LA FLOR QUE NO QUERÍA MORIR

Por John Chapelle
Enviado el 11/04/2016, clasificado en Cuentos
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Era un Jardín precioso, su dueño lo cuidaba con esmero y cariño. Nunca les faltó un poco de agua ni abono natural a sus “Pequeñas criaturas” como a él le gustaba llamar a cuanto crecía en tan bello Jardín.

Como todos los jardines, las flores eran las que destacaban por su miscelánea variedad de coloridos.  Y como buen jardín que se precie, no había cabida para la anarquía, e imperaba un estricto orden jerárquico, - faltaría mas-  este no era un jardín cualquiera de la plebe.. – ¡¡No señor!! – Su dueño era de rancio abolengo,  y entre sus antepasados hubo un primo lejano por parte de padre, que fue nada menos que Condestable en la corte de Castilla. - ¡Ya se pueden imaginar la importancia que le otorgaba esto al jardín!- Y entre las flores, unas eran más Principales, y otras más plebeyas.  Lógicamente y como mandan los cánones, las Reinas (porque había varias) eran las ROSAS.  Y por debajo, respetando el escalafón, las Petunias, Azaleas, Violetas y Azucenas. Luego en el género masculino, los Jazmines, Claveles, Tulipanes, y uno que hacía furor entre las Damiselas… El Galán de Noche !!.  Este era un pícaro que las conquistaba, y al cual se la tenían “Jurada” los otros floridos caballeros celosos.   Y en el lugar mas bajo.. casi a ras del suelo, la solitaria Amapola y la humilde Margarita, de quien nadie se acordaba, salvo de vez en cuando alguna lugareña enamorada, que despiadadamente le iba arrancando los pétalos, mientras decía esa tontería de.. - ¿Me quiere?... ¡No me quiere!... ¿Me quiere?..¡No me quiere! - .. Jolines con la cría, ya se podía ella arrancar los pelos del “Moño”. Pero entre todas las flores del Jardín.. había una especial, la mas bella, la mas candorosa, la que aturdía y cautivaba con su fragancia,  era la hija de la 1ª Reina de las Rosas, la Princesa  Rosa Linda. Su juventud e ingenuidad, le otorgaba un poder de atracción, que embelesó a mas de uno, pero que inmediatamente se frenaba al encontrar la barrera de defensa infranqueable, que presentaban sus espinas. Ni las abejas que andaban todo el día, de acá para allá polinizando flores, se atrevían a importunar a tan distinguida Señorita, temían su reacción..  – ¡A ella!.. ¿Quién se iba a atrever a polinizarla?  Siendo ella  tan casta e independiente, ya elegiría llegado el momento, quien tendría el privilegio de recibir sus favores.  Pero de seguro que no sería un hierbajo cualquiera..  Esta Preciosa flor, aunque no era mala, si es cierto que se le había subido la belleza a su Rosada cabeza, y miraba con cierto desdén a las demás flores, que ella sabía estaban por debajo de su noble alcurnia, tanto en rango como en belleza. Pero un día una pena inundó su corazón, al ver a su abuela, muerta y marchita. ¡¡Ella no quería Morir!!,  ella quería vivir siempre, pero.. ¿No sabía como?  Hasta que alguien le sugirió una posible solución a ello. Un encrespado Crisantemo, muy versado en cosas de difuntos, y con ciertas tendencias  necrománticas, le sugirió que fuese a ver a la Mandrágora, que sabía preparar pócimas para no morir nunca. Y sin tardanza, esa noche se fue hasta el lugar más apartado y siniestro del Jardín, allá donde solo moran los hierbajos silvestres, las plantas indeseables, y las raíces más lúgubres y atrofiadas. Y venciendo su pavor, encontró a la Mandrágora y le formuló su deseo. La Mandrágora, le pidió a cambio que le diese la primera gota del rocío del alba, y que almacenase en su interior, a lo cual la Princesa accedió. A cambio, recibió unas instrucciones consistentes en que… a la media noche, arrancase una de sus espinas y se la clavase en el tallo al revés, y mientras brotase la sangre en forma de savia, formulase a la Luna en voz alta tres veces su deseo.  Y si la Luna la escuchaba, al día siguiente quedaría Inmortalizada. Por la mañana se despertó antes de costumbre, estaba expectante e inquieta. Se preguntaba.. - ¿Cuándo se va a cumplir mi deseo?  Y pasaron unas horas y el nerviosismo zozobraba su entereza. El sol ya estaba en todo lo alto, el calor era acuciante, no le quedaba en su interior ni una gota de agua, ya que se la había entregado a la Mandrágora.. Estaba exhausta,  adormilada por el calor, y no vio que se acercaba una joven pareja de enamorados, y que se pararon a admirarla. La chica dijo..  - ¡Que Rosa tan hermosa!, - y el chico contestó.. - ¿La quieres? – Y alargando la mano rodeó el tallo de Rosa Linda, cual debido al cansancio tenía retraídas sus espinas y no pudo defenderse. Sintió un seco crujido, y notó que su tallo se partía, no se explicaba que le estaba pasando.. ¿Y el conjuro?   ¿Y su deseo?.. ¿Que ha pasado? El silencio se impuso de repente en el Jardín. Ninguna flor, ninguna planta emitía un sonido.. Solo el viendo recorría el lugar anunciando la tragedia, susurrando.. ¡Rosa Linda ha sido cortada de su tallo!, y lo repetía una y otra vez, ante el estupor de las flores.  Gotas de rocío, emanaban como lágrimas de las flores, e incluso la humilde Margarita, ya no le guardaba rencor por su orgullo.. – ¡Han cortado a Rosa Linda, han arrancado a la Princesa!- Las abejas y mariposas, se posaron delante de su Madre La Reina 1ª., quien resignada, dijo.. - Es el destino de las flores hermosas -..  Y el viento sopló, los insectos volvieron a sus menesteres, y solo un Clavel apartado, seguía llorando de pena.. Siempre la amó, siempre quiso decírselo, pero.. Nunca lo dijo…. Mientras las plantas vivían su tragedia particular y silenciosa, y ajenos a ella, la vida seguía.  El chico le dio la flor a la chica, que le premió con su más encantadora sonrisa, y metió la Flor entre las hojas del libro de cuentos que llevaba en la mano, y siguieron paseando. Muchos años después, una mujer ya mayor, subió al desván de su casa a poner un poco de orden entre tantas cosas viejas, pues desde la muerte de su marido no había querido remover aquello que tantos recuerdos le aportaba.  Fue entonces cuando reparó en un libro, e inmediatamente lo reconoció, lo abrió y encontró dentro entre las páginas la flor que le regaló su marido siendo jóvenes, y que se había conservado intacta, marchita pero intacta, se diría que aquella flor no había muerto, parecía que había alcanzado la inmortalidad.  Limpió cariñosamente el polvo que los cubría y se la bajó con el libro para guardarlos en un lugar más digno, donde los conservaría hasta su muerte.  FIN.

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