SALVAJE OESTE- PARTE 1 DE 2

Por cclecha
Enviado el 08/04/2016, clasificado en Intriga / suspense
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     -¡Rápido, mete todo el dinero de la caja fuerte en este saco! –le decía Mc Gregor  al cajero del banco (un hombre bajo, asustado, con gafas, poco pelo, en mangas de camisa y chaleco negro), apuntándole con un gastado colt.

      McGregor, con el típico sombrero negro de cowboy y un pañuelo atado por detrás del cuello, a modo de antifaz que le cubría la boca, barbilla y parte de la nariz, no podía disimular su gallardía natural y su estatura considerable.

       El cajero, con manos temblorosas, puso todo el dinero de la caja en el saco que le tendía McGregor. Éste lanzó una mirada de complicidad, por la ventana del banco, a su amigo Ramírez –el mexicano- que estaba vigilando la calle, y dijo:

       -¡Ya está… pronto… vámonos!

       De un salto certero montaron en los dos caballos negros que aguardaban en la entrada del banco y se dirigieron a todo galope, entre nubes de polvo, a las afueras el pueblo.

        El cajero, temblando y casi sin voz, salió a la calle polvorienta a pedir auxilio… rápidamente se abrió la puerta de la oficina del sheriff, al final de la calle, y apareció un hombre maduro, alto y rudo, con mandíbula cuadrada, bigote y fortaleza natural, cuyo equilibrio en el andar parecía que se lo daban dos pesados revólveres a ambos lados de las caderas.

       El sheriff Pat enseguida se dio cuenta de lo que había pasado… fue andando con lentitud hacia el banco. Detrás de él, a pocos metros, le seguía su ayudante Jack, más bajo que él, ambicioso y mucho más joven.

       El sheriff, después de hablar con el cajero, se personó en el salón y reclutó a cuatro hombres de mala catadura: caza recompensas que estaban esperando cualquier oportunidad para  excusarse delante de ellos mismos, con la opinión de que ayudaban a ley.

       Los jinetes salieron al cabo de un rato en persecución de los atracadores. Al sheriff Pat no le costó seguir los rastros dejados por los salteadores: las huellas que dejaban sus monturas eran evidentes… se dirigían hacia las montañas. El grupo de perseguidores, con los agentes de la ley  a la cabeza, parecía no tener ninguna prisa, iban al trote.

       Pat, antes de ser sheriff, había tenido una bien merecida fama de pistolero. En su vida habían sido constantes los duelos, los atracos y los ajustes de cuentas… por su fama de violento, las autoridades de la región lo utilizaron como sheriff, para que pacificase los pueblos, y más cuando llegaba el ferrocarril a uno de ellos. Pat había aceptado el cargo aquellos dos últimos años… su vida violenta no tenía futuro. Además las autoridades le habían ofrecido hacer la vista gorda en lo q se refiere a los asuntos de su vida anterior. Pero ahora que sabía que nadie tosía sin su consentimiento, y que todo estaba en paz,  los alcaldes de los pueblos verían con buenos ojos una destitución de Pat. En el fondo, les molestaba que alguien con su palmarés estuviera al servicio de la ley.

       McGregor y Ramírez volaban encima de sus caballos pero, aún así, su impericia como atracadores hacía que las señales que dejaban en su paso fueran demasiado evidentes. Enfilaron pronto las primeras sendas de la montaña. Una filera de rocas hacía que el camino marcara la dirección a seguir; el camino no ofrecía dudas. Después de una subida constante y agotadora, los primeros restos de nieve hicieron su aparición. Las ramas de los abetos parecían como cansadas, como abrumadas por el peso de la nieve.

      Ambos jinetes desmontaron y continuaron la ascensión a pie. La subida era demasiado abrupta para ir montados. Estaban abrumados por el miedo y el cansancio. El atraco que habían cometido no iba en consonancia con su manera de ser. En realidad, la falta de trabajo y ausencia de porvenir les había empujado a cometer el robo. Querían  comprarse un rancho de vacas y caballos, que era de lo único que entendían… pero ya estaban arrepentidos de la acción, y más cuando intuían que los estaban persiguiendo.

      Pat y su ayudante Jack, con el resto de hombres, seguían de cerca a los fugitivos. La  noche quería aparecer y, con ella, una oportunidad de encubrir a los atracadores. Sin embargo, ya con la visión muy reducida, el grupo perseguidor divisó a lo lejos a los asaltantes. Anticipándose a las instrucciones de su jefe, Jack empuñó su rifle, apuntó y, de un certero balazo, derribó de una herida, entre el hombro y el brazo, a Ramírez. Éste cayó cuan largo era, en la nieve. McGregor respiró aliviado cuando fue a ayudarlo y comprobó que había sido una herida superficial, aunque escandalosa, por la abundancia de sangre que producía. Ascendieron con rapidez entre las rocas, ayudados por la noche y por una falta de visibilidad que cada vez era más evidente. Finalmente, una noche cerrada los engulló, protegiéndoles. MacGregor y Ramírez se agazaparon detrás de las rocas escuchando el sonido de sus corazones y los ruidos de las alimañas de la inhóspita noche.

      Pat mandó abandonar la persecución hasta el alba. No se veía absolutamente nada, ni a un metro de distancia. Hacía frío; mandó hacer un fuego alrededor del cual se estiraron a descansar.  Pat ni siquiera mandó hacer guardias, sabía que las horas de libertad de los que huían eran remotas. Mientras intentaba dormirse, colocándose una vieja manta que no le cubría todo el cuerpo, pensó que él, antes de ser perseguidor, había sido perseguido. Había aprendido todos los trucos imaginables para despistar a sus perseguidores y borrar las huellas y pistas que iba dejando… estos atracadores eran unos simples aficionados que dejaban restos de su paso por todas partes, no tenían nada que hacer… él ya había vivido todo aquello, desde el otro lado de la barrera.

       De reojo, Pat miró a su ayudante que se refugiaba del frío debajo de su sombrero y de una roída manta. Sabía que a Jack le acabarían dando su puesto, más pronto que tarde, y que la paga que le correspondería a él, por los años trabajados, era mísera. Era lógico que la autoridades no quisieran saber nada de él, un individuo manchado de sangre y que siempre había querido esquivar la ley… antes él era fuerte y podía con todo, sin embargo ahora, aunque no débil, estaba alejado de ser el todo poderoso que fue. Él seguía siendo el mismo, igual de mezquino o de buena persona, depende que como se mirara… lo único nuevo era que ahora llevaba una estrella de sheriff que, para una parte de la sociedad, le otorgaba autoridad.

     La luz de la hoguera fue calentando al grupo de Pat,  y a su vez servía de referencia a MCGregor para saber donde se encontraba su enemigo. La luz alumbraba a los perseguidores, dándoles el confort que da la justicia, mientras que entre los dos perseguidos no había luz ni fuego, solo frío y tinieblas… no se atrevían a encender ninguna hoguera para que no los localizaran. El cuatrero, nervioso, se veía acorralado, sin escapatoria. Con desespero urdió la idea de que la única solución posible era ir en busca de su enemigo y, de alguna manera, herirlo.


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