El rolex.

Por Mesonikis
Enviado el 24/05/2016, clasificado en Cuentos
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Don Toribio estaba de mejor humor que días atrás. El nuevo rolex, que llevaba casi oculto bajo su manga, era tan liviano y reluciente que ni siquiera las impertinencias de doña Laura, la vieja mulata que le incordiaba todos los días con las dichosas inyecciones, eran capaces de borrarle la sonrisa de su cara.

—Oiga, don Toribio, señor. Discúlpeme—comenzó a llamarlo doña Laura apenas lo vio salir de la botica. Primero, con tímidas voces y luego con una ininteligible retahíla de súplicas y lloriqueos—atiéndame, por favor se lo pido.

Y como todos los días, don Toribio, al ver que era inútil hacerse el desentendido con aquella anciana histérica, se detuvo y después de un resoplido de fastidio, le dio la misma respuesta que siempre.

—Doña Laura. Doña Laura, por el amor de Dios. ¿Cuántas veces le he dicho que ni yo tengo ese medicamento ni lo va a encontrar en toda la ciudad? Que si por mí fuera…

—Por favor, don Toribio, que por Dios y su santa madre se lo ruego —y tras cinco minutos de un llanto desgarrado e inconsolable prosiguió su súplica entre hipidos— Que usted sabe que mi pobre nieto cada día está peor y si… —y al imaginar el más que predecible desenlace de aquel chiquillo de tres años aquejado por una anemia volvió a llorar— si no me vende usted esas inyecciones mi nieto morirá.

—Doña Laura, si fuese usted otra persona le diría que tuviese fe en el Altísimo. Pero usted al igual que su hijo, que Dios se apiade de su alma —añadió con desprecio— no es creyente. Por lo que, como amigo suyo que soy, lo único que le puedo pedir es que tenga un poco de paciencia. Ya verá como en menos tiempo del que usted se imagina cambiarán las cosas y entonces no solo el chiquillo sino usted y toda su familia estarán mejor que nunca.

Don Toribio esbozó una sonrisa. Pero doña Laura apretó los dientes y le dio la espalda como respuesta. El desplante, sin embargo, no le cogió de sorpresa. Es más, se sentía especialmente aliviado por haberse quitado de encima a la vieja cinco minutos antes. Un ahorro de tiempo que agradeció puesto que a las doce había quedado con mister Wilson, uno de los socios de su amigo Manuel, para terminar de pagarle el rolex.

Aún faltaban diez minutos para que llegase el americano. Así que decidió tomarse un par de coronitas en el bar donde se habían citado para quitarse el mal sabor de boca que le había dejado aquella pesada. Cuando levantó la mano para pedir la segunda cerveza tuvo que bajarla para estrechar la de su socio.

—Cuanto bueno por aquí, don Toribio —dijo mister Wilson con su marcado acento norteamericano y con una sonrisa que encajaría mejor en el rostro de un vendedor de baratijas que en la de alguien tan serio e influyente por su cercanía a la Casa Blanca como era él.

—¿Qué tal, amigo? —contestó el farmacéutico con cierta timidez. —Verá, como sabe, nos habíamos citado para terminar de pagarle su rolex…

—¿Qué pasa? ¿Que no le gusta?

—No, por Dios —contestó con una exagerada sonrisa—Es que también he quedado con… cierta persona que es la que me tiene que entregar el dinero. Ya sabe usted que las cosas andan por aquí un tanto revueltas y no es nada sensato llevar tanto dinero encima.

La sonrisa del socio de Toribio se redujo a una cortés mueca. Pero antes de que desapareciera del todo entró en el local un individuo vestido con una cazadora de cuero y un Smith and Wesson calibre 38 apenas oculto en sus vaqueros.

—Buenas tardes —dijo el recién llegado con voz baja y sin sonreír— Don Toribio me gustaría…

—Entiendo —dijo el farmacéutico sin dejarle acabar la frase.

Los dos hombres se retiraron a un aseo tras excusarse con el norteamericano. Dentro el pistolero de la cazadora le entregó a Toribio un paquete en el que se podían adivinar dos grandes fajos de billetes.

—Aquí tiene. —dijo el pistolero.

La cara del farmacéutico se contrajo en una expresión de rabia porque pese a lo abultado del paquete echaba en falta un fajo igual a los dos que había.

—¿Qué pasó? —dijo tirando con rabia el bulto al suelo.

—Verá. Solo pude vender tres cajas. Pero mañana, sin falta, mi cliente me comprará esta - dijo mostrando una caja de inyecciones de vitamina B12 especiales para combatir la anemia.


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