Imposible concentrarse

Por Wolverine
Enviado el 03/06/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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Mi respiración era suave, acurrucada bajo las sábanas. Me miraste desde el quicio de la puerta. Habías salido un momento de la cama, y mientras me mirabas, rememorabas los momentos que habíamos pasado juntos esa misma noche.

Todo comenzó con un sutil roce de nuestras manos. Hacía un breve tempo que habíamos empezado a coincidir en la biblioteca municipal, y ya nos habíamos acostumbrado a estudiar juntos. Pero ese día era diferente. Se palpaba una extraña tensión en el ambiente que poco tenía que ver con nuestros estudios o nuestras preocupaciones habituales. La intensidad de tu mirada provocaba en mí rubor y humedad... No pude evitar devolvértela con la misma intensidad, y al parecer, mi mirada tuvo en ti consecuencias similares. Alargaste tu mano por encima de la mesa y comenzaste a acariciar la mía. A partir de ese momento, fue más bien complicado concentrarse.

Te dije que se estaba haciendo tarde y que pronto cerraría, pero que aún tenía cosas que estudiar. Me ofreciste tu casa. Y yo acepté.

El camino de ida estuvo plagado de las cientos de pequeñas bromas que solíamos hacernos, pero ambos nos dábamos cuenta de que no fluían con la facilidad acostumbrada. Estábamos tensos, ansiosos por llegar, por saber qué pasaría al encontrarnos a solas y sin nadie que nos observara. Ansiosos por saber qué había detrás de ese roce de manos, que había sido cualquier cosa menos inocente.

Por fin llegamos. Hicimos una breve pantomima, tratamos de fingir que queríamos continuar estudiando. Pronto se hizo patente que eso no iba a ser así. Sentado a mi lado, comenzaste a acariciarme el muslo por debajo de la mesa. Con movimientos suaves, comenzaste a levantar mi falda, que no ofrecía resistencia alguna ante tus manos. Mi respiración, reflejo de la tuya, comenzaba a estar visiblemente agitada, y mi humedad iba en aumento. Tus labios se acercaron a mi cuello, besándome justo por debajo del lóbulo de la oreja. Dejé escapar un suave gemido que dio rienda suelta a tu excitación. Sin levantarte de la silla, me rodeaste con tus brazos y me mordisqueaste el cuello con suavidad. Yo pasé las manos por tu pelo, dejando mi cuelo expuesto ante tus labios. Me levantaste apenas sin esfuerzo y me llevaste a la cama, donde te tumbaste lentamente sobre mi, mirándome a los ojos. Recorriste mi muslo izquierdo con tu mano, levantando por completo mi falda, y me agarraste fuerte de las nalgas...

Todos estos pensamientos están haciendo que vuelvas a excitarte. Recuerdas claramente mis gemidos, mi atrevimiento, mi forma de revolverme cuando dejé de ser esa niña tímida que tu pensabas que era, esa que parezco ahora acurrucada bajo las sábanas de tu cama. Recuerdas mi mirada, lasciva, mientras te comía entero. Y quieres repetirlo, por que tu miembro se ha despertado del todo y no admite un no por respuesta.

Así que te acercas a la cama, y me besas el cuello. Me retuerzo en sueños mientras tus atrevidas manos comienzan a quitar la sábana y a acariciar mis nalgas desnudas. Metes una mano entre mis piernas, y compruebas que estoy húmeda. Me miras a la cara, y ves que me he despertado. Te observo con esa misma mirada lasciva de hace unas horas, esa que te resulta irresistible, mientras me muerdo un carnoso labio. Te tumbas sobre mi, despacio, mirándome a los ojos, y sin apartar esa intensa mirada te cuelas, sin esfuerzo, en mi humedad. Me arqueo bajo tu cuerpo y gimo contigo mientras saboreas mi calor. Me haces el amor, salvaje, mientras mis uñas arañan tu espalda y mis gemidos resuenan en tus oídos.

Nos vamos juntos. Se enteran hasta en el séptimo. Y nos quedamos dormidos, abrazados. Tú conmigo.


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