Aprender a mirar

Por cclecha
Enviado el 07/05/2016, clasificado en Amor / Románticos
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     Estupendo…por fin han llegado las vacaciones. No es que tenga que hacer nada especial, pero si holgazanear y sobre todo contemplar, o si se quiere decir así, mirar con profundidad, lo que pasa a mí alrededor.

     Vivo en una casita del Maresme, en el casco antiguo, atravesada por una calle peatonal y justo delante, a escasos metros, tenemos un jardincito, desde el que se contempla el mar.

     En el jardín de al lado, se encuentra un señor maduro sentado en una silla, leyendo el periódico y con su perro a sus pies. El porte del hombre, su gesto tranquilo, su ademán, su calma aparente…todo parece como si estuviera reflejado en un cuadro o fotografía en donde el autor quisiera manifestar se personalidad. También es digno de mirar, la expresión Fidel, amigable y casi inteligente del perro…cualquier observador perspicaz, podría extraer muchas conclusiones. Si, una mirada atenta llevaba a comprender el interior, la esencia de las cosas y a intuir muchas certezas.

     -Buenos días… ¿saldrá su hijo, más tarde al jardín?

     -Oh, no-me responde el hombre- ya sabes que él es escritor y aprovechando las vacaciones se ha ido al extranjero a ampliar sus experiencias ya que está escribiendo un libro.

     Paso a mi propio jardincito, me siento también en una silla, desdoblando un libro, para hacer ver que hago algo y me pongo a pensar y sobre todo a mirar.

       Sonrío, pensando en mi amigo, el escritor, que ha tenido que irse al extranjero, para ampliar sus conocimientos y su forma de entender la vida. Por lo visto cree que los sentimientos, los valores, el físico de la personas de su pueblo, no dan para un buen libro. Tampoco parece que el mar, el cielo y la naturaleza de lo que nos rodea, sean los mismos elementos que se dan en el extranjero. Para mí, ocurre todo lo contrario, si observas una persona, un animal o una flor de nuestro pueblo, estoy seguro no hace falta mirar con profundidad nada más, ya que en ellas está comprendido todo lo que puedes aspirar a conocer.

       Por ejemplo, junto al señor y el perro, se encuentra dándoles sombra, un almendro único que hace poco estaba exultante, lleno de flores blancas y rosáceas y que ahora, ya en agosto, está repleto de almendras…si miras este almendro te dice muchas cosas. Junto a el hay un rosal de flores olorosas y rojas…flores extremadamente bellas…solo hay que detenerse un buen rato a mirarlas. El secreto de la vida está en ellas. Creo que no sabemos mirar. La naturaleza ha gastado la misma energía, para confeccionar una rosa o las flores del jardín, como para producir paisajes sublimes que están lejos de nosotros, como precipicios de rocas, montañas de alturas desmesuras envueltas de nubes y océanos encrespados.

       Junto al rosal, un manojo de lirios elegantes y un grupo de margaritas…pero contemplando las flores, hizo su aparición la flor más bella de todas en forma de mujer…la hija de mis vecinos, Ester, llevando una palangana grande llena ropa recién lavada. La chica, saludó a su padre, atravesó el jardín y con una elegancia propia de las mujeres hermosas, se dirigió hacia el tendedero, situado en un extremo de aquel.

       Yo desde mi silla, la miraba y contemplaba, sin perder detalle de la escena. Me llegaba la fragancia de la ropa limpia, recién lavada que se mezclaba con los rizos morenos de la mujer, todavía húmedos y recién salidos de la ducha. El acontecimiento se volvió sensual para mí, la chica empezó a colgar sábanas blancas y a esconderse detrás de ellas…yo miraba y miraba, sin perder ni un detalle de sus movimientos…para mi Ester, tenía todos los encantos que puede tener una mujer para encandilar a un hombre, pero sabía que todos esos encantos serían banales sin lo que realmente sentía por ella…un amor ciego; la atracción que profesaba por ella, podría ser anecdótica….pero no era el caso…estaba loco de amor por ella. El amor hacía tiempo que me torturaba, había conseguido hablar algunas veces con ella, me había percatado de que era un alma sencilla, sin las enfermedades modernas del egoísmo, orgullo, soberbia y pretensiones varias. Su belleza, como la de la flor del rosal, me decía muchas cosas, pero además, Ester tenía un alma que me arrastraba hacia ella, un alma buena y ya se sabe qué bueno y bello se confunden.

       Ester se ocultaba detrás de un sábana, así que yo, para poder mirar mejor, me puse de pié, para intentar ver lo que no veía. Entonces un rayo de felicidad me alcanzó, cuando vi que una sábana se apartaba un poco y la mirada de la chica, me alcanzaba de pleno. No cabía duda, me estaba mirando con una sonrisa.

         Me armé de determinación y dije de corrido

         -¿Puedo venir a tu lado para ayudarte?

         Ester, asintió con su preciosa cara oval y sus rizos húmedos. Inmediatamente entré el jardín del vecino, saludé al hombre y a su perro y me dirigí hacia Ester…una vez ante ella, me comporté como un soso, sin atinar a decirle nada, solo la miraba y volvía mirar, disfrutando de aquel momento.

         Entonces la madre de Ester, que acababa de entrar con otra palangana llena de ropa húmeda, hablándome fuerte, me sacó de mis ensoñaciones diciéndome

         -Vamos, vamos, deja de mirar y no te encantes. Haz algo de   provecho. Ayuda a colgar la ropa. – La mujer sonrió y moviendo la cabeza, añadió- ¡Menudos jóvenes los de ahora!

     


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