Amantes

Por Cielo
Enviado el 27/04/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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La chimenea crepita tímidamente, mientras el calor invade poco a poco la pequeña estancia. Ambos sentimos frío y ella se encuentra refugiada en mis brazos, levantando de vez en cuando el rostro para besarnos en los labios.

Entre besos y caricias, me dice que le encanta la cabaña. Con una sonrisa, le pregunto si no le parece muy pequeña, a lo que ella contesta que no importa, pues para amarnos no se necesita más.

Con una mirada pícara, toma mi mano, llevándome arriba, a la recámara, mientras dice “ven, quiero que veas algo”. Yo sonrío ampliamente y me dejo llevar al pequeño tapanco que tiene la cama y una ventana en cada extremo. La madera cruje ligeramente a nuestro paso, y al recostarse en la cama, desabrocha su pantalón y guía mi mano hasta su sexo. Siento su calor y su íntima humedad, y le pregunto “¿Es lo que querías que viera?”. Con un semblante que derrocha erotismo me responde: “Sí. Quería que vieras como me pones... me excitas muchísimo”. Sonrío y la beso en los labios, al tiempo que recorro con mis dedos su sexo. Me detengo por un segundo y le pregunto: “¿Tu esposo no te pone así?”. Con un semblante más serio me responde: “Hace mucho que no... Al principio sí, pero creo que desde que tú estás conmigo, ya no ha sucedido”.

Sus palabras inundan mi mente, mis sentidos se concentran en acariciarla, besarla y disfrutar de la pasión que emana de cada poro de su piel. Hacemos el amor de una manera apasionada, dejándonos llevar por el placer y olvidándonos de todos y de todo lo que se encuentra fuera de esa pequeña cabaña perdida en las montañas.

Han pasado un par de horas, y nosotros seguimos recostados, platicando y acariciándonos. Recordamos la forma en la que nos conocimos, el primer beso al que nos atrevimos, la manera en la que hicimos el amor por primera vez. Coincidimos en que esto es inigualable, y que a pesar de estar prohibido, para ambos es delicioso y excitante.

Para bañarnos, sufrimos un poco en el baño. El frío es terrible y ambos titiritamos antes de que salga el agua caliente. Ella es más friolenta que yo, pues ha pasado su vida en la costa, en temperaturas que para mí serían insoportables. Después de reír juntos bajo el chorro de la regadera, subimos temblando nuevamente a la recámara, donde entrelazamos nuestros cuerpos desnudos, cubiertos por las sábanas.

No sé cuantas veces nos hemos dicho que nos queremos y nos encantamos, pero ahora, tenemos oportunidad de decírnoslo mientras sentimos nuestra mutua desnudez y la pasión se enciende nuevamente. Cierro los ojos mientras siento sus labios recorrer mi abdomen, al tiempo que mis dedos se pierden entre sus cabellos. Ella juguetea con mi piel, sus senos rozan mis muslos, y siento como asciende para besarme en la boca con una enorme sonrisa. Nuestros labios se funden en un beso interminable y delicioso, mientras afuera se escuchan algunas voces.

Ambos sonreímos y nos miramos con aire de complicidad. Escuchamos que la chapa de la puerta se abre, al mismo tiempo que es golpeada por el enorme llavero de madera que cuelga de la llave. Mientras escuchamos ruido de maletas, y la puerta que se cierra, le comento: “otra vez nos interrumpen... que oportunos ¿no?”. Ella sonríe mientras acaricia mi mejilla y dice: “no importa... ya tendremos tiempo”.

Una joven asoma por la pequeña escalera que lleva al tapanco, y su cara se ilumina mientras dice: “Mi amor: ¡Tienes que ver esto! Es encantador”. La joven se asoma por la ventana y se recuesta en la cama, mientras nosotros, desnudos, estamos al lado de la misma. Un joven sube y la alcanza, al tiempo que le dice: “¿Te gusta? Me recomendaron mucho este lugar”. Nosotros estamos tomados de las manos, al lado de la cama y los vemos besarse y acariciarse... pero ellos no nos pueden ver.

Mientras se desnudan, la tomo de la cintura y me dirijo junto con ella a la ventana, donde la abrazo por el talle desde su espalda. Mi mentón se recarga en su hombro y siento su cabeza junto a la mía al tiempo que contemplamos el paisaje de las montañas. Mientras mi vista se pierde en los lejanos acantilados, comienzo a recordar lo que sucedió la última vez que estuvimos allí:

Habíamos hecho el amor por enésima vez. Como en otras ocasiones, descansamos y después de un rato, jugueteábamos en el preámbulo de una entrega más. Concentrados en nuestros besos, y acallado por nuestros gemidos, no escuchamos el ruido de la puerta al abrirse. Ambos saltamos cuando escuchamos un grito masculino que decía: “¡¡Malditos!!”, y al incorporarnos, vimos al pie de la escalera a su esposo, que con el rostro desfigurado de ira, nos apuntaba con un arma.

Yo no atiné decir nada, sorprendido por la intempestiva situación. Ella tenía una cara de sorpresa, y atónita, sólo pudo preguntar “¿Qué vas a hacer?”.

Entre insultos, su esposo le dijo que me iba a matar, que quería que me viera morir; que ese era el castigo que yo merecía. Todo pasó muy rápido.

Con determinación, apuntó su arma contra mí y apretó el gatillo; pero ella ya estaba frente a mi cuerpo cuando la bala llegó. Sentí su cuerpo desplomarse, mientras trataba de sujetarla para evitar que cayera. Vi sangre entre sus senos y unas lagrimas en sus hermosos ojos, que me miraban antes de decir: “te amo”. Un dolor enorme se apoderó de mi cuerpo al sentir la flacidez de sus brazos inertes y volteé hacia donde estaba su esposo, mientras escuchaba un disparo más. La bala que llegó a mi corazón estaba de más, pues ya había muerto junto con ella.

Lo sucedido después fue deprimente. Un hombre semi-enloquecido huyendo, policías que iban y venían, fotos de nuestros cuerpos en “la escena del crimen”, y vernos salir en el interior de frías bolsas grises.

Sin embargo, no nos fuimos. Lo que se marchó en la camioneta del forense fueron nuestros cuerpos, pero no nuestras almas ni nuestras esencias.

Aquí, en la estrechez de una cabaña de estilo alpino, al calor de la chimenea, nos amamos las 24 horas. De vez en cuando, cedemos la cama a otros enamorados que como nosotros, desean disfrutar de la soledad de la montaña en una romántica cabaña.

Siento su beso que me devuelve a la realidad. La abrazo con gran ternura, mientras escuchamos a la pareja a nuestras espaldas comentar: “¿Sabías que dicen que en esta cabaña, se aparecen unos amantes?”. Sonreímos con un ligero sarcasmo y nos fundimos en un abrazo. Las palabras ya no son necesarias. Nos pertenecemos eternamente, y eso es lo único que importa.


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