Capítulo 3: CITY LIFE-LA BICICLETA ROJA

Por yaya
Enviado el 04/04/2013, clasificado en Varios / otros
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Después de la muerte de Agatha, Eleonora me mandó a la ciudad a trabajar en la casa de una familia.

En un piso enorme de aquella ciudad vivían los Müler. Frank Müler, el padre, tenía una exitosa empresa que producía mermelada. En los cinco años que viví en esa casa solo le ví un par de veces, siempre estaba viajando y trabajando. Edith Müler, la señora de la cas, no trabajaba. Era una cuarentona sedentaria, que nunca salía de casa. Tenía la piel arrugada y más blanca que la leche y su carácter era insoportable, pasaba el día riñendome por cualquier tontería, y haciendome trabajar. Stephan Müler, el único hijo de la pareja, estaba como un cerdo, estaba gordo y seboso, tenía más grasa que una foca, y su inteligencia era nula. Y a mí, me tocó vivir con ellos.

Me despertaba cuando amanecía y trabajaba durante todo el día hasta el anochecer. Limpiaba la casa, hacía la colada, les preparaba la comída... Trabajaba duro y comía muy poco. Cada día comía menos, y mi estómago me pedía comida. Y fue entonces cuando empezé a coger cominda prestada, de los cajones de la cocina. Y me gustó eso de coger las cosas prestadas, la verdad es que me daba placer. Si los nervios ganaban la batalla de tus sentimientos, sería el final, y tus fechorías serían descubiertas, pero yo, tenía el don de hacerlo con naturalidad y conseguía todo lo que se me antojaba. Y de este modo descubrí la gran cantidad de joyas que la señora Müler escondía entre su valiosa ropa. 

Tendría diciseis años cuando entré a la habitación de la señora Müler, pero no con la intención de hacer la cama. Fui directa a su armario y lo abrí. Su armario era un arcoíris de sentimientos para mí, el significado de la buena vida y la riqueza, el amor y la felicidad, un sitio donde no existían llantos ni lloros, era el auténtico jardín del Edén. En la gloria, con tantos tesoros delante no pude resistirme y entonces fue cuando mis bolsillos se empezarón a llenar de joyas y complementos.

-Señorita Bouvier, ¿Qué haces?

Recuerdo perfectamente esas palabras que me hicieron abrir mis ojos y despertarme del sueño en el que estaba soñando.

-Nada mi señora.

-¡Saca mis joyas de tus sucios bolsillos!-Su voz hizo temblar el suelo de la casa.

-¡NO!

Corrí hasta la ventana y salté de ella sin pensar dos veces.


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