Cualquier tarde de lluvia

Por Jose Rodríguez Rivero
Enviado el 28/03/2013, clasificado en Drama
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Guardó en la maleta el rayito de luz, la libretas, dos lápices sin punta, las galletas de la mañana y salió sin decirle a sus padres a dónde se dirigía. Nunca consideró la lluvia como un impedimento, al contrario, el desorden de las gotitas al caer producía que sus pasos fuesen ordenados. Así que se encaminó a la cueva (que no estaba tan lejos como un niño puede llegar a creer)  bajo la débil lluvia (que no era tan ruidosa ni mojaba tanto como un niño puede llegar a sentir), sin obviar los pequeños charcos que ya se iban formando en los laterales del camino. Ya allí, una incontable sensación de triunfo acaparaba toda su mente. Sacó la libreta y uno de los lápices, aquél que todavía tenía un rastro de lo que otra vez fue punta, encendió el rayito de luz apuntándolo hacia el fondo de la cueva y comenzó a escribir, sin ningún reparo, todo aquello que se le iba mostrando a sus ojos, que no era poco. No se detuvo mucho en las formas de las rocas ni en los ángulos que se formaban en las esquinas. Trató de centrarse en los colores que veía, en la magia que brotaba de la combinación de luces (de la escasa claridad que entraba y del rayito de luz) y en la indecible forma que poco a poco se le iba presentando allí, al fondo de la cueva. Un gruñido le retrajo afuera de la libreta. Un hombre mayor se incorporaba a duras penas de un sueño profundo, golpeándose la cabeza en una roca al intentarlo. Le llamó la atención sus ropas sucias, su gran barba, el barro y el polvo de su cara y su pelo, sus ojos vidriosos y tristes, su delgadez. No preguntó, ni siquiera se hablaron, porque rápidamente sacó de su maleta las galletas de la mañana y las dejó en el suelo. Guardó la libreta, el lápiz y el rayito de luz y se encaminó de nuevo a la lluvia con la intención de volver a casa, a explicar cómo se había llenado de barro los zapatos y esconder ese misterio que siempre se quedaría en su mente; por otro lado, tendría que pensar en otra redacción para el colegio.  Así que desandó el camino que ahora tenía más charcos mientras sabía que sus padres deberían estar muy preocupados.

 


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