Dúclo, heresiarca urbano

Por Tarrega Silos
Enviado el 01/04/2013, clasificado en Ciencia ficción
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Dúclo heresiarca urbano

I La destrucción otro estilo de construir

¿Alguna vez desataste una tormenta que creció poderosa hasta, salirse de control, para terminar arrasando con todo lo que está a la vista?
Yo, sí. Empecé a lograrlo desde 1968 cuando tenía solo 5 años. Algunos podrían reconocerme por mi nombre: Soy Dúclo.
Mi confesión es irrelevante, y no concierne a la culpa, no persigo él perdón, jamás lo he deseado. Narro, lo aprendido durante años, para utilidad de nuestros sucesores, si es que aún hay tiempo para ellos.
No se crea que he sido un vulgar píromaniaco, al que escribe no le atrae el fuego, pero jamás negaría su elemental efectividad.
Lo que atrae a Dúclo, lo que a nosotros nos atrae es el cambio, el cambio irrestricto, incontrolado, masivo.
Quien haya intentado el fútil y absurdo arte de formar delicada y pacientemente fichas de dominó para después derribarlas, podría imaginar superficialmente a que me refiero con transformar: descubrir el gatillo que con escasos gramos de fuerza, convoque el aliento capaz de desaparecer un parque industrial o un aeropuerto.
Siempre me han fascinado los fenómenos complejos, y la forma práctica de controlarlos, por eso fui ingeniero en varias especialidades. Necesitaba, muchos puntos de vista, antes de descubrir que la complejidad es frágil y sus debilidades expuestas y accesibles.
La destrucción es fiel reveladora de los secretos más intrincados y todo sistema puede ser destruido. A mayor complejidad mayor debilidad. Es irónico que el inútil orgullo del mundo sea la magnitud de su sofisticación.
La destrucción es simplificación, es la depuración de un grueso algoritmo que no terminaba de resolverse. La destrucción es el camino a las respuestas. tal vez el más caro, pero eso no importa. Costo es una relación de propiedad y la ilusión de la posición se desmorona ante la ley de la causa-reacción. Los ilusos acumulan, por su fe en la propiedad, pero las leyes del cosmos rápidamente muestran cuan miserables son sus concepciones. El clima es un gran ejemplo cuando expone formidablemente que nada tiene dueño. Hay de aquel que sucumba ante la ilusión de la posesión. Para navegar en este mundo hay que renunciar a todo. La vida es pérdida y la felicidad renuncia.
En una discusión de la "Unión nuclear proletaria intencional", me fue cuestionado la ausencia de métodos no convencionales en mi obra, la ausencia de potencial nuclear. En realidad jamás me he desligado de la posibilidad nuclear. No se piense que Dúclo es un pedante tecnólogo ahogado en una obsesión exhibicionista, o volcado en una venganza ecologista. No, Dúclo es solo un inmenso curioso, un gran irresponsable,  in justificaciones, alejado de "causas", orientaciones doctrinarias o filosóficas.
Dúclo es un solitario desmesurado, que tomó los recursos del mundo para experimentar por la pura intención de observar y conocer, la soberbia del verbo imposible.
En mi visión, el uso de reacciones elementales como las atómicas
son genuinas, y sin embargo los medios para su manipulación, son tan complejos que su práctica se revuelve, perdida en los protocolos de la iglesia de la política, la ciencia y del orden social.  Mi misión es exactamente la contraria. Busco un accionar puro y simple en el momento exacto, una pequeña variación que desaté el colapso máximo, bordar con delgado hilo la solapa del caos, no ignorante, no menos elegante.
 La virtud es desatar el potencial nuclear sin protocolos, sin trucos hacker, sin botones rojos u ojivas hurtadas. No. Lo mío es decir unas cuantas frases, hacer coincidir la pereza y la ignorancia con la mezquindad y .... Oh dios! ... hacer surgir la magia. Lo mío es hacer música con las debilidades humanas.

II El primer impulso

Todo comenzó cuando aún era niño, justo después del tornado que destruyó mi casa y que cercenó la vida de mi familia y de mi primer protector. Esa sensación de recibir mensajes desde muy profundo apareció para volverse nuestra permanente conciencia me hacía sentir dentro de una burbuja impune de mis propios actos. Mi respiración se agitaba, un extraño placer me invadía al imaginar que podía desatar efectos sobre lo que me rodeaba infinitamente superiores a mi condición humana, infantil y enclenque.
Algunos me adivinaban un gran futuro y tenían razón pero no de la manera en que ellos imaginaban. Profesores y amigos me criticaron, que no me interesasen lo que ellos necesitaban. Incluso algún astuto que pretendía que el mundo estaba disponible cuando te asisten “ciertas” habilidades, me invitó al crimen. Pero me indignó la intención de reducir "la magia" a despreciables intereses.
Conocí el castigo destinado a quien se niega a colaborar, enviado a la oscuridad, y el desprecio. La sociedad no tenía nada que ofrecerme y nuestro rechazo era mutuo. Lo pagué con la pérdida grave y dolorosa, de segunda familia.
Por un corto tiempo trabajé en mi adaptación, cediendo a las convenciones del progreso social. Pero jamás estuve satisfecho y mis preguntas continuaban creciendo sin respuesta. Entonces desperté rodeado de pequeños intereses y convenciones tan superfluas como falsas. Contemplarme domado me entristeció, y mis rodillas tocaron el suelo.

III. Redención

A punto de sucumbir, llegó mi liberación. Entendí que esa etapa de mi misión había concluido y sin arrepentirme la abandoné. Acepté mis errores, mi pérdida y mi absoluta soledad. Nuevamente me sentí libre y poderoso, vagando en una tierra extraña pero fascinante, sin pertenecer a nada ni a nadie, me liberé de los últimos hilos de corazón al caminar el desierto, donde mis vínculos terminaron especialmente con mi segundo protector, quien me enseñó la manera de utilizar mis habilidades, que a pesar de lo mucho que me amó, no logró heredarme la filosofía a la que él se apegaba. La sociedad que rechacé en realidad me fascinaba, supe que era totalmente necesaria en mi misión. Regresé a ella a realizar mi sueño más ambicioso, el experimentó máximo.

IV Regocijo y resignación

Exploré diversas ciencia e ingenierías y para garantizar mi anonimato, me alejé de todo arte protocolario y detectable. Experimenté con todo tipo de agentes y técnicas destructivas. Para al fin llegar al crisol donde enlacé todo lo aprendido y a conformar la versión definitiva de mi visión: la reunión de todos los riesgos previstos por los gobiernos, las iglesias y la libre empresa. Entendí el significado de la complejidad, y descubrí la posibilidad de destruir la civilización con la mayor simpleza, del daño basto, inconmensurable, irreparable. Pero mi soberbia, impidió anticipar que tal vez podría encontrar una fórmula, pero no la originalidad.
Algunos se habían adelantado a mi sueño, en un escenario rico y dramático. Entonces solo me quedó contemplar cómo millones de individuos al rededor del mundo, sin aparente acuerdo ni entrenamiento, cotidianamente, con diminutos y simples actos conducían a la civilización a su recta final, cándida, tajante y desinteresadamente. El equipo más grande de todos los tiempos, sincronizado y absolutamente efectivo.
 Carl Sagan lo sabía: éste planeta viaja a encontrar nuestro delicado y frágil destino. Yo añado: al ensayo del Experimento Máximo.
 Durante años he sido considerado un oscuro psicópata, pero la grandeza de Dios me concedió deducir la visión, sin importar que el mundo temeroso me haya recluido en este hospital sin ventanas.


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