El cubil del dragón. Capítulo 01: Un encuentro en la rivera.

Por Nacho Saavedra
Enviado el 06/03/2016, clasificado en Fantasía
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Durante toda la mañana Leera había cabalgado siguiendo el curso del río por la orilla más alejada al camino. De esta manera podía camuflarse entre los árboles y la vegetación que crecía en la ribera, aunque hacía algún tiempo que habían empezado a perder frondosidad con la cercanía de la estación de las nieves, y ver acercarse a posibles viajeros con tiempo suficiente para ocultarse. Si bien esta no era una ruta muy transitada y no se había cruzado aún con nadie desde hacía dos días, quería evitar cualquier tipo de encuentro, ya fuera amistoso o no.

El relincho desesperado de un caballo rompió súbitamente la armonía reinante en el pequeño bosquecillo de abetos negros, al mismo tiempo, la bandada de patos que se encontraba flotando en el río apurando los últimos días de sol antes de comenzar su larga migración a tierras más cálidas, levantaba el vuelo de manera apresurada emprendiendo la huida. De manera instintiva desenvainó la espada que llevaba en la silla de montar de su caballo. Sabía que no debía meterse en asuntos que no eran de su incumbencia pero ella era una elfa y no podía consentir que un animal sufriera sin saber cuál era el motivo. Los juncos que crecían en esa parte de la orilla del río eran bastante altos y tupidos y no le permitían ver nada así que, golpeó levemente los flancos de su yegua, y comenzó a cruzar el río con precaución. En esa parte, el río no tenía mucho caudal y apenas llegaba a cubrir las rodillas de su montura por lo que no encontró la mayor dificultad para alcanzar el otro lado y adentrarse sigilosamente entre los juncos. En un claro entre ellos pudo observar un poni gris oscuro que se debatía frenéticamente en el centro de un pequeño lodazal, mientras dos enanos metidos en el fango hasta la cintura proferían toda clase de maldiciones en su lengua y tiraban con todas sus fuerzas de las riendas del animal intentando sacar al desesperado poni del atolladero en el que se encontraba inmerso.

Leera llegó hasta el borde del lodazal y ambos enanos se detuvieron y cruzaron sus miradas con las de la elfa mientras uno de ellos soltaba las riendas y empuñaba el hacha de doble filo que colgaba de su espalda. Durante breves instantes afloraron siglos de odios ancestrales entre ambas razas. Se hizo un incómodo silencio, la tensión creció y ninguno de los tres dijo una sola palabra.

- ¡Márchate maldita elfa! – Dijo el enano que no había soltado las riendas del asustado animal, rompiendo bruscamente el espeso silencio reinante -. ¡Aquí no se te ha perdido absolutamente nada!

Leera envainó la espada y tiró de las riendas de la yegua con suavidad para dar media vuelta y proseguir su viaje. << Debo estar volviéndome completamente estúpida al querer ayudar a un par de desagradecidos enanos. >> Pero antes de conseguir darse la vuelta por completo notó un golpe fuerte en la cabeza y cayó de manera pesada sobre el barro. De todos los lados salían trasgos gritando y blandiendo garrotes y palos. Aturdida por el golpe intentó torpemente incorporarse. La espada estaba fuera de su alcance, en la silla de su caballo, así que dirigió la mano al cinto para desenvainar la daga que colgaba de éste, pero un segundo golpe en la cabeza hizo que todo cuanto la rodeaba se convirtiera en oscuridad y silencio.

 

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