Ilana y el Doctor Muerte

Por ralasam
Enviado el 19/02/2012, clasificado en Ciencia ficción
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Había llegado el momento. Hubo un tiempo en que pensó que no llegaría nunca y sin embargo, debía de haberlo previsto. En definitiva sólo era el final de otra vida humana, la suya.

Le disgustó ver la sombra de la guadaña desde una solitaria cama de hospital, sin compañía ni ilusión por nada. Y es que las circunstancias habían hecho que tuviera que dejar todo su mundo y emigrar a la Argentina. Recordaba los años pasados en su Alemania natal con cierta nostalgia. Hitler podía estar loco, pero con él el país había recuperado la dignidad perdida, y eso a él le merecía el máximo respeto.

Se acordó de su trabajo, que dio sentido a toda una vida entregada a la causa. Doctor Muerte le llamaron los periódicos cuando todo acabó. Qué sabían ellos? Él creía firmemente en lo que hacía. Su trabajo con seres humanos se podía considerar un arte, y él era el Miguel Ángel de la ciencia actual.

Eran tantos los sujetos que habían pasado por sus manos que era imposible acordarse de todos. De repente y sin saber por qué, se acordó de ella. De esa niña que no dejaba de temblar de terror en la camilla. Era su mirada lo que había hecho que no la olvidara. La incomprensión en sus ojos, la rapidez con que se movían buscando una salvación que no llegaría. Cómo se llamaba? Itana…o Imana…ya no se acordaba.

Entonces todo comenzó. Empezó a toser cada vez más fuerte. Los pulmones le ardían y el corazón le bombeaba de forma ensordecedora. Él no era débil. Sabía que después de esta vida no había nada, y a la nada se dirigía. Al poco dejó de dolerle el cuerpo y sus pulmones y garganta dejaron de protestar. Volvía a sentirse bien. De hecho, se encontraba mejor que bien. No notaba su cuerpo, y le invadía una serenidad y un bienestar enormes.

Sin esperarlo, el mundo entero se detuvo a su alrededor. El personal médico que había acudido cuando saltaron las alarmas estaba petrificado alrededor suyo. A continuación, alguien pulsó el botón de rebobinado. A una velocidad vertiginosa vio pasar ante sus ojos escenas de su vida que la recorrían entera desde el presente hasta su infancia. Repasaba cada escena reviviéndola de una forma muy intensa y siendo consciente de detalles que en su día habían pasado desapercibidos. Sólo había un pequeño detalle; y es que, él ya no actuaba en el papel principal como recordaba. Sentía y sufría las consecuencias de sus propios actos, siendo él ahora todas y cada una de las personas a las que había hecho tanto mal a lo largo de su vida.

Al final la película acabó, y él lloró de alegría por salir de la negrura. La sensación de paz y bienestar volvían paulatinamente mientras se pregunta cómo había sido capaz de causar tanto dolor.

En ese momento, la luz a su alrededor fue ganado paulatinamente intensidad, llegando pasado un rato, a ser tan potente que era incapaz de ver nada. Desde algún lugar que no lograba situar oyó una voz que le llamaba por su nombre. Frente él, una silueta esbelta fue tomando forma hasta adoptar una completa forma humana. El ser barbudo que tenía ante él, parecía estar hecho de la mismísima luz, y su cara era la de alguien que había vivido infinidad de años. Los ojos gritaban amor allá donde se posaban y él sintió cómo le llenaban su pecho con ese amor. Como prenda, únicamente llevaba una túnica de blanco inmaculado algo ajustada, y por adorno, un cinturón dorado que colgaba de forma grácil por un lado.

- Bienvenido a casa, hermano. – Sus labios no se habían movido, pero oía su voz dulce y amorosa dentro de su cabeza llenándole de paz y alegría a partes iguales.

- Ho…Hola.- No sabía muy bien que decir, si es que debía decir algo. – Donde estoy?

- Has vuelto a tu lugar de origen, a casa.

- A casa? Recuerdo que estaba enfermo, en el hospital. Y que empecé a toser…debí morir entonces. – Los recuerdos le llegaban ahora por oleadas. – Me siento extraño. Sé que no he sido un buen hombre…y que he cometido muchos errores…quiero decir…que he hecho cosas horribles en mi vida. Tengo el presentimiento de no haber hecho las cosas como yo mismo me había propuesto…antes de nacer!

- Así es. – En su voz no había reproche, sólo comprensión y amor. – La vida de la conciencia es infinita, y está en constante evolución. Para avanzar y aprender los caminos del amor se creó el universo, y planetas como la Tierra. Las conciencias eligen encarnar una y otra vez en un cuerpo humano para experimentar y aprender las cosas que aquí no pueden darse. En cada reencarnación, cada uno elige los retos a los que quiere enfrentarse en su vida para evolucionar y aprender.

- No lo entiendo. – Aunque ya dentro él las ideas y los recuerdos de vidas pasadas empezaban a asomar.

- Es muy sencillo. Tú elegiste reencarnarte en la vida que acabas de terminar, con tus miedos y tus prejuicios por superar. Sin embargo, no has conseguido evolucionar hacia donde te propusiste y no has aprendido lo esencial, que sólo en el amor es posible la felicidad. Todos los seres del universo somos hermanos y lo que hacemos a los demás, en realidad nos lo hacemos a nosotros mismos. Lo que no es amor, es egoísmo.

- Espera. No puede ser. Yo...estoy confuso. Que quieres decir con hacerlo a nosotros mismos? No lo entiendo.

- No importa. No es necesario entender esto para aprender a amar a los demás. En tu próxima reencarnación lo entenderás.

- Próxima? Yo no quiero volver. El mundo es frío; y sin sentido.

- Es la única forma. No te preocupes, aquí no existe el tiempo, ese concepto es un concepto terrestre, y sólo allí se aplica. Volverás aquí en un suspiro, y con todo aprendido para poder seguir evolucionando.

Antes de que él pudiera replicar, la figura le miró intensamente a los ojos, y él empezó a notar un cansancio creciente. Sintió cómo se dormía y caía en un profundo sueño.

La figura lo miró compasiva, recordando los momentos de su propia evolución en que él también tenía que encarnarse. Con cariño lo tomó con sus manos y lo llevó hasta su nuevo destino, al útero que ya albergaba su nuevo y diminuto cuerpo físico. Una vez depositado y ajustados el cuerpo sutil y el físico, se quedó a contemplar a los futuros padres.

- Les felicito señor y señora Klein, van a tener una preciosa hija. – El médico miró a la pareja con una mueca que denotaba que sus palabras no coincidían con su parecer. Y es que, desde que el año pasado se hiciera simpatizante del nuevo partido en el poder de su país, el Partido Nazi, sus ideas sobre los judíos habían cambiado poco a poco. – Tienen ya un nombre para ella.

- Sí, doctor. – El futuro padre estaba emocionado y lleno de esperanza ante la vida que se estaba gestando en el interior de su mujer. – Se llamará Ilana!


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