Noche de tormenta

Por V.M. San Miguel
Enviado el 23/03/2016, clasificado en Drama
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Tras correr los visillos Paige miró por la ventana y un rayo iluminó la noche a la lejanía.

    Las gotas de lluvia que chocaban contra el cristal producían un ruido hipnótico que la hacía sentirse aletargada, estás mismas, además, empañaban ligeramente la visión de la ciudad al exterior. Un nuevo rayo horadó la noche y los ojos verdes de Paige se iluminaron por un segundo por el relámpago. El trueno llegó entonces, acompañado por el del primer rayo y a Paige le apareció un mohín sarcástico en el rostro; aquella era una noche muy propia, ni siquiera planeándolo pudo haber escogido una noche mejor. Recargó su hombro derecho a la pared al mismo tiempo que reclinaba su cabeza hasta ponerla contra el marco de la ventana. Decidió que se quedaría así; existía la posibilidad de que ello la relajara un poco, sin embargo, no era seguro. Quizá si estuviera bajo la intensa lluvia que ahora caía sobre la ciudad…

    Nada le hubiera gustado más a Paige que estar bajo la lluvia, lejos de la casa que llamaba así, pero que no consideraba un hogar, donde existían tantos malos recuerdos, lejos de todo lo que había sido su vida, lejos de esta porquería de vida que llevaba, pero no podía; no hasta que hiciera lo que tenía que hacer. Eso era lo que la tenía despierta en las más oscuras horas de la madrugada. Paige deseaba terminar con esto de una buena vez, pero, al mismo tiempo, deseaba prolongar su espera lo máximo posible: nadie sabía lo que pasaría cuando tuviera que actuar y, la certeza de que ni siquiera ella misma se conocía lo suficiente como para saber que iba a ocurrir era lo que realmente la tenía sumida en aquel terror. ¿Sería capaz? Tendría que serlo porque, una vez que avivara el fuego, nada detendría la llama. Nada que no fuera ella, claro. Ella era la única que podía terminar con esto para siempre.

    Un nuevo rayo hendió la oscuridad con su alargada y múltiple cola de luces y, mientras Paige entrecerraba los ojos ligeramente por la intensidad del relámpago, se dejó acariciar por la lluvia cuando abrió ligeramente la ventana. Eso era lo más cerca que podía estar de la libertad del exterior. Aquello era lo más cerca que podía estar de la brisa que soplaba en la noche y que ahora mismo acariciaba su rostro y eso era porque su prisión era una de la que no se puede escapar fácilmente, quizá ninguna lo es.

    Una iluminación distinta a las que había visto hasta entonces apareció en la entrada de la casa. Era luz eléctrica, luz artificial; aquella era la luz que producía el vehículo que ahora entraba a los terrenos de la propiedad. Paige identificó el vehículo inmediatamente. ¿Cuántas veces habría contemplado aquella misma vista desde aquel mismo lugar? Ni siquiera se movió de la ventana se quedó así, esperando. Escuchó como se detenía el vehículo frente a la casa y como se azotaba la puerta del mismo; aquel era el claro, inconfundible sonido de que quizá tuviera que actuar antes de lo que pensaba. Carente de expresión en el rostro lo vio apearse del auto y notó como la ira mutua se avivaba cuando intercambiaron una mirada. La lluvia había hecho charcos por todo el patio así que el hombre describió varias vueltas antes de entrar en la casa donde Paige le perdió de vista, empero, aun escuchaba sus pasos resonando someramente contra la madera de los peldaños de la escalera. Extendiendo su reverberación por toda la casa; aquellos eran los pasos de un hombre furioso, un hombre, este en concreto, peligroso. Aún mantenía una expresión vacua en el rostro y ya ni siquiera le temblaban las manos y los pies, había conseguido dominarse del todo. Los pasos parecían jugar con las ondas de sonido pues el impacto que provocaba el hombre era irregular: ora más brillante ora ensordecido, ora más cercano ora más lejano. Paige no podía conocer verdaderamente donde estaba aquel hombre, pero no temía, ya no. Haría lo que tenía que hacer y lo haría sin cometer un solo error.

    Al mismo tiempo que se abría la puerta de la habitación y que entraba el hombre un nuevo rayo desgarró la noche, la noche de tormenta.

    -¿Qué haces ahí parada?

    -¿Por qué lo has hecho?-pregunto Paige que le apuntaba con un arma amartillada presurosamente.

    -¿El qué?-preguntó el hombre con el dedo en el gatillo de una pistola cuyo cañón enfocaba como víctima a Paige.

    -Tú sabes lo que has hecho.

    -Baja el arma o voy a…

    -¿Vas a que-lo interrumpió ella-vas a matarme? ¿Es eso? Como si no me lo hubieras dicho una veintena de veces ya.

    -Maldita zorra. Te juro que cuando te desarme vas a rogar no haber…

    Un disparo resonó en la noche como un trueno. El arma apenas vaciló un par de segundos en la mano de Paige hasta que se escuchó un nuevo disparo y luego otro, y otro…

    El hombre efectivamente estaba muerto cuando ella, con lágrimas empañando su vista, se acercó a él. A él que había escuchado centenares de veces sus suplicas aterradas, a él que había sido el provocador de sus lamentos, a él que había sido padre de su hija, a él que ahora era poco más que una masa sanguinolenta embarrada en el suelo de la habitación, a él que la había maltratado por años, que la había golpeado, que había abusado de ella. Se arrojó al suelo y se arrimó a su oído para susurrarle lo que tenía que decirle, esperando que si lo decía en voz baja aquel horrible crimen desapareciera:

    -Te lo pedí-le dijo tan cerca de su rostro que podía oler su aliento a alcohol y sentir su incipiente barba rascándole la mejilla-te lo pedí en nombre de todo lo sagrado. Te pedí que abusaras de mi todo lo que quisieras, que te divirtieras conmigo, que jugaras a apuntarme con aquella maldita arma que usaste para manipularme desde que nació nuestra hija. Te pedí que me trataras como quisieras. Te lo pedí cuando supe que podías hacer algo peor. Te pedí, suplicando, que no le tocaras un pelo a nuestra hija, pero no me hiciste caso. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué me mentías cuando me decías que no le harías nada si te dejaba hacer conmigo lo que quisieras? ¿Por qué, mientras yo me descuidaba, abusabas de ella?-una nueva lagrima resbaló por la mejilla hasta la punta de la nariz de Paige donde cayó junto al arma que durante tanto tiempo la había aterrado.

    Paige extendió una de sus manos sobre el cuerpo inerte del que durante tanto tiempo había sido su esposo y cogió el arma.

    Estaba descargada y siempre lo había estado.

    Un relámpago iluminó la habitación para después dejarla sumida en la penumbra de sus cavilaciones.


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