Tres sumisas para mí en una casa rural (Capítulo 3 B)

Por T.ahotlo
Enviado el 07/04/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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Decidí que haría excursiones con ellas en mi coche, había que seguir viendo el norte de España, pero ahora acompañado por ellas con el morbo que eso me provocaba, porque tenía pensado hacer cosas divertidas y audaces. Salimos a las once y media, junto a mí se sentó de copiloto Sara «mi rubia platino» de su minifalda sobresalía un juguete con forma de pene negro y grande, era un juguete tipo «bipolla», o sea dos pollas para dos coños, en este caso una para Sara y otra colgando frente a la guantera como una morcilla grandota, este juguete se lo escogí yo de entre los que encontré en sus maletas para el trayecto en coche, junto con los dos dilatadores de culos con cola de caballo que llevaban Ingrid y Virginia en el asiento trasero, las cuales dejaban salir sendas melenas negras de caballo de imitación entre sus piernas, con sus bonitas minifaldas cortas ¡Qué bien lo pasarían las dos con los baches !

Me dijeron que los dilatadores estaban sin estrenar, yo pensé que en este viaje con curvas los estrenarían de golpe; solo prestaba atención a la carretera, pero oía sus gemidos en cada imperfección de la carretera (Los dilatadores eran gordos y sus anos estaban tan estirados como la piel de un tambor) después de unos cincuenta kilómetros llegamos a un bonito pueblo, en el que había muchos turistas y bastantes coches aparcados por todos lados; encontré un aparcamiento junto al puerto, rodeado de coches y personas caminando, vi un camino hacia el monte que se perdía entre eucaliptos muy grandes, les dije que dejarán los juguetes en el maletero y me siguieran camino arriba; anduvimos unos veinte metros cuando vi un hueco entre la maleza de helechos, puse a vigilar a Ingrid y Sara «aun se  escuchaba la gente cerca de los coches a escasos metros de nosotros».

-Virginia arrodíllate y súbete la falda  hasta la cintura y clava la cabeza en el suelo  para que tu ano quede lo más alto posible, que te voy a follar ese culo abierto por el dilatador –ordene.

-¡Sí señor! -dijo, con un hilo de voz mientras restregaba su melena en el suelo boscoso y alzaba su gran culo delante de mí.

Me saque el pene por la bragueta bajando la cremallera sin desabrochar el pantalón por si venía gente por el camino, se la metí en el ano hasta el fondo, entraba como la seda; le di varias arremetidas notando mi pene patinar pero entrando hasta los huevos, acelere como un animal en su culo que hacía el mismo sonido que un chupacharcos desatascando una pila de lavar (chupacharcos: expresión andaluza del desatascador de mano).

Tuve que parar en seco cuando Sara dijo que venía alguien, me metí el pene en el pantalón con mucho esfuerzo y subí la cremallera con precaución; a su vez Virginia  se levantó del suelo con rapidez y se colocó bien la falda roja que llevaba. Llegó un grupo de personas justo cuando comenzábamos a bajar el camino desandando lo andado, Virginia iba en primer lugar y los saludo ¡Hola! -dijo a un grupo de personas que subían el sendero, con su cabeza llena de hojas secas que daban una sensación grotesca; los transeúntes nos miraron y saludaron, uno joven sonrió al pasar junto a Virginia.

Estábamos en un pueblo pesquero de la costa  precioso, con sus casas de distintos colores, las casas en algunas partes del pueblo estaban unas sobre otras con calles  que se dibujaban en cuestas muy pronunciadas, llegamos al centro del pueblo y Virginia comenzó a hacer fotos del lugar y de nosotros, subimos una cuesta buscando algún mirador; era un día más cálido que los anteriores.

-Ingrid en este recodo desde donde se ve el puerto a lo lejos vamos a tomar unas fotos de los tejados anaranjados, contrastados con tu cuerpo pelirrojo desnudo ¡Desnúdate!-le ordene.

-Se acercan dos parejas desde el pueblo ¿Me quito solo lo de arriba señor? -dijo Ingrid.

-Desnúdate entera ¡Ya! -le dije mirándola fijo.

-Sí señor, ¡Perdón! -dijo Ingrid algo acelerada.

Inmediatamente Ingrid tiró de su falda y la dejó caer al suelo junto a ella, se bajó el bonito tanga de encaje morado y blanco de un  tirón y lo lanzó  junto a la pared, cayó sobre un charco verdoso por el musgo, tiró de su camiseta blanca  sacándola por la cabeza y dándomela en las manos agachando la mirada como buena sumisa, no llevaba sujetador sin su ropa y con la luz del día su pubis pelirrojo y estrecho brillaba como el cobre pulido y sus pechos con los pezones de punta miraban con altivez al puerto que se veía lejano allá abajo.

-Sube la pierna derecha sobre el filo de esa ventana y arquéate hacia atrás para que esas dos parejas que suben vean bien esos labios rosados que salen de tu chocho -le dije con una sonrisa de satisfacción.

-Y tú Virginia arrodíllate y hazle fotos desde el suelo a Ingrid moviendo las rodillas por el suelo para sacarla desde abajo en distintos ángulos –le dije con prisa.

-Sí señor Antonio -dijo Virginia «daba alegría ver las rodillas embarradas de Virginia moviéndose con agilidad por el suelo, con la cámara en el rostro disparando fotos mientras su minifalda roja bailaba al compás de cada fotografía».

Llegaron a nosotros  las dos parejas que subían la cuesta, con los ojos muy abiertos, uno de los hombres dijo ¡Madre mía qué estampa!

-Estamos haciendo fotos para una revista erótica famosa ¿No les molesta? -les dije con educación.

-Para nada -dijo uno de los hombres.

-Si quieren hacerle fotos a la modelo o posar con ella ¡Adelante! -les dije a las dos parejas con amabilidad.

-¡Muchas gracias señor! -dijo una de las dos mujeres cuarentonas, al tiempo que le hacía fotos a Ingrid desde todos los ángulos; uno de los hombres puso el móvil entre las piernas de Ingrid y le hizo una foto a su coño mirándola a los ojos.

A Ingrid le caía un hilillo de líquido del coño empapado y brillante. «Muy lanzados los vi»   ¡Qué casualidad!  -pensé cuando, con la excitación de ver desnuda a Ingrid se abrieron a nosotros contándonos que eran dos matrimonios liberales que hacían intercambio de parejas por vez primera en este viaje y se conocieron en una página de contactos.  (Le di órdenes al oído a Sara  sin que me oyeran las dos parejas) al momento Sara se puso junto a Ingrid y alzó el culo en pompa muy alto, sin bragas con la falda remangada dejando ver su culo perfecto, debajo del cual se asomaba su bollo y su pubis con su bigotito rubio platino «Hizo justo lo que le ordene» los  móviles no paraban de hacer fotos) Yo agarre fuertemente un cachete de Sara y le dije al oído:

-Dile al más gordito de los dos hombres que te meta el dedo en el coño.

Tahotlo 2015


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