Un Vengador (2/2 Final)

Por Jaimeo
Enviado el 07/03/2016, clasificado en Intriga / suspense
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El día anterior antes de volver a su Unidad de origen, se hizo una pequeña ceremonia que terminó con unos bocadillos y un vaso de buen vino en el elegante casino de la alta jefatura. Allí Lobo tuvo la agradable sorpresa de conversar con el Jefe de la BH, el Comisario Carlos Rodríguez, con quien en otras oportunidades le había tocado trabajar.
Don Carlos lo abrazó y, tomando los hombros del joven, con sus ojos brillantes por la emoción le recordó que lo conocía desde la Escuela de Investigaciones.
—Colega, sé la gran amistad que lo unía a Reginaldo Rojas; quiero recordarle que su tío, el Comisario Fabricio Rojas fue un gran jefe que a nosotros sus subalternos nos enseñó todo lo que sabía.
El hombre dio una rápida mirada al “Chico” González, que se quedó discretamente alejado.
—Como usted sabe, señor Lobo, continúa la investigación de la ejecución, no tiene otro nombre, de los tres asesinos de nuestro joven amigo. Pero, Dios me perdone, tengo la sensación que mis funcionarios no están cumpliendo con su deber.
Se tomó la barbilla con un gesto de profunda preocupación.
—Sospecho que el ejecutor fue uno de nuestros funcionarios, pues evidentemente el desconocido iba disfrazado..., lo digo por el detalle de la bolsa donde pudo ocultar su disfraz. No habló, sólo se limitó a disparar a la cabeza de los desalmados y eso… es un asesinato; el funcionario debió entregarlo a la justicia.
—Señor…, no sé por qué me dice estos antecedentes.
—Quiero…, perdón, más bien le ruego que con su compañero investigue subrepticiamente e interrogue de nuevo a los testigos. Son dos amigos que viven en un apartamento que comparten con otros estudiantes.
El experimentado detective los dejó solos. Lobo le comunicó a González las aprensiones del Comisario.
—¡Diablos, compadre, nos vamos pasado mañana! ¡Muy poco tiempo para descubrir huellas que otros funcionarios pudieron haber cubierto!
Fueron a la universidad y entrevistaron a los dos estudiantes. Cuando se identificaron como detectives, se miraron extrañados.
—Ya fuimos entrevistados por sus compañeros ¿Falta algo?
Ante la petición de Lobo, repitió literalmente la declaración que habían dado y que él ya había visto escrita y firmada por los dos amigos.
El muchacho más joven, que apenas los había saludado pues la palabra la había tomado su amigo, intervino.
—Saben, como el enmascarado pasó por el lado de nosotros, tuve la sensación de que se trataba de un hombre adulto mayor.
La mirada interrogante de los policías lo instó a seguir.
—Bueno, yo conozco compañeros de curso que tienen canas, por lo que no es raro que algunos jóvenes también las tengan.
—Pero, en sus declaraciones ustedes dicen que el desconocido tenía el pelo negro y largo.
—De acuerdo, no obstante por sobre los anteojos oscuros alcancé a ver una de sus pobladas cejas y la tenía un poco blanca…, a menos que haya sido parte del disfraz.
Lobo quedó unos segundos estático.
—Gra… gracias, han sido muy amables.
El “Chico” González lo tomó suavemente de un hombro y salieron a la calle.
—¿Qué, González, tienes el mismo presentimiento?
Fue una de las pocas veces que el bromista detective permaneció serio y con la vista fija en la distancia, asintió con su cabeza que su sospecha era acertada.
Acudieron a la oficina del Comisario Carlos Rodríguez, quien los recibió de inmediato, ante la mirada cargada de sospechas de los funcionarios policiales que pululaban dentro del cuartel.
Cuando le contaron el detalle de la ceja blanca, el jefe inclinó su cabeza.
—Yo sabía el detalle de la ceja blanca bajo de los anteojos del ejecutor…, sólo quería corroborar mis sospechas.

Cuando los tres llegaron a la casa del retirado Jefe Rojas, la puerta estaba entre abierta.
—Adelante, colegas, los esperaba —no dejó de mirar el televisor ni se dio el trabajo de levantarse para ver quiénes habían entrado. Debajo de sus cejas, una casi totalmente blanca y la otra oscura, sus ojos brillaban.
Los tres se miraron entre si y se acomodaron en el sofá.
—Excelente policía tenemos ¿Eh? ¡Ja! Como para que nos maten uno a uno —la amargura de su voz desgarró el corazón de los tres investigadores.
El Comisario Jefe se puso de pie y abrazó a su antiguo jefe y amigo.
—Rojas, amigo querido y gran detective, sólo veníamos a saludarte.
Silencio fue la respuesta del hombre calvo y pelo blanco. Se inclinó en su sillón y sus manos cubrieron sus ojos; un sollozo y cada uno de los duros funcionarios le dio una palmadita en la espalda; se retiraron, dejando esta vez la puerta cerrada.
Ni una palabra, ni un gesto, ni un juramento, se separaron cada uno a sus labores. Se había hecho justicia, la justicia de un hombre transido por el dolor que actuó fuera de la ley…, pero justicia al fin.


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