Vino Tinto

Por Cielo
Enviado el 19/03/2016, clasificado en Cuentos
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Otra vez estoy aquí, acostada en este viejo sillón que se ha vuelto el mudo testigo de mi melancolía. Patéticamente, un viejo mueble forma hoy más parte de mí, que lo que forman aquellos a quienes amé y entregué lo que fui.

Tomo de mi copa de vino tinto, y siento cómo al beberlo me invade un calor agradable, un hálito de vida que se dispersa en mi interior y me reconforta. Es tan placentero que casi quiero sonreír. Pero es efímero. Tal vez por eso se me ha vuelto costumbre beber varias botellas a la semana. Y no sé si eso me haga alcohólica, la verdad es que ya no me importa.

Agito mi copa y entre las ondulaciones  púrpura, miro algunos recuerdos. Casi todos tan amargos, que me satisface verlos hundirse. Lástima que rara vez se quedan allí.

Otro trago de vino llena mi cuerpo y siento su energía. Es como ir bebiendo pequeños sorbos de vida que me mantienen en esta realidad que a veces quisiera desaparecer. He comenzado a creer que disfruto de mi amargura, y que esta autocompasión es el último sentimiento que habrá de albergar mi alma atormentada.

La luz del sol se asoma por la ventana y el fulgor me hace entrecerrar los ojos. Otra vez la calidez del vino tinto me invade y quisiera que fuera permanente. Mientras su efecto se disipa de nuevo, me pregunto por qué sigo con mi patética existencia si me molesta tanto. Y recuerdo esa frase que leí en un libro tan viejo que el título ya está perdido en el mar de mis vivencias. Caigo en la cuenta que igual que ese protagonista, no quiero morir… me falta la fe necesaria para afrontar la muerte con dignidad. Y mientras el vino tinto con su rítmico bienestar me mantiene respirando, trato de enlistar las cosas buenas que hay en mi vida. Quizás en ellas encuentre la motivación necesaria para dejar de estar depresiva. Son buenas cosas, creo; o tal vez, es que podría estar peor. No estoy segura de que me baste, o más bien, he aprendido a amar esta apatía que se ha arraigado en mi corazón.

Otro sorbo de vino invade mi cuerpo. El resplandor de la luz del sol me da de forma más directa y me empieza a incomodar; pero no quiero moverme. Este viejo sillón me abraza y me retiene. Una silueta se interpone entre mi vista y el sol, pero no puedo enfocarlo. Un trago de vino más, y trato de distinguir a quien se acerca a observarme. Quisiera golpearlo y evitar mirarlo, pero no me muevo. Creo que esta apatía es más fuerte que mi incomodidad ante su mirada.

Vuelvo a sentir la energía del vino, y escucho susurros. Enfurezco al pensar que alguien más invade este espacio. Me pregunto por qué invaden mi casa y quisiera golpearlos, sacarlos a empellones y que se larguen de mi sala. De lo que dicen, sólo alcanzo a distinguir un “se resiste”, y mientras otra vez el vino tinto me da un poco vitalidad, percibo un olor desagradable. Huele raro, y aunque es característico no alcanzo a identificar bien qué es.

La luz me molesta un poco más y me doy cuenta que no puedo cerrar los ojos. Otro sorbo de vino tinto suena como una gota cayendo en un charco. Creo que mi botella se está terminando y me frustra pensar que dure tan poco.

Mientras los invasores siguen susurrando, ahora dicen algo que entiendo como un “nos queda esperar”. Por fin se alejan y junto con la alegría de saber que estaré sola nuevamente, el vino tinto vuelve a invadirme con esa sensación reconfortante. El olor que me rodea toma forma de pronto, y  se convierte en un cuarto sobrio, pálido, casi vacío: el cuarto de un hospital.

Mientras escucho otra gota caer, identifico el vino tinto que me vitaliza. A mi derecha la sangre trasfunde lenta, y recorre la venoclisis para entrar a mi cuerpo y aferrarme a la vida.

Por fin entiendo lo que ha pasado y el porqué de mi apatía. Estoy decidida y sé que mi decisión es la mejor, lo conveniente, lo correcto, lo más valiente. La bolsa de sangre está casi vacía. Sé que ahora me encuentro en la antesala de lo mejor de mi existencia.

Siento una lagrima resbalar por mi mejilla y quisiera sonreír. Me hundo en la inconsciencia, sabiendo que lo que sigue, es olvidar este amargo trance y disfrutar de la alegría que hasta ahora me creí negada. El vino tinto se acaba, pero sé que ya no lo necesitaré para sentirme plena.


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