Necesito...

Por Ana María Martínez
Enviado el 25/03/2016, clasificado en Drama
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Necesito...

 

Buenos Aires, 1 de marzo de 1999.

 

Rómulo:

 

        Necesito decirte antiguo amigo mío,  que, a pesar  de todo, recreo en mi mente con gozo aquellos prolíferos encuentros en donde el arte, ya sea la música, la pintura y con más intensidad la literatura nos permitía volar hacia dimensiones más puras. Nos incentivaba la imaginación, nos hacia brotar lo mejor de nuestras mentes. Creábamos un mundo placentero, surgía  la realización de nuestros proyectos.

       

        El vagabundeo dominical nos reservaba deleites al recorrer las librerías de la calle Corrientes. Cavábamos hondo en la psicología de los autores cuyos libros leíamos. Sí, aún siento la nostalgia que sutiliza los recuerdos…

 

        Necesito decirte que tú eras el ingenioso autor de libros ligeros no muy profundos, aunque encantadores por su argucia, con argumentos sutiles y amenos en su género. Los leíamos con verdadero solaz de mi parte y te lo manifestaba, pero al final yo percibía cierta frustración que la  hacías notar con movimientos de tu mano como diciendo, ¡bah!, no vale la pena…

 

       Yo te alentaba, tú sonreías  apenas y cambiabas el tenor de la conversación. Por mi parte, escribía en estudiosa soledad, con equilibrio y serenidad, y sin pasiones turbadoras. Me alimentaban la atmosfera etérea y las sombras que salen al paso del escritor. Sí, ellas  me fecundaban…

 

        Me envolvía el regocijo verdadero e inteligente de los placeres. Mis lecturas asiduas de muchos años me permitieron forjar un concepto claro y alejado de los extremos.

       

        ¡Qué amistad la nuestra, y con qué ansiedad viví yo esos días en que compartíamos nuestras charlas! Y cuánto dolor sentí yo cuando me propusiste en vano, que fuéramos más que amigos…

 

        Hoy en día, con furia y desconcierto me pregunto por qué aquella noche helada frente al hogar, sacaste de tu chaqueta aquella minúscula arma que, al dispararse inmovilizó mi mano derecha para siempre…

 

        En conclusión, quiero que sepas que hoy redacto mi prosa sin inspiración y con vocablos pobres y tristes. ¡Amigo…! Necesito preguntarte, ¿disparaste el arma o cometiste una incalificable torpeza?

 

        Bueno, Rómulo, quedo aguardando una contestación a mi pregunta, nada más que eso. Saludos: Emilia.

 

Ana María Martínez

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                             

 

 

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Necesito...

 

Buenos Aires, 1 de marzo de 1999.

 

Rómulo:

 

        Necesito decirte antiguo amigo mío,  que, a pesar  de todo, recreo en mi mente con gozo aquellos prolíferos encuentros en donde el arte, ya sea la música, la pintura y con más intensidad la literatura nos permitía volar hacia dimensiones más puras. Nos incentivaba la imaginación, nos hacia brotar lo mejor de nuestras mentes. Creábamos un mundo placentero, surgía  la realización de nuestros proyectos.

       

        El vagabundeo dominical nos reservaba deleites al recorrer las librerías de la calle Corrientes. Cavábamos hondo en la psicología de los autores cuyos libros leíamos. Sí, aún siento la nostalgia que sutiliza los recuerdos…

 

        Necesito decirte que tú eras el ingenioso autor de libros ligeros no muy profundos, aunque encantadores por su argucia, con argumentos sutiles y amenos en su género. Los leíamos con verdadero solaz de mi parte y te lo manifestaba, pero al final yo percibía cierta frustración que la  hacías notar con movimientos de tu mano como diciendo, ¡bah!, no vale la pena…

 

       Yo te alentaba, tú sonreías  apenas y cambiabas el tenor de la conversación. Por mi parte, escribía en estudiosa soledad, con equilibrio y serenidad, y sin pasiones turbadoras. Me alimentaban la atmosfera etérea y las sombras que salen al paso del escritor. Sí, ellas  me fecundaban…

 

        Me envolvía el regocijo verdadero e inteligente de los placeres. Mis lecturas asiduas de muchos años me permitieron forjar un concepto claro y alejado de los extremos.

       

        ¡Qué amistad la nuestra, y con qué ansiedad viví yo esos días en que compartíamos nuestras charlas! Y cuánto dolor sentí yo cuando me propusiste en vano, que fuéramos más que amigos…

 

        Hoy en día, con furia y desconcierto me pregunto por qué aquella noche helada frente al hogar, sacaste de tu chaqueta aquella minúscula arma que, al dispararse inmovilizó mi mano derecha para siempre…

 

        En conclusión, quiero que sepas que hoy redacto mi prosa sin inspiración y con vocablos pobres y tristes. ¡Amigo…! Necesito preguntarte, ¿disparaste el arma o cometiste una incalificable torpeza?

 

        Bueno, Rómulo, quedo aguardando una contestación a mi pregunta, nada más que eso. Saludos: Emilia.

 

Ana María Martínez

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                             

 

 

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