Cuando llegue mayo (II)

Por Manuel Olivera Gómez
Enviado el 15/03/2016, clasificado en Cuentos
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CUANDO LLEGUE MAYO

            (II)

 

Ese día me quedé a comer. Y a las tres semanas me estaba mudando. No amaba a Concha. Ni siquiera me atraía físicamente, y supongo que tampoco ella sentía algo de amor por mí. Me aceptó porque estaba sola, y una mujer sola es como un pobre náufrago en alta mar, que se aferra al primer tablón que pasa por su lado. Pero también yo actué por interés. Jamás me han gustado las mujeres vulgares, y mucho menos si llevan a cuestas dos hijos y una vieja loca. Sólo que tenía casa, y era esta una oportunidad que no podía desaprovechar. Desde hacía meses, pernoctaba en un cuarto alquilado de la Habana Vieja, que más deprimente sería difícil de encontrar. Por cama un viejo catre, por colchón una colchoneta con la guata haciendo bolas, y agujereada por las trazas. Y por compañía, toda una legión de cucarachas y guayabitos.

 

-¡Esto es todo lo que puedo ofrecerle! –me decía la casera fingiendo pena por mí.

 

-Entonces, ¿por qué no me hace una rebajita?

 

-¡Ay hijo, ni de broma! ¡Qué más quisiera yo! Pero Dios sabe bien que no puedo –decía moviendo la cabeza y restregándose las manos en el delantal-. Justo con lo que usted me paga me alcanza a mí para vivir. Además, le estoy cobrando barato. ¿Dónde en toda La Habana, y por este precio, va a encontrar usted un rinconcito como este?

 

Concha me abrió sus puertas, y naturalmente, también me abrió sus piernas. Eran feas, peludas, y llenas de várices y celulitis. Pero acepté sacrificarme. Al principio, su manera de entregarse me sorprendió, y hasta limitó en alguna medida mi probada virilidad. Jamás la vida me había colocado delante una mujer así. Mientras le hacía el amor, gemía y gritaba obscenidades a viva voz, como si sintiera más placer lanzándome a la cara cuanta frase cochina encontraba en su léxico. No le importaba que su suegra golpeara la puerta con la muleta pidiendo silencio, ni que el hijo más pequeño llorara asustado imaginando que algo malo sucedía con su madre.

 

-¡Este hombre tiene que irse! –decía ahora la anciana, mirándome con ojos de desprecio cada vez que se acordaba de que yo estaba en la casa-. ¡Cuando llegue mayo, y por fin nazca mi niño, no quiero que él esté aquí!

 

-¡Pero usted decía antes que era yo un hombre muy simpático! –le recordé.

 

-Ya usted lo dijo. ¡Antes! Pero ahora tiene que irse de aquí…

 

-¡La que se va a ir pronto de aquí es usted! –reía Concha, quien ya entonces estaba manejando la idea de internarla en un asilo.

 

La anciana la miraba confundida, y con una voz llena de miedo decía:

 

-¡Qué se vaya él! ¡Él es el extraño!

 

Después de tener sexo, y que ella se escarranchara encima del inodoro para lavarse, solíamos encender cigarros y ponernos a conversar. Supe que era oriunda de Santa Clara, y que se había criado con tres tías, porque su madre su madre decidió darse candela cuando ella tenía apenas un año de vida.

 

-Según mis tías –me dijo una noche en que teníamos una botella de ron en la mesita junto a la cama-, su muerte fue muy trágica. Salió para la calle envuelta en llamas, y gritando que la ayudaran, que no quería morirse. Parece que al sentir que ardía, se arrepintió de ese estúpido intento de quitarse la vida por un hombre.

 

-¿Tu padre? –le pregunté acariciándole aquel cabello de estropajo, tantas veces decolorado.

 

-Posiblemente, aunque no es seguro. Nunca quiso decir quién la había preñado. Pero tampoco quiso que mis tías la privaran de traerme a este mundo. Aquel hombre por el que se quitó la vida, era un novio que comenzó a visitarla dos o tres veces por semana poco tiempo después de que yo naciera. No sé cómo, mi madre se enteró de que estaba casado aquí en La Habana. Cuando fue a reclamarle, él rompió con ella. En su despecho, pensó tal vez que la mejor manera de traerlo de vuelta era dándose candela. ¡La pobre! Varios vecinos vinieron con colchas y la apagaron. Pero ya las quemaduras eran demasiado profundas como para que pudiera salvarse. En los pueblos de campo es como una tradición que las mujeres traicionadas decidan morir así.

 

-Y a ese hombre, al que tal vez sea tu padre, ¿lo conoces?

 

-No, no lo conozco. ¡Cualquiera sabe si me he tropezado con él un sinnúmero de veces! Mis tías sí que lo conocen, claro. Pero ellas están en Miami desde hace años….

 

Cuando hablaba de sus tías, los ojos se le llenaban de lágrimas.

 

-Ya están muy viejitas, las pobres –siguió contándome-. En aquellos años, eran conocidas en la región como “Las ogras de Santa Clara”. No porque maltrataran a los niños, ni porque fueran malas personas. Al contrario, si siempre estaban ayudando a los demás. Aunque claro, con esa ayuda también ellas obtenían beneficios, porque estúpidas no eran, y en esa época –como ahora-, había que inventar cualquier cosa para poder vivir. Tenían ciertos conocimientos de medicina, y hacían de ello un negocio. Se dedicaban a practicar abortos clandestinos. Todas las guajiras que preñaban por ahí, venían a la casa a sacarse el muchacho. Recuerdo que los pedazos de feto los llevaban en una palangana hasta el final del patio, y con la ayuda de una piocha a la que constantemente se le caía el cabo, los enterraban en un terrenito sembrado de claveles. Eran flores enormes, que seguramente debían su tamaño a tanto abono humano.

 

-¡Pero eso es monstruoso!

 

-¡No! ¡No lo es! Los fetos no son personas vivas. Sólo la madre debería decidir si los trae o no a este mundo….

 

-¡Eso no es así! La Iglesia dice….

 

-¡Yo me cago en la Iglesia! ¡Todos los curas son una sarta de maricones y degenerados! Con el dinero que les pagaban por estos trabajos fue que ellas me criaron, y hasta quisieron darme una buena educación. Pero lo mío no eran los estudios. Nunca he servido para eso. Tenía sólo catorce años cuando ya me estaba acostando con un hombre. ¿Y sabes quién era? ¡El cura del pueblo! Por eso te digo que los curas no valen nada. ¡No sé qué le veía yo al viejo ese! Con sólo verlo, era como si me quitaran el aire. Me ponía fría, y las piernas me empezaban a temblar. La primera vez fue en la sacristía, delante de muchas vírgenes y de un polvoriento “Corazón de Jesús”. Yo me cagaba de miedo, no quería hacerlo, pero el muy hijo de puta, sabiendo de sobra lo enamorada que estaba, me convenció a entrar a aquel sitio. Cuando quise irme, él no me dejó. Me lo hizo a la fuerza. Me viró de espaldas, y poniéndome la mano en la boca para ahogar mis gritos, se levantó la sotana, y me hizo suya. Luego me amenazó para que no contara nada. Pero mis tías se dieron cuenta, porque descubrieron entre la ropa sucia mi blúmer manchado de sangre. Me hicieron mil preguntas, pero yo no les dije nunca quién había sido. Meses después, también el feto mío era enterrado bajo los claveles…


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