Un Vengador. (1/2)

Por Jaimeo
Enviado el 07/03/2016, clasificado en Intriga / suspense
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El detective Martín Lobo y su colega más joven, Daniel González, un diablillo que lo hacía reír o enojar con sus bromas, fueron enviados por la superioridad a la Brigada de Homicidios con el fin de hacer un cursillo de un par de semanas, para enterarse de los últimos adelantos que tan prestigiosa especialidad tiene a nivel internacional. Naturalmente estamos hablando de tecnología de punta para examinar sitios de suceso donde pudiera haber un finado, fallecido fuera de una muerte natural.
Lobo le rogó encarecidamente a González que dejara de hacer bromas “Porque el Jefe de la BH no es muy dado a reír y existe el riesgo cierto que seas sancionado”.
Pero …, mejor vamos a los sucesos que vivieron en la famosa Brigada de Homicidios.

Los asaltos a la locomoción colectiva con armas de fuego tenían a las autoridades enfermas de los nervios ante el clamor de la ciudadanía. La Policía de Investigaciones instruyó a sus funcionarios a que anduviesen de a dos cuando vigilaban dentro de los buses.
Sin embargo, el destino siempre nos sorprende, fue así como el joven detective Reginaldo Rojas, amigo personal y compañero de curso de Martín Lobo, un muchacho que pertenecía una familia de policías, sería trágicamente famoso. Su tío Fabricio Rojas, de 60 años, había llegado a ser Comisario Jefe de Unidad, viudo, vivía solo en una pequeña casa de un tranquilo barrio; él lo instruyó cuando estudiaba en el Liceo para que fuera detective, lo amaba como a un hijo.
El detective Rojas iba sentado en la butaca casi al medio del bus, sumido en sus pensamientos, cuando su instinto lo hizo mirar a los tres individuos que subieron. Inmediatamente comprendió que eran asaltantes descarados que, para su desgracia lo reconocieron como policía. Comenzaron a “pelar el fierro”, es decir sus pistolas, pues conocían la reputación de valiente del joven detective. Una sonrisa burlona se transformó en una mueca de alarma cuando Rojas sacó su arma y disparó al bandido, quien cayó aparatosamente sobre los pasajeros de la fila de enfrente, había recibido el tiro en pleno pecho. Con rapidez apuntó al hampón de atrás y le dio también en la región precordial, con su extraordinaria buena puntería se volvió al malandrín que estaba amenazando al chofer y lo derribó con un tiro en el esternón.
De pie en el pasillo, levantando las manos con su pistola, calmó los gritos histéricos de algunas señoras.
—¡Cuidado, señor! —gritó uno de los pasajeros. Demasiado tarde, el supuesto muerto que estaba casi a su lado se levantó bruscamente y le descerrajó un tiro en la cabeza, los otros dos “resucitados” vaciaron sus armas en el valiente joven y se dieron a la fuga.
La Brigada de Homicidios acudió al sitio del suceso, es decir al bus que permanecía detenido en la calle, rodeados de policías uniformados y periodistas. Después de entrevistar a los pocos pasajeros que no “se corrieron”, llegaron a la conclusión que los asaltantes iban protegidos por chalecos antibalas.
El golpe fue grande para el Comisario en retiro Fabricio Rojas, quien, durante el funeral marchó hasta el campo santo detrás con sus hijas y su familiares, mientras su cara registraba una tristeza infinita; no podía creer que su joven sobrino había fallecido igual que su padre, hermano del jubilado policía.
Cuando Lobo y González se presentaron ante la guardia de la Brigada de Homicidios, recibieron la triste noticia, por lo que acompañaron también en el funeral.
El Comisario Jefe de la gran BH, como es conocida la brigada, Carlos Rodríguez, había sido subalterno de Fabricio Rojas y sabía que el dolor y la rabia los llevaba escondidos en su corazón; era admirador de un Jefe valiente, honrado y muy inteligente. Se abrazaron fuertemente con dolor, en los ojos de ambos se notaba el sufrimiento por tan grande pérdida.


Durante la semana, Lobo y González concurrieron a las charlas y al Laboratorio de Criminalística, quedando asombrados de los adelantos científicos logrados en los últimos años; en un par de días más terminaba el curso y todos los alumnos del país se iban a sus respectivas unidades, donde darías clases a sus colegas.
Martín Lobo estaba descansando en la casa de “Chico” González, cuando escucharon por la radio que tres asaltantes de buses habían sido baleados por un pasajero. Se sumaron al grupo de investigadores, pero no hubo resultados positivos; los antecedentes que lograron de un par de testigos, el resto de los pasajeros se negaron a declarar alegando que ellos no iban en ese bus. Fueron asesinados en plena cabeza por un hombre pelucón, con sombrero, anteojos oscuros y parte del rostro cubierto con una bufanda negra, además portaba una bolsa cuyos detalles no recordaban. Se bajó tranquilamente, guardó su revólver y nunca la policía pudo detenerlo.
  (Finaliza próximo capítulo).  


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