El cadalso

Por Marcos Fernandez
Enviado el 10/06/2016, clasificado en Varios / otros
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Muchos años después, frente a la muchedumbre que quería verlo colgando de la soga, había de recordar aquella tarde remota en que su hermano lo llevó a conocer al capitán del barco que los llevaría a las Indias Occidentales.

El encapuchado verdugo comprobó las cuerdas y el nudo, valoró el lastre que había puesto y se giró para indicar con un gesto al gobernador español que todo estaba correcto.

Desde donde estaba, pendiente de la orden del gobernador podía apreciar en todo su esplendor el puerto delante de él, en el que una fragata con bandera de Castilla se acercaba perezosamente a los muelles. La gente se agolpaba en ellos, gritando y esperando su inminente ejecución. No todos los días se podía presenciar el espectáculo del ahorcamiento de un famoso pirata holandés.

Todo empezó en el viaje hacia Florida, cuando el barco que los llevaba como libertos desde Canarias fue apresado por piratas, que les obligaron a enrolarse en su tripulación. Su predisposición natural para el combate, junto a su tamaño, le ganaron pronto el respeto del resto de piratas, a pesar de que su apodo, Lorencillo, podía llamar a engaño. Después de una temporada consiguió su propio barco y su tripulación, hasta que se hizo con el mando de una fragata, el Tigre. Tras una buena racha de saquear ciudades y capturar barcos, al final había sido atrapado colándose en la residencia del gobernador para secuestrar a su bella hija. Sus compañeros le abandonaron a su suerte y los guardias no pudieron capturar a ningún otro que le acompañara en la horca.

Para entonces, apenas dos días después, su cuello estaba rodeado por una gruesa soga que acabaría con su vida. La expectación era tanta que en el muelle estaba lo mejor y lo peor de la isla y de la ciudad, desde los mendigos a los nobles, pasando por los capitanes y los miembros de la guarnición de la fortaleza que protegía el puerto. Muchos comerciantes y forasteros contemplaban el cadalso desde más lejos, no pareciendo demasiado interesados en el macabro espectáculo, como parecía que sí hacían los habitantes de la isla, cansados de sus años de fechorías. Mientras tanto, la hija del gobernador, una rara belleza rubia de madre nórdica, miraba horrorizada hacia donde él estaba. Él aprovechó para guiñarle el ojo y hacer que se pusiera colorada, antes de dedicarse a insultar a los espectadores y a reírse de ellos. La posibilidad de ver morir a un pirata con fama de sanguinario les calentó de qué manera la sangre y empezaron a gritarle improperios y a alborotarse.

En aquel momento el gobernador hizo sonar un clarín para llamar la atención y confirmó el veredicto. El griterío fue ensordecedor y se agolparon todos hacia delante, sus ansias de venganza evidentes en sus rostros. El verdugo se dirigió a activar la compuerta que se abriría bajo sus pies segando su vida. Se plantó solemnemente delante de la palanca mientras todo el mundo contenía el aliento. El pirata le miró directamente a los ojos a través de la capucha; contempló esos ojos azules que conocía de hacía tantos años y empezó a reírse a carcajadas.

El verdugo accionó el dispositivo, la compuerta se abrió y el cayó hasta el suelo, entre los gritos airados de los estafados asistentes. Unos gritos que fueron sustituidos por exclamaciones de pánico y de dolor cuando los cañones de la fragata, que había izado su bandera pirata, barrieron a la vez el muelle y bombardearon la fortaleza. Los forasteros, que no eran más que algunos de los miembros de su tripulación, sacaron sus armas para ocuparse rápidamente de los desprevenidos miembros de la guarnición. Su hermano, una

vez quitada la capucha de verdugo, le ayudó a subir de nuevo al cadalso mientras le tendía una espada. Se plantaron en el estrado de las aterrorizadas autoridades y se dirigió al mandatario de la ciudad.

-Señor gobernador, permítame que continúe donde me quedé hace un par de noches. Mi tripulación y un servidor nos vamos a quedar varios días de solaz en esta bella ciudad, disfrutando de la famosa hospitalidad caribeña. Si colabora, no tendremos que utilizar esa horca tan fantástica con ningún cuello aristócrata. Igual a vuestros conciudadanos no les importaría cambiar el castigo a un pirata por el de alguien que no les protege.

Cuando al cabo de unos días se alejaban de la ciudad, con el barco lleno de tesoros y la tripulación satisfecha, su hermano le dijo:

-Tus tretas han vuelto a funcionar esta vez, Laurens. Algún día te van a salir mal y acabarás bailando al extremo de la soga.

 

Lorencillo desapareció de la historia en el lujoso retiro de su rica plantación de tabaco, cerca de Luisiana, muchos años después.


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