Plenilunio de mi juventud. (I)

Por Jaimeo
Enviado el 01/04/2016, clasificado en Amor / Románticos
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Plenilunio de mi juventud. (I)

 

     Un poco jadeantes, con las mochilas a nuestras espaldas, ascendíamos por el agreste camino de tierra, entre chanzas y risas de mozalbetes de 16 años, compañeros de estudios en busca de aventuras  en reiterados paseos de un par de días, con destino al otro lado del cordón montañoso de la Cordillera de Nahuelbuta. Atardecía ese verano cuando partimos de nuestra ciudad con un sol que se aprestaba a dormir en el mar; nos detuvimos  en un lugar que la tupida vegetación nos permitió ver parte del puerto y el espectacular cielo teñido de azul, verde y rojo, entre tonalidades que sólo los pintores son capaces de captar; el reflejo en las aguas del Pacífico nos dejó mudos y uno de mis cuatro compañeros musitó: ¡ Qué lindo!

      Una carreta tirada por rumiantes bueyes y un campesino junto al yugo nos brindó un " ¡Buenas tardes, amigos!", con ese gracejo y acento cantarino que tanto  nos gusta a los citadinos. Respondimos al saludo casi a coro, pues conocíamos de sobra la hermosa costumbre de la gente del campo que, aunque empolvados por el transitar en la tierra gredosa, tienen una mirada limpia como sus mentes  y sus ropas con olor a hierbas y a nobles maderas.

     De hecho nuestros padres nos dejaban salir en esta aventurillas, conocedores de nuestras juveniles imaginaciones y que éramos quitados de bulla, muy hábiles para esquivar problemas. También sabían que usábamos muy bien la educación  y, llegado el momento, la diplomacia. Soñábamos con encontrar tesoros perdidos o alguna oculta mina de oro, pero no recuerdo haber encontrado ni siquiera una mísera moneda; eso sí, teníamos amigos en todo el recorrido que nos llevaría hasta un valle  regado con un hermoso estero, donde siempre nos recibían con regocijo sus habitantes, a quienes entregábamos harina, yerba mate, azúcar y tarros con alimentos que son muy apetecidos por las dificultades propias de quienes viven lejos de la ciudad.

     Cuando ya bajábamos el sinuoso camino, cruzado por numerosas vertientes que depositan su exquisita agua en el estero, la penumbra de la noche que se aproximaba nos sorprendió. No nos preocupamos, pues sabíamos que esa noche la luna llena sería nuestra luminosa compañera.

     Arribamos al valle, nuestro destino, donde se atisbaban casas  con luces apagadas, separadas unas de otras por cientos de metros. En la oscuridad alcanzábamos a distinguir frutales y por las empinadas laderas enormes bosques de eucaliptus, pinos y vegetación  nativa, gigantescos guardianes del verde valle. Con sorpresa vimos que la única vivienda, muy grande por cierto, perteneciente a don Alberto a quien íbamos a visitar, estaba completamente iluminada e incluso habían fogatas a su derredor. Nuestra extrañeza aumentó cuando oímos rumor de conversación, una guitarra desafinada y algunas risas;  ¿Llegamos a una fiesta?, no teníamos claro qué ocurría.

     Un rústico muchacho nos vio y raudo fue en busca del patrón; salió don Alberto, un señor adulto y barrigón, quien abrió su enormes brazos para recibirnos evidentemente emocionado. Sus manotas apretujaron nuestras extremidades y en amistoso ademán puso sus brazos sobre nuestros hombros, con suave empujón nos llevó a la entrada.

     —¿Qué pasa, don Alberto? —Pregunté, haciendo un gesto con mi cabeza hacia los lugareños.

       —Estamos de mala, amigo José  —inclinando su cabeza—; se nos murió la tía Eloísa. Ya estaba muy viejita la pobre y el Taita Dios se la llevó a descansar de sus achaques.

Inmediatamente lo rodeamos y le dimos el pésame de rigor, acto seguido le hicimos entrega de los obsequios que  llevábamos; nuestro amigo los recibió con un breve "Muchas gracias" y entregó los paquetes a los mocetones más cercanos y nos hizo pasar al interior de la vieja casona de adobes que estaba iluminada con numerosos "chonchones" de parafina y candelabros que rodeaban un ataúd en medio de la sala.

     El ambiente estaba cargado de olor a flores, velas, parafina y un aroma a carne asada que se escurría hasta los presentes desde el fuego que alumbraba el patio. La mortuoria escena  inquietó mi alma; aldeanos pobremente vestidos y señoras elegantes en sus negras vestimentas, sentados en sillas y bancas de madera con respaldos apegados a las paredes, un grupo que rezaba una letanía por el eterno descanso de la anciana. Con la gravedad del caso, nos aproximamos al féretro y repetíamos frases que escuchamos a nuestros mayores " Está igualita que cuando la conocimos en vida"; seguimos con el ritual de ir a abrazar a la enlutada doña Carmelita, esposa de don Alberto, musitándole un " Ayudándola a sentir".

     Estábamos sentados en un rincón del aposento y una hermosa y desinhibida muchacha, algo mayor que nosotros, me  tomó de un brazo y me dijo al oído: " Mi tío Alberto quiere que coman un bocadillo". Tuve la sensación que me acariciaba y al mirar sus verdes y bellos ojos me pareció que había una chispilla de burla; mientras acudíamos, la miré con disimulo y realmente era una bellísima muchacha, con sus  perturbadoras prominencias bastante abultadas y  abajo de su corta falda, un par de hermosas y bien torneadas piernas. Mi amigos tampoco habían resultado indemnes a su hechicera hermosura, la contemplaban con admiración y aparentemente se dieron cuenta que me coqueteaba; me sentí turbado y algo torpe para caminar, empeoraron las cosas para mí, pues acentuó su cara de burla.

     Al examinarla, siempre a hurtadillas, comprobé que se trataba de una joven de la gran ciudad, tanto por sus vestimentas, pelo rubio muy cuidado, como por su desparpajo y su culta manera de expresarse. Muy sobrina del dueño de casa podría ser, pero de ninguna manera pertenecía a ese campestre mundo.


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