Tres sumisas para mí en una casa rural (Capítulo 3 A)

Por T.ahotlo
Enviado el 07/04/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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Después de que mi semen se deslizara dentro de la sandalia de Virginia seguimos camino a la casa rural, escuchando los sonidos que hacía al andar; con mi semen entre su pie y la plantilla de la sandalia, eran como mini coitos húmedos.

Mientras tanto Ingrid era sodomizada en el restaurante por el cocinero jefe; cuando regresó a la casa traía un andar «relajado» su ano había sido ocupado durante  cerca de una hora por un pene hambriento de un culo pelirrojo, que era lo que el cocinero jefe me confesó desear cuando se la preste a cambio de la comida de ese día en el restaurante y de trescientos euros ¡Ahora su ano era como el de una marioneta donde se podía meter la mano!

Al final de la tarde aquel cielo de verano se nubló y comenzó a llover; estuve toda la tarde en la habitación de mis sumisas. Cuando Ingrid se ducho le di pomada en su ano con dos dedos (habría podido meter la mano entera) lo tenía escocido y dilatado, mis dedos dieron giros sobre su ojete como si amasaran el pan.

Después les dije que me tenían que dar las tres a la vez un masaje sorprendente pero sin final feliz; porque hacía poco del polvazo a Virginia y no quería gastar mis pilas.

Me tumbe en una cama boca abajo, con mi pene y mis testículos asomando por detrás; las manos de las tres acariciaron todo mi cuerpo, presionando bastante bien en la espalda; note unos senos apretarse contra mis cachetes como flanes, con los pezones como garbanzos de gordos que se introducían por la raja de mi culo, deslizándose hasta la rabadilla; una de ellas comenzó a pasear su lengua por mis testículos haciendo círculos con suavidad, mi escroto se distendió y mis huevos bailaban al compás de esa lengua que terminó subiendo desde los huevos hasta el cogote pasando por mi culo y por mi espalda; otra me masajeo las pantorrillas sentada encima de mí y deslizando su vagina abierta de abajo arriba y de arriba abajo hasta mis pies, notando yo los talones empapados por ser donde más chocaba su coño.

Caía una lluvia fina y constante cuando regrese a mi habitación por la noche para descansar, después de tanto frenesí necesitaba estar solo y pensar sobre mi situación al mando de ellas tres; me duche y me acosté ¡Arropado en la cama en agosto por la noche a catorce grados! Los veranos en el norte a veces eran así, nada que ver con los de Córdoba.

Mis cuarenta y cinco años los llevaba bien pero necesitaba darle descansos a mi pene como a un buen pívot ya mayor.

La mañana siguiente desperté empalmado y fuerte (ser el señor de tres mujeres que habían decidido ser mis sumisas me excitaba mucho y me estaba rejuveneciendo, dándome ganas de vivir). Salí y abrí su habitación con la tarjeta-llave de Virginia (se la había requisado el día antes) al entrar vi que no estaban, eran las diez y media. Comencé a mirar entre sus cosas, ropas y demás revisando todo como un sabueso; encontré juguetes sexuales en una maleta y ropa interior de encaje fino muy erótica, en otra también encontré fotos íntimas de las tres ¡Muy buenas fotos de ellas desnudas en paisajes campestres y solitarios!, donde dieron rienda suelta a su imaginación, con poses muy sensuales y  algunas muy artísticas, en una foto estaban Las tres con las piernas levantadas y los coños al aire, con los pantalones enrollados junto con las bragas en los tobillos, se las veía riendo, también se veían en la foto algunas vacas que las miraban impasibles; en otra foto se veía a Virginia acariciándose el pubis peludo ( aún no le había ordenado que se lo recortara) sus dedos desaparecían entre los pelos negros, en otra tenían faldas y las llevaban subidas hasta la cintura y las bragas en las rodillas.

En ese momento entró Ingrid en la habitación con su bonito cabello pelirrojo suelto, seguida de Sara y Virginia, las tres miraron mis manos sosteniendo sus fotos.

-Son de este viaje, antes de hacernos sus sumisas señor, fueron los primeros paseos al llegar a esta casa rural, antes de encerrarnos en la habitación desnudas de cintura para abajo ¿Le gustan Señor Antonio?-dijo Sara.

-Me encantan son sensuales y provocadoras me gustan tanto las fotos que he decidido quedarme con ellas ¿Os parece bien? -les dije.

-¡Por supuesto señor!  También las tenemos en la tarjeta de memoria, esas de papel las sacamos en un centro comercial de la ciudad, fue divertido ver la cara del dependiente al ir saliendo las fotos de la impresora -dijo Virginia.

-¡Estupendo! Me las quedo, las de la tarjeta las borráis ¡Quiero tener piezas únicas! Además  ¡Haremos más fotos!, ¿qué os parece? -dije con soberbia.

-¡Bien! -dijo Virginia que trajo al momento su cámara réflex y comenzó a borrarlas mientras yo guardaba las de papel en su sobre.

-Ahora quiero que os desnudéis las tres completamente y antes de irnos de viaje me dejéis satisfecho, me haréis  una mamada las tres a la vez, que las fotos me han puesto caliente, ¡Desnudaros rápido! Y la próxima vez que salgáis me pedís permiso primero ¡De acuerdo! –ordene.

-¡Si señor Antonio! -contestaron las tres al unísono.

Me saque el pene del pantalón, estaba duro y arrugado por los pliegues de la tela vaquera apretada contra él, se desplegó al liberarse de la ropa; ellas comenzaron a chuparlo con frenesí, como babosas enroscadas a mi polla; arrodilladas delante de mí, entremezclando sus lenguas entre sí y dando mordisquitos a mi pene y a mi escroto distendido.

Se me tensó al máximo el pene, tal era la erección que ellas tuvieron que alzarse un poco más del suelo para cazar mi glande con sus lenguas, me corrí sobre sus cabellos con un gran chorro de semen muy repartido, que note subir como sube la cerveza al ser agitada en una lata y destapada de golpe, el semen regaba sus pelos al azar.

Mientras tanto Sara sostenía mis testículos dentro de su boca mirándome a los ojos con las pupilas dilatadas. Los cabellos de las tres parecían telas de araña, con grumos colgando de sus pelos, yo estaba súper relajado.

-¡Bueno ahora lavaros muy bien las cabezas para que estéis presentables y no me manchéis la tapicería, que vamos a viajar en mi coche, el vuestro se queda aquí aparcado! –dije con cariño.

-¡Si señor! -dijeron las tres mientras se dirigían al baño desnudas con sus cabellos pegajosos.

Tahotlo 2015


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