ocupa mi mente y mis sentidos, es el momento que estamos viviendo: los movimientos, los sonidos, las sensaciones, y la intensidad de la explosión que nace en algún punto de mi cuerpo y estalla junto con ella en un estremecimiento mutuo, en un orgasmo que nos da recíproca pertenencia y que me espanta por la afinidad y el acoplamiento tan perfecto que encuentro con ella.  Sé que no es correcto, y sin embargo no me importa.

Poco después, ya en el auto, nos tomamos de la mano por los instantes en el que el movimiento del cambio de velocidades nos lo permite, mientras acaricio sus dedos, pienso en la situación que estamos viviendo y aparto de mi cabeza las posibles consecuencias. La sonrisa que me brinda borra cualquier duda que pudiera anidarse en mi alma, y su mirada me hace pensar que una eternidad en el infierno es poco pago por el privilegio de poseerla.

Cuando se baja y la dejo en su casa, su padrastro sale para saludarme. Su madre la espera en la puerta con su medio hermano en brazos. “Gracias por traerla”, me dice con un gesto algo serio, para después preguntarme si quiero pasar. “Ya sabes que madre me está esperando” le digo escuetamente, y asiente para despedirse.

Mientras me alejo, veo que me lanza un beso y entra a la casa de mi hermano cargando a mi sobrino.

Conduzco como autómata, mientras me pregunto cuál es la consecuencia final, para un conejo encandilado…


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