La verdad, la terrible verdad

Por V.M. San Miguel
Enviado el 13/04/2016, clasificado en Terror
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No estaba seguro de hacerlo, pero sabía que tenía que.

    Esto era en favor de la ciencia, mi cobardía no ayudaba en absoluto a los posibles descubrimientos científicos que yo podía aportar con mi recién descubierta droga. Tendría que ser valiente si quería adelantar a los demás investigadores. Pensando de ese modo acabé inyectando en mi sangre mi droga jamás probada en humanos. Percibí, inmediatamente después de que el metal perforara la carne de mi brazo, de una forma indescriptiblemente extraña, los movimientos de rotación y translación que describía nuestro cuerpo celeste, fue extremadamente confuso para mí aquel primer momento que, calculo ahora con una serie de anotaciones en la mano, se extendió por espacio de cinco minutos durante los cuales el estrujante sentimiento en mi cerebro no cesó. Aquella horrible, inolvidable sensación me hizo desmayarme y, tal como predecía por mis estudios en animales, me mató. En aquel momento el reloj que tenía ante mí, pues yo lo había colocado ahí con la intención de saber cuánto tiempo mediaba entre la muerte y la resucitación, marcaba exactamente trece horas con veintiocho minutos y cuarenta segundos, cuando resucité, a tiempo para escuchar aún la pantalla de lecturas emitir el pitido estático que significaba que mi corazón se había detenido marcaba trece horas, veintinueve minutos y doce segundos. Aquello significaba que había estado muerto tan solo treinta y dos segundos, pero, no había duda de ello, había estado muerto.

    Llega ahora, mucho me temo para mi cordura y mi carrera científica, el momento de decir por primera vez lo que aún no he dicho a nadie de aquella primera experimentación de mi droga, a saber, que algo más había al otro lado de la puerta. Había, y ahora lo digo abiertamente sin rodeos ni complicadas frases, un más allá. Supongo, quién quiera que este leyendo esto, que no puedes imaginar la cara de horror que puse cuando me vi, por treinta y dos segundos rodeado por las intensas llamas del infierno, mezclado entre extraños seres condenados eternamente a sufrir pues sus almas exclamaban intensos gritos de agonía, muy a diferencia de la mía que, intangible para las llamas de aquel fuego, se movía libremente explorando la composición de las rocas que nos rodeaban. El magma que, encharcado en cenotes, burbujeaba flanqueando mis costados (y en donde se retorcían muchas almas), tenía una densidad muy superior a lo que debería, aquel magma era más sólido que líquido, y, el basalto que nos rodeaba, empolvado, antiquísimo, era de un color indescriptible pues, su muy extraña combinación de rojo y negro, jamás antes había sido contemplada por mi ojo.

    Una roca cedió bajo mi peso, entonces, mientras me deslizaba rápidamente de roca en roca para identificar la composición de las mismas y me vi contemplando con horror el cielo que había sobre mi cabeza recostado de espaldas muy cercano a la lava. Una enorme masa planetaria se posaba en el cielo, que espectáculo fue aquella horrible visión pues el planeta parecía muy cercano al lugar donde estábamos y yo temí que se nos echara encima en cualquier momento. Sabía que aquello no tenía ningún sentido, pero aquel cuerpo celeste aún me aterrorizaba porque, ¿qué ser humano ha visto jamás un planeta, de enormes dimensiones, posado en el cielo de tal manera que casi puedes tocarlo si extiendes la mano? Aquella visión era hermosa y horrible al mismo tiempo. Hermosa pues aquel era un espectáculo que nunca antes había sido contemplado por ningún humano, pero horrible pues aquello significaba que estaba en otro planeta, para ser más concreto, según deduje por la sombra que proyectábamos sobre el gigante purpureo que flotaba por el cosmos, tenía que estar en algún satélite, con toda probabilidad uno que orbitara a aquel planeta. Entonces, mientras buscaba otros cuerpos celestes en el cielo, con único resultado que aún me hace estremecerme y temblar, sentí, a la par que escuchaba el movimiento de su cuerpo, unos dedos huesudos que se enroscaban alrededor de mi hombro. Un fuerte tirón, henchido de rabia, me obligó a despertar de nuevo en el suelo de mi improvisado laboratorio para comprobar que, aunque mi sentido de cronorrepción me decía que aquel extraño viaje había sido de aproximadamente dos minutos y medio, no había mediado más que medio minuto en realidad entre mi muerte y mi resucitación.

    No quise contar estas experiencias cuando hablé con mis superiores al respecto de la funcionalidad de mi droga pues sin duda se me hubiese quebrado la voz y me hubiese puesto a temblar del miedo llegado a este punto e, inmediatamente, se hubiese prohibido su experimentación en humanos. Ponerlo por escrito tampoco es sencillo, me tiemblan las manos pues aún recuerdo mi última visión antes de despertar y…

    Prepárate antes de continuar, quien quiera que seas.

    Había…, había algo, algo que identifique primero como otro satélite. Aquel satélite, homólogo en cuanto a estructura al que yo tenía bajo mis pies, me mostraba una única cara… su rostro, su feo, su indescriptible rostro pues, no era un satélite lo que tenía bajo mis pies sino una horrible criatura planetaria alada, dotada de enormes fauces y puntiagudas garras…

    Dos más había en el fondo, una de ellas tenía los colmillos clavados en un planeta que trituraba en su boca, aplastando con sus colmillos las rocas estelares. Que pequeño parecía el planeta a su lado, ¿qué masa poseía, entonces, el gigante purpureo diez veces mayor que tenía ante mí?

    Mientras volcaba mis inferencias en esa dirección aterrorizado de estar sobre una de estas criaturas, vi… cuando mi vista alcanzo al morado grande… su rostro y sus puntiagudas garras enroscadas en torno a la apertura de un hoyo negro… el gigante… el gigante se lo comió como si…

    Lo siento no me alcanza el valor para continuar…


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