Los conectores (muestra; no está entero)

Por Carlos Mori Acosta
Enviado el 24/04/2016, clasificado en Ciencia ficción
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    —“Dijo que se quiso despedir de sus seguidores antes de marcharse. Sobrevivió porque enviamos a la IA justo a tiempo.”

    —“Y para no estar tan apurados, ¿no podíamos haber capturado a otra versión que estuviese en otra situación más favorable?”

     —“Era la única versión viva que teníamos detectada; los otros ya habían muerto.”

    —“Ya, ya veo” —decía Neftlis mientras miraba y daba unos pequeños pasos alrededor de aquel a quien acababan de capturar, que estaba inconsciente acostado en una camilla, atado de pies y manos a la misma, completamente desnudo.

    —“Es de la misma especie que el anterior. Tiene la capacidad de curar, de controlar la naturaleza a su antojo y de ver el futuro inmediato si lo desea.”

    —“¿Sabía entonces que iba a ser capturado por nosotros?”

    Giobrep, por un momento, no dijo nada. Siguió quieto de pie, como pensando en qué decir.

    —“Es posible. Aunque no nos dijo nada referente a eso.”

    Neftlis, con curiosidad, siguió observando con sus cuatro ojos a ese ser que le resultaba tan enigmático. Para él, y para muchas más civilizaciones interuniversales, era un verdadero misterio. Pero confiaban que no por mucho tiempo. Intuían que a través de él al igual que con los otros tres, iban a poder alcanzar su objetivo: comunicarse con sus creadores, y, con un poco de suerte, vivir en el Todo de éstos antes de que su Todo natal colapsase.

    —“Está bien. Revisad el resto del infinito del universo de este sujeto” —miró Neftlis de arriba abajo una vez más al secuestrado.

    El extraterrestre dejó de mirar al sujeto y se dio la vuelta en dirección a la salida de la habitación. Caminó hacia las compuertas y justo cuando iba a salir, se volvió a Giobrep.

    —“Me resulta familiar, ¿Cómo se llama?”

    —“Las lenguas más usadas en los universos nivel uno en los que hemos detectado a todas las versiones alternativas suyas, lo llaman, Jesús de Nazaret.”

***

    ¿Que cómo llegué a estar encerrado en esta prisión situada quien sabe dónde?, bueno, como se suele decir, es una larga historia. 

    Comenzó con un puñetero encargo más que tenía que realizar. Así por lo menos, fue como me lo tomé. 

    Los colombianos querían expandirse de forma definitiva en el negocio de los clubes “selectos” enfarlopados hasta el infinito pero el problema era que esos lugares estaban ya ocupados. Ahí fue donde entré yo, como de costumbre. Un solo hombre era más que suficiente para encargarse de un ejército no oficial del Kremlin.

    Para mí eran simplemente unos chulos bebe vodka demasiado arrogantes y endiosados. Sus numerosos negocios nocturnos y conexiones con el gobierno rojo no eran más que fanfarronerías inútiles que les iban a arrastrar hasta el infierno más doloroso y cruel que un ser vivo haya podido conocer. Los trajes de diez mil dólares, los deportivos rápidos, las cadenas de oro y platino… demasiado ostentoso y cantoso para mi gusto. Estaba claro que no solo tenían “amigüitos” en el gobierno de la madre patria: también tenían a todo el departamento de policía del “pene de américa” muy contento. Los muy hijos de puta campaban a sus anchas como cerdos en un lodazal. Estaban pidiéndolo a gritos sin saberlo los muy idiotas. Yo solo iba a realizar lo inevitable.

    Después de llegar a un acuerdo con los “come hojas de coca”, me preparé para el trabajito: un traje de cien dólares, un reloj de cuatro y una pipa nueve milímetros con silenciador de segunda mano, era suficiente. Y para qué más, oiga.

    Ya en el coche, de camino al club, me hice muchas preguntas en mi sádica y pervertida mente; siempre lo hacía cada vez que me dirigía a ejecutar un encargo: Me preguntaba si era el elegido para algo especial, para algo más que saciar las ansias de dinero a base de sangre y otros acuerdos comerciales más que cuestionables. Menos mal que el trayecto al trabajo era casi siempre corto que si no, cualquier día hubiese montado una ONG para salvar a las ballenas lisiadas del mundo…

    Después de aparcar en una calle apartada llena de pijos borrachos con la camisa manchada de vómito, caminé hacia la entrada de la disco. Un gorila de dos metros vestido de blanco estaba allí, esperándome; diciéndome con su mirada de estreñido que lo mandara sin vacilación para el otro barrio. El muy jodido era más feo que un anciano arrugado comiéndose un limón.

    —Está lleno —me dijo con voz de “machote de pelo en pecho” cuando me acerqué.

    —Solamente quiero hablar con tu jefe —le solté de forma amistosa.

    El tío me miró con cara de pocos amigos como era de esperar así que, intuí que no me quedaba más remedio que poner la, “mirada de huevos” después de mirar la hora en mi reloj barato. Como decía mi madre: “¡Que Dios nos coja confesados!”.

    Después, lo único que recuerdo, fue que dije: “¿Las doce menos veinticinco?, creo que esto es un récord.”

    Mi baratija de reloj ensangrentado no engañaba: veinte minutos. Eso era lo que había tardado en dejar el local hecho unos zorros… supuse.  

    Cuando desperté del “trance”, me encontré en un tétrico, asqueroso y pestilente callejón en el que había un vagabundo durmiendo entre unos cartones. Estaba roncando el tío. Me quedé mirándolo, como si estuviese en un estado hipnótico hasta que las ruidosas sirenas de la policía me hicieron reaccionar de mi letargo momentáneo.

    Inmediatamente, me miré las manos, los brazos, la camisa, la chaqueta,  los pantalones y los zapatos.

    Nada.

    Me dirigí rápidamente a un coche que estaba aparcado pegado a la acera; la acera que daba entrada al callejón. Vi mi reflejo en el cristal de la ventanilla del asiento del conductor.

    Nada. Aparentemente no tenía manchas de sangre excepto en el reloj.

    Tampoco me sentía mal ni sentía dolor en ninguna parte de mi cuerpo; supuse que no tenía heridas ni ningún traumatismo o cualquier otro daño. También me toqué los bolsillos detectando sin problemas las llaves del coche. Todo estaba correcto.

    Ya solo tenía que caminar de forma discreta y normal por la acera alejándome del lugar en dirección al coche. Otros coches, los de la policía, pasaron de largo con sus sirenas zumbando.

    Mientras caminaba, me imaginaba los periódicos de la mañana: “MATANZA EN EL CLUB PALACE, NISTAG VUELVE A ACTUAR” o algo así. Y con la foto en primera plana de un cadáver decapitado o lleno de sangre tirado en el suelo.

    Y era curioso porque, en mi vida, quizá solo había visto un cadáver. Todos mis encargos eran ejecutados utilizando el “trance” y, después de despertarme de él, no recordaba nada de lo que había hecho durante ese transcurso de tiempo. Eso hacía que no tuviese recuerdos gore de mis trabajos. Me evitaba esas imágenes perturbadoras. Me ahorraba pesadillas. Quizá por eso era capaz de trabajar en algo así y no tenía remordimientos.

    Ya quedaba poco, podía ver mi coche. Solo tenía que cruzar la calle.

    Pero algo me paró.

    Una luz. Una luz blanca muy extraña en el cielo que era visible perfectamente a pesar de la gran cantidad de alumbrado de la calle. Se acercó a mí.

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