LA LEYENDA DEL SOLDADO Y EL AMANECER ROJO

Por Santiago
Enviado el 29/03/2016, clasificado en Cuentos
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Plagados están los días de preciosos amaneceres, de luces y sombras, que nos evocan sentimientos y pasiones, amores y tristezas; que nos hacen sentir. Amanece el día para morir horas después con la caída del sol, el ocaso del astro rey, indiscutible protagonista siempre… siempre.

Testigo pude de uno de aquellos que nunca olvidaré mientras viva: rojo, amenazante y traidor; que tan sólo pudo dar paso a un idílico final… muerte y desolación.

Soldado fui en Marruecos, dónde la Gloriosa España imponía su voluntad a base de sable y bayoneta, sembrando muerte por donde pasaba: desolación, hambre y pobreza.

Reclutado me encontré a mi más temprana edad, como soldado de la Gloriosa España, al servicio de un caduco imperio, rancio y desalmado, dirigido por corruptas mentes de grandes hombres que no merecieron su lugar en la historia; corruptos y llenos de ansias de poder a cualquier precio, precio que siempre pagaban los más desfavorecidos.

En las calurosas y misteriosas tierras del norte de África acabé destinado tras el periodo de instrucción como recluta, junto con algunos de mis recientes camaradas y amigos; gente que conocí y la que una relación casi de hermanos nos unía. Muchos iniciamos aquel viaje a Ceuta, pero solo unos pocos regresamos realmente; quizá todos de alguna manera, unos en barco de vapor y otros en nuestras mentes para siempre bajo un emotivo y triste recuerdo, pues sus humanos cuerpos quedaron en las yermas y ardientes tierras del Valle de los Castillejos, cerca de la plaza defendida a tan alto y vil precio    — el de sus vidas— Aunque sólo mantener vivo su recuerdo, les hace estar presentes de por vida en nuestra memoria colectiva de por vida.

La peor dicha de un soldado es caer en el olvido, y para eso estamos los que tuvimos la suerte de regresar, es nuestro deber para con ellos tenerlos siempre presentes y que su sacrificio no fuera en vano; por eso, cada día de mi vida sigo levantándome al alba para ver el amanecer, disfrutar de su majestuosidad y belleza, pero sobre todo su color, en recuerdo de aquel día que nunca olvidaré mientras viva.

En el amanecer del día uno de enero del año 1860, iniciamos la marcha hacia Tetuán, siguiendo el camino de ese mismo nombre, paralelo a la playa de Taraja. Mirábamos extrañados ese color especial del nuevo día, era distinto; el rojo resplandor nos auguraba un final sangriento. Entre las tropas, se forjaba un sentimiento de miedo al desenlace del día, nadie sabía dónde íbamos ni para qué con certeza, simplemente a hacer justicia en nombre de España; llenas nuestras almas de inquietud y temor, avanzábamos en columna hacia lo desconocido.

Eran 10.000 los jóvenes que para tal acción militar se movilizaron desde la península; mozos que iniciaban sus vidas, que trabajaban, con padres y madres, hermanos y hasta novia algunos, proyectos y toda una vida por delante. Vidas que se exponían a una suerte incierta y el riesgo de no regresar nunca más a su hogar.

Unos 100 fueron los elegidos por Dios, Alá o el diablo, para que dejaran sus ilusiones y proyectos, sus vidas. Allí, en el Valle de los Castillejos, donde la historia engrandece al general Prim por su victoria, permanecen esos bravos soldados que sin pedir nada a cambio sacrificaron sus vidas; allí donde anónimos hombres sólo viven en la memoria de los que les acompañaron y compartieron con ellos el horror de la guerra, de la vida y la muerte.

Por eso, cada mañana me levanto y lo seguiré haciendo siempre, para ver el amanecer, y cuando es rojo, como el de aquella fatídica jornada, un halo de orgullo llena mi pecho, orgulloso de aquellos que nos dejaron, de su sacrificio. La emoción me embarga y hasta perlas en forma de lágrimas recorren mi cara; miro fijamente, no pierdo detalle, hasta que la luz llena el nuevo amanecer, ese que los que sobrevivimos tenemos la suerte de disfrutar, de ahí que hay que aprovechar cada día como un regalo, algo que ellos no tuvieron.  Por ellos y por nosotros, por su memoria.

 

En recuerdo de ellos, cada amanecer rojo que tengo la suerte y el placer de disfrutar, es para mí un tributo, una especie de homenaje eterno, indestructible e indiscutible; pues un monumento por el paso del tiempo puede llegar a desaparecer, pero el inicio de cada día, está más allá de la voluntad de hombres o dioses.

Por eso, cada vez que el color rojo es predominante al alba, el tributo a los soldados caídos se muestra emocionante, emotivo;  recordándonos que están presentes en nuestra memoria eternamente, en forma de solemne acto con una presencia fugaz.

Cuenta la leyenda que, asomados al alba, nos miran orgullosos desde su posición, agradecidos de que el olvido no haga mella en nosotros, y que se les recuerde como lo que eran, simples hombres que dieron su vida por otros.

Les enseñé esto a mis hijos, que lo valoraron en su justa medida; y llegados los últimos años de mi vida, intento transmitir este sentimiento a mis nietos; ellos no entienden a un anciano y sus recuerdos.

Para ellos un amanecer es un amanecer, son todos iguales me dicen. Las batallitas…

Quizá un recuerdo tenga su caducidad dentro de cada generación, después ya no significa nada para la siguiente. Una generación no entiende los valores de la otra. Será la ley de la vida; pero para mí, las cosas siguen teniendo unos valores mientras viva, y así deseo que sean.

Cada amanecer rojo es, sin duda, el merecido y solemne tributo e indestructible a la memoria del soldado caído. Para los demás, están los libros de historia.


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