La bibliotecaria

Por Gacu
Enviado el 20/04/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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Como venía siendo costumbre de un tiempo a esta parte, pasaba las tardes del miércoles leyendo toda clase de artículos y novelas en la biblioteca municipal, que por suerte no se encontraba demasiado lejos de mi oficina.

Podría decir que disfruto de los espacios tranquilos y silenciosos, o que soy una entusiasta devoradora de libros, o qué sé yo, que me gusta el olor de sus páginas; pero no estaría siendo sincera del todo, lo cierto es que me paso horas sentada en mi mesa pasando hojas mientras se me van los ojos a través del mostrador mirando a la bibliotecaria de intensos ojos negros.

 

Por su aspecto calculo que rondara los veinticinco aproximadamente, y a juzgar por su vestimenta colorida, sus gafas de pasta y algún piercing visible, parece más bien una chica moderna y atrevida.

Muy de vez en cuando cruzamos alguna mirada, alguna sonrisa, y pese a que el coqueteo del becario con ella es más que evidente, me sigue teniendo atada a esta mesa como una tonta. Me he prometido que voy a dejar de venir, unas mil veces.

 

Me gusta perderme entre los pasillos para ojear libros llamativos y encontrarme algún ejemplar extraño en el que curiosear.

- Interesante… - Comenta risueña con voz bajita la bibliotecaria mirando el libro que tenía entre las manos.-

- ¿Perdona? – Respondo desorientada. No la había oído llegar con el carrito lleno de libros por clasificar.-

- Nada perdona, estaba a mis cosas…. – Vuelve a echar un vistazo rápido a mi libro.-

Sé que se llama Lucía por las conversaciones que he escuchado por encima con el becario.

En cuanto consigo sobreponerme al sobresalto reviso el libro que tengo abierto entre mis manos, para trágicamente darme cuenta de que se trata de un ejemplar sobre sexología, con una enorme ilustración a todo color sobre una pareja follando en una postura bastante acrobática.

- Hay un error. Tendrías que clasificarlo en ciencia ficción. –Trato de restarle importancia a la situación que ya de por sí resulta un poco embarazosa.-

Me sonríe divertida y sólo puedo pensar en cuánto me atrae esa muchacha. Tiene una voz susurrada muy sensual y unos labios carnosos de color rojizo que apetecen. Esta vez me sostiene la mirada un poco más.

- ¿Buscas algo en concreto? –Pregunta.-

Mi respuesta interior es instantánea, a ti. Y mi respuesta corporal parece ser igual de rápida tras desnudarla con la mirada.

- No creo que puedas ayudarme.- consigo decir volviendo la mirada a sus ojos.-

- Quien sabe… -Dice dejando los libros sobre el carrito y acercándose mucho a mí. Por lo visto no he logrado ser nada sutil, pues parece haber leído mis intenciones a la perfección.

Cerca, muy cerca de mí, me coloca un mechón rebelde de pelo tras la oreja, se hace con el libro de mis manos y lo deja sobre la estantería.

- A tu servicio. – Comenta seductora. Jugando con su mirada que persigue mis labios. Sigue a escasos centímetros de mí, pero espera a que yo diga o haga algo.

 

De un impulso, pero sin estar muy convencida de su respuesta, le doy un beso fugaz en los labios y me retiro para ver su reacción. No se hace esperar mucho, y con una de sus manos me empuja suavemente haciéndome caer sobre una de las grandes estanterías que estaba a mis espaldas. Pega todo su cuerpo al mío y me devuelve el beso. Un beso que empieza siendo pequeño, suave y lento, pero húmedo a partes iguales, rozando su lengua con la mía, atrapando mi labio entre sus dientes, derritiendo mi cuello con cada beso, cada mordisco; agarrando mi culo con fuerza y liberando mi camisa del pantalón para erizar mi piel con pequeñas caricias.

 

Con las piernas entrelazadas el roce se incrementa, apretándonos más la una a la otra, estrujándonos, coordinando el movimiento de nuestras caderas a una.

Me hace girar sobre mi misma poniéndome de espaldas a ella. Me aparta el pelo hacia un lado y sigue devorando mi oreja y cuello a su antojo. Enlazando sus manos a mi cintura desbrocha mi pantalón y muy despacio va introduciendo la mano.

 

Estoy completamente indefensa, no puedo ni quiero moverme. Me dejo abandonada a mis deseos, a su piel.

- Disculpe, ¿Puede poner el móvil el silencio, por favor? Estamos en una biblioteca. ¡Siléncielo o apáguelo que está molestando a los demás! – Me dice el becario zarandeándome para hacerme salir del trance. –

Justo en el mejor momento, ahora que tan a gusto estábamos, ahora que parecía tan real; el puto becario de los cojones viene a cortarme el rollo.

 

Me ha vuelto a pasar, he vuelto a sacar a mi imaginación a pasear.

Voy a dejar de venir. Me repito otra vez como cada miércoles.


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