La sidra del Karaoke

Por Manuel Olivera Gómez
Enviado el 26/04/2016, clasificado en Cuentos
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LA SIDRA DEL KARAOKE

 

 

Lo mejor de la fiesta fue el Karaoke. Bernardo, el Comercial, lo preparó en la sala, ayudado por un software que sacó de Internet. Canciones de ayer y de hoy fueron entonadas por las voces poco profesionales de las mujeres, sin dudas las más ilusionadas con aquella fiesta de aniversario organizada para los trabajadores de la Oficina de Seguros. Pero ni siquiera Blanquita, -una gallega emigrante y ya entrada en años, que presumía de haber debutado como artista de varietés en la proa del buque que la trajo a Cuba- pudo llegar al tono con que su paisano Julio Iglesias, cantaba la milonga que ahora a ella le tocó defender.

 

El concurso fue divertido. Sin embargo, justo cuando Marbelys, roja por el esfuerzo, pugnaba por salir airosa de la interpretación de un bolero de Luis Miguel, a Carlos Manuel le asaltó la infeliz idea de traer desde la cocina una bandeja repleta de lascas de jamón de pierna. Ingenuamente quiso ir pasándola de mano en mano por entre el público apoltronado en los butacones. Demasiada tentación. Todos se olvidaron de la música, y de la pobre Marbelys. Le fueron arriba a la bandeja, al tiempo que a gritos le pedían a Carlos Manuel que se acercara más, pues les resultaba incómodo llegar hasta él.

 

Fue entonces que Eduardo, el Director, que oficiaba como animador y tal vez hasta se había tomado en serio la competencia, dejó escapar un grito de rabia que paró en seco la música, las voces, y hasta el movimiento de la docena de brazos estirados en pos de la bandeja:

 

-¡Cállense ya, carajo! ¡Un hambre vieja que tienen, coño!

 

Por suerte, Bernardo salvó la situación. Rápidamente colocó otra melodía en la computadora, y el ritmo de la fiesta no se detuvo. La escena quedó lista para recibir a la última concursante.

 

Diez minutos antes de ser llamada a actuar, la Marimorena se refugió en el baño para acicalarse. Ante el espejo manchado de humedad, se colocó una flor plástica sobre el pelo tras las orejas, y se construyó un moño con una hebilla herrumbrosa y un pedazo de elástico.

 

Le tocó una canción muy emotiva de Cristina Aguilera. “Pero me acuerdo de ti, y se me desgarra el alma”… Ante un público que la ovacionaba con burla “¡Marimorena, Marimorena!”, tuvo la iniciativa de agarrar por micrófono un pomo vacío de refresco, y comenzar a moverse con unas gesticulaciones propias de Rosita Fornés en sus tiempos de gloria. No bastándole con eso, y visiblemente identificada con la letra de la canción, se daba golpes en el pecho, estiraba la boca, y movía con poses de guapería sus largas piernas de garza, y sus viejos tacones manchados de cake y fango.

 

Ni qué decir que el premio fue suyo. Tanto el del jurado como el de la popularidad. Cuando recibió la botella de sidra –donada para la ocasión por un diplomático español, beneficiado recientemente con un pago tras haber chocado su auto-, abrió la boca desdentada en una amplia sonrisa de triunfo, y abrió también la cartera para sumergir en ella el botín. Hizo caso omiso a los aplausos y a la insistencia de todo el mundo para que no fuera egoísta y los convidara a un brindis. Pero de brindis nada. Una botella como aquella merecía mejor sitio para ser descorchada.

 

Orgullosa, y creyéndose artista, se marchó a casa, tarareando para sí aquella melodía que le había dado el triunfo.

 

Subió al camello, siempre lleno, y siempre expuesta como pasajera, a empujones, pisotones y robos. Apretó bien fuerte su cartera comprada en rebajas, para que ni por casualidad le fuera a pasar algo malo a su sidra. Pero no contó con aquel frenazo inoportuno del vehículo, cuando un temerario ciclista se le atravesó en la vía. La pasajera que iba de pie a su lado perdió el balance, y en un intento por no caer, estiró el brazo al azar en busca de cualquier apoyo. Se prendió de la tira de su cartera, partiéndola de inmediato. Pasajera, cartera y botella se estrellaron contra el piso del camello, dejando a la Marimorena con la boca abierta de estupor y rabia.

 

La botella de sidra rodó unos segundos por entre los pasajeros, antes de explotar ruidosamente como si de una bomba terrorista se tratara. El líquido y la espuma se esparcieron por doquier, y hasta algún que otro vidrio vino a encajarse con saña en las delgadas piernas de la Marimorena.

 

Ella se agachó. Recogió del piso su cartera mojada y rota, y se enjugó con disimulo las dos lágrimas que habían comenzado a aparecer en sus ojos de perdedora.


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