Real

Por V.M. San Miguel
Enviado el 12/05/2016, clasificado en Varios / otros
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Era la divina diosa de la lujuria la que lo tenía bajo su control. Era el más puro, el más pleno éxtasis el que anegaba cualquier otra sensación que pudiera jamás sentir, como eclipsándolas, sí, ocultándolas de la vista.

    Aquel era el fiero placer negro, el inconmovible pecado que no podía sacudirse de encima por más que intentara.

    -Hazme real-le pidió-. Hazme sentir que soy, que existo.

    Porque no era, no existía en realidad.

    Y el chico no le respondió, se limitó a besarla, a abrazarla poseso por la lascivia. Se limitó a amarla, a quererla, se limitó a acariciarla debajo de la falda, se limitó a ocultarse en su cuello.

    -Soy real-dijo la muñeca.

    -Sí, eres real, amore mio-le susurró junto al oído, haciendo que su aliento acariciara el oído de la muñeca.

    Pero no era así, ella no era real.

    Aquello no le importó, a ninguno de los dos pues cuando la muñeca llevó sus manos hasta la bragueta, la bragueta del pantalón del chico, este ya no era el mismo. Era un doble, un doble enfermo, el que poseía su cuerpo. Era algún fiero demonio que, en aras de valentía, se había dignado a hacer acto de presencia. Era el mismo Satán quien se adueñaba de su cuerpo en aquel momento.

    -¡Oh, dios!-murmuró la muñeca cuando el miembro del chico la penetró-¡Oh Dios mío, sálvame de la locura!

    -Y tú-le insistió al chico-dime que soy real, te lo ruego.

    -Ciertamente eres, mi amor, tan real como el sol, como las estrellas-mintió-tan real como yo mismo.

    Y la muñeca creyó sus palabras negras, teñidas del carmín de la mentira. Y la muñeca todavía creía mientras gemía, ruborizada por la amarga libídine. Mientras lloraba, briosa de alegre triunfo; por fin era real. O eso creía.

    -Soy tan real como el mar, soy tan real como la tierra que se mece bajo nuestros pies-decía. Y a cada mentira creía más en ello-soy humana ¡Soy humana!-clamaba.

    -Duda de que yo sea real-pidió el chico entre fieros, coléricos embates-mas no dudes de que tú lo eres. Duda de las palabras de este, que, necio, no es merecedor ni de tu displicencia, pero no dudes jamás de tu misma existencia, tan apegada a la realidad como la uña misma lo está a la carne-y el también creía lo que decía en medio de un ataque de graciosa, inoportuna inspiración.

    -Así haré, te lo juro, mi fiel, mi leal compañero-prometió la muñeca retorciéndose ante el fuego del orgasmo.

    -Sea así entonces mi amor. Y que Dios nos guarde en la hora de su juicio final, pues ¿cómo puede este rojo placer ser un pecado?

    -Calla-no había más nada en ella que recordara a la cordura, y poco le importaba lo que bien otrora esta vida podría ser poco más que una ilusiva, una fantasmagórica fantasía-y vuelve a decirme que soy real.

    -Eres tan real como el sonido de mi voz-mintió sin pensarlo-Eres tan real como la ansiosa luz que nos resguarda en esta oscura bóveda. Tú misma eres una realidad misma-y mientras lo decía ella suplicaba en apresuradas onomatopeyas de lo que pudiera haber sido la voz de un humano real: “Más”

    -Sí, soy humana. Mira, tengo carne, tengo huesos, puedo hablar, puedo pensar. Puedo sentir el pecado, puedo sentir la tristeza, la lujuria, el placer y la alegría ¿cómo podría no ser humana si puedo amar tanto como odiar?

    -Eres humana, te lo juro por el cielo que se curva sobre nuestras cabezas y por la tierra que nace bajo nuestros pies, te lo juro por mi alma pecaminosa, que no es digna ni siquiera de estar en un juramento de tanto peso y tanta valía como es jurar que tienes alma.

    -Soy real, soy real, ¡SOY REAL!-el líquido pardo que rezumaba del miembro del chico inundó sus entrañas, pegándose al plástico de sus adentros-. Soy real-murmuró beata sabiendo que no podía sentir el calor, el calor que inundaba su interior, y comenzó a llorar amargamente, impregnada por la amarga cólera, a sabiendas de que no, no era real.


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