Pinceladas budistas

Por cclecha
Enviado el 30/03/2016, clasificado en Drama
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     La primavera ya hacía semanas que había aparecido. El gran cerezo enfrente de la casa de Masato se obstinaba en no florecer…al contrario que sus otros hermanos del bosque que ya ofrecían multitud de flores blancas y rosas, preludio de lo que serían posteriormente las rojas cerezas. El árbol se empecinaba en no ofrecer vida. Un par de palomas marrones con rayas negras en el plumaje, se hacían arrumacos en una de las ramas secas del cerezo, distantes a la ausencia de flores del árbol.

     Por la senda de enfrente del la casa de Masato, caminaban, muy espaciados, peregrinos hacia el gran templo budista de Kotokuin. También se divisaban algunos monjes con túnicas granates cuyo color se mezclaba con el anaranjado de la puesta de Sol que se veía en la montaña de enfrente.

     Masato, hombre ya muy mayor, pero con las carnes firmes, impuestas por su dieta vegetariana y la práctica diaria del Taichí, vestía de forma tradicional japonesa con su kimono oscuro y sus sandalias de madera; había salido a despedir la tarde, como cada día, colocando una esterilla en el césped justo a la entrada de su casa, para poder meditar y alejar cualquier pensamiento de su mente.

Durante una hora entera se colocó sentado en el suelo, en la posición de loto y con la punta de los dedos anular, corazón y medio, juntos, para no dispersar la energía de su cuerpo. Las piernas cruzadas y la columna vertebral recta. Dejó que la respiración, fuera la única guía de su actuación y que los pensamientos no aparecieran por su cerebro. Ya nada mandaba en su interior… La armonía en concepto de paz y equilibrio le había visitado. Siguió en este estado cercano a la felicidad, durante un buen rato, e iba llegando al fin de su meditación cuando un par de peregrinos se acercaron a donde estaba

     -Perdone que le molestemos en su meditación, pero al dirigirnos a pié al templo de Kotokuin, estamos sedientos y nos preguntamos si podría ofrecernos un poco de agua.

     -No os preocupéis por mi meditación, ya estaba acabando, además también se agradece la compañía-dijo Masato dirigiéndose al interior de su casa a por jarra de agua con dos vasos. Al salir se reanudó en dialogo

       -Nosotros, la meditación, la haremos en cuando lleguemos al templo…tengo entendido que en la entrada hay una enorme estatua de Buda, en bronce de más de tres metros de alto.

         -Sí…pero este elemento y el bullicio que hay en el templo pueden ser contraproducentes para conseguir lo que realmente se busca con la meditación

         El peregrino más joven preguntó. -¿Y que fin hemos de buscar?

         -El silencio y la unidad con el Todo- contestó M.

         -¿El silencio?-interrogó de nuevo

           Masato, calló durante un breve tiempo y añadió –Aparte del silencio, creo que lo más importante, es que la meditación, os ayude a destruir el yo.

           -¿destruir el yo?

         -Ahora que soy viejo, he comprendido que la afirmación y la vanagloria del yo, es negativa…hay que procurar suprimir el yo.

           Añadió- no persigáis beneficios en la meditación, pues aunque todo en ella es beneficioso, lo útil no llegará si es buscado…hay que dejar que se presente sin buscar nada.

         Diciendo esto, la mirada se le extravió de nuevo hacia el cerezo y sus palomas…viendo su mirar perdido hacia el cerezo, el joven volvió a hablar

     -Nosotros creemos que las personas somos una parte de la naturaleza y que hemos de aprender a respetarla.

     Masoto, sonrió…-dices lo correcto. Aparte si sabes escuchar a la naturaleza, ella, te dice muchas cosas… solo hay que saberla escuchar.

     -No le entendiendo…

     -No tienes edad para entenderlo todo. Pero mírame a mí, me esfuerzo por escuchar a mi cerezo y mis palomas. Piensa en ello. La conversación es muy agradable pero ahora ya se ha puesto el Sol y si me permitís me retiro al interior de mi casa pues a mi edad, siento algo de frio.

       -Oh claro, cuando regresemos de templo, ¿Podemos pasar de nuevo, para hablar con Usted?

       -Será un placer recibiros.

       Masoto, entró en su sobria casa, casi no habían muebles…no los necesitaba. Dejó la jarra de agua y lavó los vasos, arregló algo el futón de su dormitorio, cuando un par de detonaciones le asustaron. Se habían oído claramente un par de disparos en su jardín.

       El anciano salió y llegó a divisar como un cazador miraba a las dos palomas marrones muertas por su escopeta y tras desecharlas por no comestibles emprendía el camino del sendero. Masoto, fue a contemplar cómo sus dos palomas yacían en medio de un inútil charco de sangre. El anciano japonés pensó como era posible que existieran seres humanos con una sensibilidad tan alejada de la suya. Tampoco entendía como la evolución de la conciencia, puede estar tan confusa en algunas personas.

       Comprendiéndolo todo y comprendiendo las profecías de la naturaleza, volvió a entrar a su casa, se dirigió hacia su austero dormitorio, se introdujo en el colchón, apartó suavemente las sábanas, cerró los ojos, pensó en lo muy agradable que había sido el fluir de su vida y con esa sensación dulce se durmió.

       Al cabo de un par de días, los dos peregrinos volvían de su visita y oraciones en el templo y como ya habían anunciado, se pararon a visitar al anciano y no lo encontraron.

       -¡Masato! ¡Masato!- llamaron

       Nadie respondió. Extrañados, entraron en la casa, (Como es normal en las casas japonesas, la puerta no estaba cerrada con llave) una suave penumbra los recibió. Entre sombras abrieron los paneles de madera con papel de arroz en donde se encontraba el dormitorio de Masoto. Este, se encontraba yaciendo en su cama, con las manos cruzadas en el pecho y una expresión el rostro de todavía más felicidad que cuando se fue a dormir. No respiraba, estaba muerto.

       Los peregrinos se llevaron un disgusto al ver la escena. Salieron hacia el pueblo, para avisar del suceso y al atravesar el jardín, se pararon delante del cerezo seco y las dos palomas muertas.

       -Ahora ya entiendo lo que quería decir Masoto- dijo el peregrino jovencito-cuando nos dijo que había que aprender a escuchar la naturaleza…

       -Explícame

       -Masoto, escuchaba a la naturaleza, estaba en unión con ella, por ello su mirada estaba pendiente del cerezo y de las palomas. Cuando el cerezo y las palomas llegaron al fin de sus vidas, él también supo que su ciclo existencial, había concluido. La premonición de la naturaleza era indudable, le avisó de su fin.

 


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