La última carta (PARTE III)

Por david gallagher
Enviado el 03/04/2013, clasificado en Drama
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Las semanas siguientes fueron mi escarmiento, el hecho de estar alejado de ella me afecto más de lo que jamás hubiese supuesto. Al parecer, por buen comportamiento y gracias a las autoridades me repatriaron a Barcelona con arresto domiciliario. A mi llegada a la ciudad condal ya nada volvió a ser igual. Mis amigos, mi familia y Elisabeth me dejaron de lado, pues la noticia había dado la vuelta al mundo; “un escritor asesina brutalmente a un hombre en París después de la gala de presentación de su primera y exitosa novela”. Cabe remarcar que esa fue la puntilla que consagró la novela como un best-seller. El arresto domiciliario solo acabaría el día en que las autoridades me viniesen a buscar para el juicio. Que a decir verdad, ya estaba pactado. Iría a la cárcel por asesinato; veinticinco años.  Y allí, entre la penumbra de los días que transcurrían sin darme cuenta, fui esperando hasta día de hoy. Anonadado por la televisión y los recuerdos.

Entonces, volví a mi consciencia y realidad. Era tarde. Estaba tumbado en el sofá de mi viejo apartamento del Raval. Sentía una ligera presión en mi cabeza pero aún tenía ciertos aires de lucidez. Sabía que en unas horas me vendrían a buscar y debía de estar allí;  preparado y perfumado para ser arrestado, como si se tratará de mi primera comunión, que nunca llegué a hacer, o la boda que nunca se propició. Fue entonces cuando me dije que debía volver a verla; me duché, me afeité y me vestí como, de hecho fué, el día de mi juicio final. Salí a la calle consciente de que eso podría suponer el fin de mis días de libertad. Compré un ramo de flores y pensé en dejarlo en la puerta de Elisabeth, en el barrio del Borne. Junto las flores dejaría la carta que relaté horas antes. Un vez lo hiciese, conduciría hasta perder la conciencia.

Más tarde, ya preparado para huir de aquel mundo que se había vuelto contra mí recordé las palabras que gustaba repetir con mi padre. Emulando las historias de Braveheart; podrían quitarme la vida, pero jamás la libertad. Y así, desaparecí entre la niebla de aquella madrugada. Con aires de melancolía, me despedí del barrio bohemio que me vio crecer y me enfrenté a la nueva aventura que estaba a punto de emprender.

Mientras conducía hacia el barrio gótico entre las calles empedradas del casco antiguo, barrido por la monotonía que supone conducir, el agotamiento por los nervios pasados y el temor de la incerteza que me esperaba, ensoñé durante un breve instante. Me vi levantándome del suelo empedrado de París. Entendí que mi sueño no acababa ahí. Lo que me dio un halo de esperanza. Vi mi cuerpo tendido en sangre. Lo miré con desdén y continué caminando bordeando el rio Senna mientras la Torre Eiffel acababa de consumirse entre las llamas.

Querida Elisabeth,

Lamento no ser lo suficientemente bueno para decírtelo a la cara. Y que no me dieras esa oportunidad. En fin, supongo que uno acaba por entenderlo. Desde que te fallé aquella noche no he podido dormir tranquilo. La culpa me ronda la cabeza todos los días y no es complicado saber que llevo toda una vida muriendo. Pues empecé a vivir cuando te conocí.

Estoy mejor, el tiempo pasa rápido y los días van y vienen. Los meses pasan y van y a veces, he de reconocer, que te olvido. Pero me culpo a mí mismo por hacerlo y más tarde, vuelves a mi más fuerte.

Aún me acuerdo de nosotros, paseando por el puerto de Barcelona. La primera vez que me atreví a darte la mano, y tú, aceptándola, la apretaste fuerte estrujando mis dedos entre los tuyos. Sentí por primera vez que todo cobraba sentido. Ese fue el mejor momento de mi vida sin dudarlo. El otro día lo soñé. Y maldecí los rayos de luz por despertarme y devolverme al infierno.

La sentencia fue más dura de lo que esperaba, sinceramente. Y entiendo que no quieras pasar más tiempo de tu vida con un recuerdo de lo que fui. Pero haré todo lo que este en mi mano para no volver a caer en el mismo error. Por cierto, mañana me vienen a buscar. Siempre que me perdones sabré donde encontrarte y si, aún te quedan fuerzas para verme, me regalaras un halo de esperanza.

Un perdedor que aún te quiere.


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