Mary Beth

Por V.M. San Miguel
Enviado el 28/06/2016, clasificado en Drama
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De ella se dicen muchas mentiras, mas yo conozco toda la verdad que, empero tan cruel que la muerte no lo es tanto, no es tan cruel como la letanía de falsas falacias que se cuentan acerca de ella.

    De ella se dice y constantemente se le acusa de ser una mortífera asesina y ¡ah! la mención no se muestra ausente cuando de brutales asesinatos se habla, cuando se habla de horribles decapitaciones, de las más horridas y pavorosas mutilaciones, de gente enterrada viva, de gente acribillada hasta la muerte, de venenos, de traiciones, cuando, siquiera, supone alguien alguno de estos temas, ahí está su estelar mención.

    A ella también se le acusa con frecuencia de asesinar infantes y luego tomar sus cadáveres apasionadamente y llevarlos al lecho con ella, de masturbarse con los cuerpos inertes de cuanta victima cae bajo su cuchillo, de tocar lujuriosamente a los niños antes de matarlos, de cortarles la cabellera a las niñas antes de matarlas.

    De su persona se dice que asesinó a su madre y a su padre, se dice que encerró por días a su hermana menor en una oscura cripta del castillo, para dejarla morir de inanición, que a veces, ¡cuánta crueldad!, paseándose por las almenas, arrojaba algún caricaturesco desperdicio abajo y luego se mantenía quieta ahí hasta que la pobre chiquilla cesaba de gritar, de gritarle desde abajo, y todavía más tiempo hasta que finalmente su hermana se resignaba y comía la basura que yacía yerma, (algunas veces no tanto, pues de ella y de esto también se dice que le arrojaba animales vivos), inerte e inmóvil en la sucia tierra más abajo.

    Y esto último, que, sin embargo, lo que parece, no es del todo una mentira: de ella, de la más mortífera de las mujeres, de la más asquerosa, la más depravada persona de la que escucharas jamás, se dice que solo tenía doce años de edad. Mas los hay quienes, exagerando, afirman que ella solo tenía nueve, cuando convirtió a su hermana de siete en el horrible monstruo que más tarde, cuando el castillo fue allanado por los vecinos y la policía, intentó asesinar a un inocente hombre solo para ser abatida después por un certero disparo, esta última presa, sin embargo, por la locura, locura negra, de aquella que no posee belleza abstracta alguna, pues los hay, poetas, que están más locos que cuerdos, los hay brillantes científicos desequilibrados, los hay filósofos trastornados, cuya locura es, sorpresivamente, bella, y es esta beata presencia, la de la locura romántica, la que los hace tan absolutamente cuerdos, mas esta pobre muchacha ya no podía razonar según se dice, ergo, la flor entre la ponzoña no podía relucir entre la fiera maleza, no podía ser vislumbrada en tan perenne obscuridad, en tal lobregura del alma, en tan nocturno espíritu. Empero el motivo de este texto, esto último debería ser tomado en serio pues fue precisamente el hombre que, apuntando atinadamente, abatió a la pobre criatura, quien declaró esto último tal cuál (quizá) como lo acabo de contar.

    Se dice que en el cuerpo de la niña había evidentes marcas de abuso, perpetradas, no hay duda, por aquella flaquita, escuálida jovencita que alguna vez me murmurara al oído dos palabras, pues ¡mira! sin duda las había, yo mismo las vi ahí en la desnuda e inmóvil espalda de la que alguna vez fuera una niña. Yo mismo vi los terribles los horribles rasguños en la espalda baja, en las piernas más abajo, y yo mismo vi las marcas que tenía en el cuero cabelludo, marcas que nos indujeron a creer que se trataban de un desesperado, precipitado y sin duda frustrado intento de suicido por parte de la niña, que, ya desesperada y desnutrida, intentaba aniquilarse a sí misma arrancándose la piel con las uñas.

    Mas los móviles de tan horridos crímenes nunca han sido esclarecidos por las autoridades y, viéndose ignorantes, la común gente del vulgo, charlando al oído, murmura una idea equivocada a esta o aquella persona. La primera persona afirma que sabe cuáles fueron los móviles, pavoneándose, primero que nada, de un contacto en la policía inexistente, luego inventa una horrible historia de abuso paternal o una melosa y dramática historia de un amor imposible. La segunda persona asiente con la cabeza, y, más tarde, rememorando la historia en la oscuridad de su soledad, inventa, como deduciendo, los pequeños detalles para, al final, contar esta historia a una tercera persona, y esta a una cuarta, quinta…

    Pero nunca, por extraño que pueda parecer, se ha sugerido el verdadero móvil de la niña, pues, a pesar de que el procedimiento que utilizaba para engatusar a sus víctimas y finalmente llevarlas a la vieja mansión de donde no saldrían jamás, es tan cristalino como el agua, este no arroja una sola pista por ser arcaico y tan absurdamente simple. Mas las ejecuciones, tan variopintas que solo en los libros de historia universal, dan pie a las más extravagantes historias y a las más coloridas alucinaciones de la vigilia.

    Su método era tan simple que ni los mejores filósofos lo habrían imaginado por ser estos demasiado complejos en sus cavilaciones. Su método era su encanto natural, aquella fina pero firme vocecilla, aquellos ojos tintados de esmeralda, el pálido color de su piel, la sedosa vista del oro de sus rizos… Pareciera, sin embargo, que la estoy describiendo en lugar de estar explicando el método que utilizaba, mas este no puede ser descrito por nadie, por ser inenarrable. Es decir, su método era ella misma, era su apariencia, su belleza cándida… había algo en ella, una especie de pureza que, sin embargo, el significado de la palabra belleza, inducia a hombres y mujeres por igual al pecado y la lujuria. Bastaba con algunas palabras pronunciadas de sus labios para hacer caer a la más puritana de las mujeres y al más casto de los hombres. Comúnmente bastaban dos para hacer temblar el suelo debajo de cualquiera con dos dedos de frente.

    Ahora, en la salvedad de mi hogar, me pregunto si será porque conozco cuales eran esas dos palabras por haberlas escuchado yo mismo una vez, que tomo lo que todos toman por absoluta malicia como otra cosa, pues bien podría ser; desde que escuchara esas palabras de su boca no puedo dejar de imaginarme como sería tocar sus labios, tenerla entre mis brazos, no puedo pensar en otra cosa que no sea ella…

    Yo defiendo… Yo defiendo que su móvil era simple y pura búsqueda de la diversión. Era su locura romántica la que la inducía a matar, pues por algo más vulgar no se dignaría a ejecutar tales hazañas. Y, a pesar de que sé esto y de que sé que cual era mi único fin si no nos hubieran interrumpido aquella ocasión, no puedo dejar de pensar en que hubiese valido la pena morir si tan solo hubiera podido rozar su piel y arrancarle la ropa, si tan solo hubiera podido escuchar una vez más, solo una vez más las dos palabras que me susurrara al oído, para hacerse oír en el ruido de la fiesta, de sus labios:

    -Mary Beth-dijo presentándose.


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