12 orgasmos

Por Cielo
Enviado el 09/04/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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No sé cuánto tiempo ha pasado desde que ocurrieron, y hoy incluso parecieran tan lejanos que a veces pienso que no sucedieron. Hubo muchos más, por supuesto. O al menos eso creo. Pero son 12 los orgasmos que  se han quedado registrados en mi memoria. Todos con ella.

Hoy que los veo en retrospectiva, entiendo que cada uno me dejó algo, y que aunque parecieran ser parte de un sueño, la sensación de cada eyaculación, sigue vívida en cada célula de mi cuerpo.

El primero fue de descubrimientos. De sentir por primera vez  su piel desnuda, sus senos coronados por areolas pequeñas y pezones achocolatados. El sabor de su sexo, su monte de venus depilado y los gestos que hace mientras se movía al estar sobre mí. Fue empezar a descubrirnos complementarios.

La segunda vez fue confirmar que había sido real, que nuestro encuentro no había sido producto del alcohol y corroborar que no era una casualidad. Intempestivo, con el tiempo contado, nos escapamos para vivirnos y conocernos aún más. Eyacular en su interior por segunda vez fue confirmarla mía.  En el tercero vivimos libertad. Y creamos un universo paralelo en el que sólo estábamos nosotros. Liberarnos de prejuicios, dejando que sus orgasmos llegaran a los gritos, y corroborar que estando juntos el tiempo pasa tan rápido, que las noches nos son insuficientes para disfrutarnos.

Las travesuras llegaron al cuarto. Que el colchón se cayera con nuestros movimientos, y tentar a la suerte devorando su sexo mientras hablaba por teléfono nos trajo un erotismo delicioso. Escucharla conversar mientras ahogaba sus gemidos, y sentir los besos más apasionados de mi vida mientras la penetraba con el teléfono al oído, motivó un orgasmo intenso, que quedaría plasmado en una fotografía prohibida y que hoy guardo en el más seguro rincón de mi cofre encefálico.  El quinto fue descubrirla multiorgásmica, llenando con sus gritos la madrugada y compadeciéndonos del vecino. Su belleza sexy acentuada con negligé, fue la cereza del pastel de mi noche. El sexto no llegó realmente, pues impedido por el alcohol, me descubrí  algo agresivo y obnubilado, corroborando con el arrepentimiento, que estaba perdidamente enamorado de ella.

El reencuentro después de un viaje fue el séptimo, y con una intensidad inigualable, me descubrí suyo, entregándole con mi semen, el resto de voluntad que me quedaba. Fue encontrar en sus besos, en su piel, y en su amor, la razón de mi existencia. Con el octavo, corroboramos una confianza y un acoplamiento pleno. Fue sentirme devorado por su boca en cada centímetro de mi piel, y consolidar con sus besos un sentido de pertenencia que jamás en la vida volví a sentir.

El noveno y el décimo llegaron en el mismo encuentro. Fue forzar el universo paralelo en medio de las vacaciones mutuas, confirmando lo prohibido y la inevitabilidad de nuestra pertenencia. Aún en este momento, vuelvo a sentir su desnudez, el sudor que nos humedecía y sus gemidos que se volvían gritos junto a mi oído, acentuando el escalofrío que recorría mi espalda mientras llegábamos juntos al clímax.

El undécimo y el último, fueron una consecución perfecta que resumía todos nuestros encuentros. Fue encontrarnos en medio de una familiar comodidad de sentirnos uno del otro, que prácticamente nos olvidamos de ser prohibidos y ajenos.  Estando entre sus brazos, era olvidarse del mundo y sentir que eran años los que llevábamos juntos a pesar de ser unas semanas.

Hoy sé que la vida es a veces extraña. Y ella me enseñó que existe una gran diferencia entre el amor de tu vida y tu gran amor. Y después de un tiempo que hoy no puedo contabilizar, me encuentro aquí solo, sin amor y sin vida. Decrépito y enfermo, con lagunas mentales que me impiden reconocerme a veces, y secuelas que provocan risa por su impacto en mi cotidianeidad. Alzheimer es la palabra que escucho con frecuencia. Y en mis momentos lúcidos, llegan a mi memoria esos orgasmos. Que pudieron haber sido más de una docena y en un orden totalmente distinto, pero que son los únicos recuerdos que ni el tiempo, la enfermedad ni la vejez, han podido borrar. Esos le pertenecen a ella. Y es ella únicamente quien me los puede quitar.


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