Los dientes en la boca de cera

Por V.M. San Miguel
Enviado el 26/05/2016, clasificado en Terror
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... después de eso permanecí así durante horas, con la vista perdida en el horizonte, sin contemplar, realmente, nada. Empero, permanecía anegado en mis recuerdos, sintiéndome, a la par, estúpido por siquiera permitirme pensar en ello. Y es que no podía, no, no podía olvidar aquella deslumbrante sonrisa, ni podía evitar pensar en aquel rostro… tampoco podía deshacerme de la innegable sensación de horror que se prendía de mí, ni del horrible sentimiento de paranoia que parecía caer, fatídico, como cerniéndose en torno a mí cabeza. Casi parecía una locura que pudiera existir un gesto tan inhumano, una sonrisa tan perfecta, unos dientes tan relucientes, tan geométricamente…

    Eran los dientes en aquella boca de cera los que me obsesionaban, era la detallada forma que describían, la inexplicable curvatura perfecta que había debajo de cada uno, la que no me permitía yacer en paz, era esa inenarrable dentadura la que me repelía; la que me sumía en el horror más profundo, la que me impedía hacer un amago por apartar la vista, como si me petrificara, si me petrificara del puro horror.

    Me puse en pie e intenté, en vano, caminar alrededor de la habitación intentando encontrar algo que me distrajese, pero mis pensamientos siempre acaban llegando a aquel punto, a aquella inmaculada dentadura… y, sin que me diera cuenta pasó la noche y llegó el día. Aún seguía yo, sin embargo, preso de la más negra obsesión, así que, viéndome incapaz de dormir decidí salir, salir en búsqueda de aquella sonrisa.

    Ya afuera, a medio camino, la razón que me había abandonado acudió a mí de nuevo y me hizo sentir estúpido, me recriminó aquella locura y casi me hace volver sobre mis pasos con la intención de abandonar mi empresa, aún, sí, sin embargo, aún me apresaba el obsesionado terror romántico que crecía dentro de mí, que afloraba como un hongo cuando se le deja en las condiciones adecuadas. No había ya, por tanto, cordura que pudiera mantenerme alejado de aquella sonrisa, de aquella resplandeciente sonrisa, de hoyuelos en las mejillas, de límpida dentadura.

    Y era, mientras pensaba esto, febril y embriagado por la evidente sensación de paranoia que flotaba palpablemente a mi alrededor, que me acercaba inconscientemente a mi destino, que caminaba despacio por las calles de la ciudad de Paris, como si en realidad no deseara llegar jamás a mi destino, como si aquello pudiera mantenerme a salvo, a salvo de la locura de la que ya no podía escapar. Y era mientras conversaba conmigo mismo abandonado en mis fantasías, en excitación del alma, mientras, fantasmal arribaba a las cordilleras de lo inhumano e increíble, mientras meditaba en la vida y en la muerte, en la trascendencia del alma, en la reencarnación… que me aproximaba, abrazado por la luz solar, de la mano con la luz diurna, a mi destino, a mi innegable destino.

    No pasó -creo, pues no estoy seguro de ello, como no estoy seguro de nada de cuanto viví aquellos olvidados días-mucho tiempo hasta que, a la lejanía, se irguió imperante, el edificio hacia el cual mi abuso de locura se había volcado. Pesé al enervante puño que apretujaba mi corazón, ahí en mi pecho, entré, por fin, al viejo edificio y, dirigiendo unas cuantas palabras a modo de saludo a la mujer que me recibió, me dirigí, preso de temblores y estremecimientos del alma escaleras abajo para internarme en la fría bóveda, de aspecto aséptico, lóbrego y gris. Ya había recorrido yo, sin embargo, casi la mitad de la bóveda mirando hacia ambos lados buscándola con la vista, y nada había encontrado. Un último asalto, inútil, de cordura llegó repentinamente a mí.

    “Vámonos, me pedía la voz de la cordura temblando por el horror, vámonos, no deberías estar aquí”

    ¡Ah, cuanta sabiduría había en aquellas palabras! Y, sin embargo, yo era incapaz de hacer siquiera el amago por retroceder como me ocurría siempre, siempre que me encontraba cercano aquella insana sonrisa…

    Pues, ¡mira!, ella estaba ahí. Ciertamente, lo estaba.

    -Vamos, sonríe-le pedí, siendo consiente por primera vez de que hasta aquel momento había estado pensando en voz alta, susurrando, y ahora también susurraba, susurraba junto a su oído estas cosas. Mas ella se limitó a permanecer así, inconmovible, con aquella misma expresión en el rostro.

    -Sonríe-volví a pedirle rogando, pero esta no hizo gesto, si quiera, de haberme escuchado. Temí, por tanto, estar hablando en voz demasiado baja-. ¡SONRÍE MALDITA SEA! -le grité entonces al oído, e impertérrita se mantuvo, laxa, inanimada, como si fuese una mera fantasía.

    Pero ya no podía contenerme, ni podía dejar de pensar en volver a ver aquellos dientes, tan saludables, tan blanquecinos… Así que me incliné sobre ella, subiéndome primero al lecho donde yacía, y, con mis dos pulgares le levanté las mejillas hasta que fueron visibles los dientes bajo los labios de la hermosa criatura, hasta que fueron perfectamente visibles todos los dientes de la mujer, hasta que no hubo duda alguna del número de dientes que tenía en la boca, pero algo era falso, se sentía irreal, no era lo mismo que verla sonreír por su cuenta.

    Tras este frenesí, tras este abandono en la demencia, me derrumbé sobre el cadáver haciéndolo tambalearse y haciéndonos caer.


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