El velero

Por Marcos Fernandez
Enviado el 10/06/2016, clasificado en Ciencia ficción
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Hoy me he vuelto a encontrar a Martha, en la biblioteca nueva. Estaba como esperándome, sentada en los escalones de la entrada. Sabe que es la ruta que hago hasta mi oficina.

Me ha saludado con un “Hola, mi vida” y me ha obligado a comportarme de forma descortés y a empezar de nuevo con los reproches. No deben sospechar que todavía estoy perdidamente enamorado de ella.

Nos pasamos veintisiete años casados. Empezaron bien, los dos éramos jóvenes y estábamos henchidos de ilusión y amor. Tuvimos dos hijos maravillosos que, por suerte, tienen sus vidas organizadas y viven en el interior, alejados del mar.

Luego todo empezó a ir mal. La culpa es de las voces, claro. Esas voces profundas y casi ininteligibles que me sacaban de quicio y lo acababa pagando con ella. Nunca le puse la mano encima, no me lo habría perdonado a mí mismo. Pero mi estado de ánimo pasaba de la apatía por el agotamiento de no poder dormir a la euforia al creer que empezaba a entender cosas. Esas cosas que nunca pude explicarle a ella para que no pensara que me estaba volviendo loco. Como habría pensado cualquiera a quien le explicara que me estaban hablando unos dioses antiguos, anteriores a la llegada de Colón.

Al final, al límite de la cordura, descubrí qué es lo que querían y qué es lo que tenía que hacer. Tienen muchos creyentes entregados a su causa, devotos sirvientes que les obedecen hasta el sacrificio. Sigo sin saber si soy el único que se ha resistido a ellos, aunque lo más lógico es pensar que sí, que los otros se habrán vuelto locos. Para algo debía servirme el carácter que mi exmujer me echaba en cara tan a menudo o que fuera incapaz de entender mis razones.

Tampoco es que ella me ayudara. Todo le iba bien. O nada le iba bien. No quería nada, pero tampoco dejaba que los demás quisieran cosas. Le gusta el mar, así que fue imposible convencerla de irnos al interior, a pesar de decirle que el olor a salitre me volvía loco. No podía hablarle de las voces opresivas, las visiones perturbadoras o los instintos que sentía. Por lo menos convencí a mis hijos de que se alejaran de la costa.

Mis hijos. También les echaré de menos, claro. Los quiero, pero de una manera diferente a su madre. Ahora no debo dejar que sus seguidores conozcan mis sentimientos para que no los usen contra mis planes. Sobre todo para que no le hagan daño a Martha. Por eso tuve que alejarla de mí. Para que creyeran que no era una baza.

Aunque hacerlo fuera como arrancarme el corazón del pecho con mis propias manos.

Ahora debo ir con cuidado, siempre. Soy capaz de identificar a sus esbirros, pero son tantos que a veces me sorprendo. Viejos amigos y conocidos. Como los Bertram, claro. Seguramente todo habría cambiado si hubiéramos cenado con ellos, habría sido fácil dejarse convertir por el sumo sacerdote del culto.

Pero es tarde. Demasiado tarde. He dado el adelanto para comprarme un velero, uno que pueda manejar yo mismo, como me enseñó mi padre. Los negocios están funcionando bien. He conseguido vender otra patente, una que diseñé al investigar cómo acabar con ellos. Para eso necesito el velero.

Debo seguir siendo desagradable con ella, a pesar de lo mucho que me duele. La bibliotecaria les podría avisar. Estoy seguro que ya reportó sobre mí cuando empecé a realizar las investigaciones en estas instalaciones. Gracias a Internet no necesito más venir aquí. Casi cualquiera que viera mi portátil creería que estoy obsesionado con la seguridad, por mi trabajo y las patentes. Cifrado doble, cambios de contraseña cada semana, encriptación, túneles de datos, redes privadas… Todo para que nadie pueda conocer mis planes y puede frustrarlos.

Porque es el momento. Han estado aprendiendo de nosotros durante años. Son los últimos de su especie, ellos tres. Nos temen desde que los españoles colonizaron las islas hace más de quinientos años y perdieron a casi todos sus seguidores. Se alimentan de los espíritus de sus creyentes y durante años no pudieron competir con el empuje del cristianismo. Pero en los últimos años, todas esas creencias de nuevas generaciones han hecho que vuelvan a tener donde pescar. Ahora ya no hay sólo cristianos o ateos, hay mucha gente dispuesta a creer en otros dioses, sobre todo si se les vende como algo alternativo, exclusivo y oculto.

Además, han conseguido ocultar su escondite a la vista de todo el mundo. ¿Quién va a pensar que tres malignos dioses primigenios se esconden en el triángulo de las Bermudas?

Dentro de poco dará igual si lo piensan o no. En una semana tendré el prototipo del emisor de pulsos electromagnéticos. Una vez lo modifique por mi cuenta podré montarlo en mi nuevo velero a escondidas y freír a esos seres debilitados que se creen dioses, pero que no son más que los restos de una raza casi extinguida con poderes psíquicos.

Así, a lo mejor, podré volver y contarle a Martha la verdad. Que he hecho todo esto para que estuviera a salvo.

Y que nunca he dejado de quererla.


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