yo leo, tu escribes, ellos comentan...

Por Annbethquim
Enviado el 29/03/2016, clasificado en Reflexiones
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Hoy me he levantado guerrera y crítica. Mi afán no es ofender, es llamar a la cordura, o por lo menos, a la vergüenza. Esto es una utopía, no hay peor ciego que el que no quiere ver, pero yo lo intento.

 Hace tiempo que vengo observando que oficios que eran desempeñados por unos pocos profesionales, y a mi modo de ver, unos privilegiados, hoy en día se han prostituido de tal manera, que cualquiera puede hacerlo. La mayoría de estas profesiones están relacionadas, directa o indirectamente con el arte. ¿Paradójico no? Uno de los países que menos cultura consume, que menos lee... Y cualquiera se cree artista....

Me viene a la mente esa cantidad de fotógrafos profesionales que malviven como pueden, porque cualquiera con un par de miles de euros se puede hacer con un equipo de fotografía en condiciones. Disparan a diestro y siniestro sin compasión. De trescientas instantáneas, y por simple probabilidad, una será buena. Desprestigiamos así el trabajo del fotógrafo que no solo fotografió el evento, sino que luego dedicó horas y horas a la edición, ese trabajo silencioso e invisible que nadie ve. Pero no, pensamos que "Cualquiera con una buena cámara puede hacer esas fotos, luego se pasan a blanco y negro" y a recibir me gustas en facebook.

Me acuerdo también de esos periodistas que cobran una miseria por cada redacción después de  hacer una labor de investigación y aplicar en su elaboración todo lo aprendido en años de carrera. Esos pobre que tienen en la mesilla de noche y como lectura recurrente el manual de estilo del País. Esos mismos que se devanan los sesos frente a un teclado mientras en la Tv escuchan a los contertulios sin estudios del programa de moda opinar sin criterio ni base alguna sobre temas de actualidad. Periodistas mediáticos improvisados que cobran dinerales por decir sandeces.

Pero si hay un caso que me sangra especialmente es el bonito trabajo del escritor. Esa labor individual, un viaje al interior, que una vez publicado hace viajar a otros. Nunca me he considerado escritora, y reconozco que soy una osada sinvergüenza que juega a ser una virtuosa de la pluma. Mi afición la desarrollo desde el respeto, no solo a aquellos que se ganan la vida gracias a su ingenio con las palabras, sino a aquellos que me leen. Digo esto, porque creo que el afán de comunicar ha hecho que muchos se olviden de lo esencial, de lo importante, de las formas.

Soy lo que escribo por lo que he leído y vivido. Si, por lo que he leído y vivido. Plasmo en cada línea parte de mi yo interior y de mi mundo de realismo mágico que mescla lo real con lo inventado. Pero plasmo en cada frase parte del acerbo de mi lengua materna. Cuido y elijo cada palabra que escojo; coloco y recoloco cada coma, cada punto; busco sinónimos, antónimos, metáforas y sutiles recursos que puedan dar a lo que trasmito un poco de rigor y armonía.

Pero como conseguir esto si ni siquiera he leído, si no he disfrutado con los versos de Miguel Hernández, Lorca o Machado, si no me he perdido en las historias del Gabo, Pérez Galdós, de Almudena Grandes, Ángeles Masttreta, Delibes o Montalbán... o viajar a realidades fantásticas de la mano de Cortázar, Borges o Quiroga. Nótese que solo he citado algunos de los que escriben en habla hispana, pues lo que nos llega de otros países puede estar traducido con mayor o menor acierto.

El problema se agrava cuando no se tiene ni idea de que hay un diccionario de la RAE, o uno de María Moliner, o una gramática de Alarcos o el manual de ortografía de Manuel Bustos...

No, así no se puede.


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