Aprenda a vomitar en 30 días

Por Luis Pirucha
Enviado el 01/07/2016, clasificado en Cuentos
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¿Quién es el mejor futbolista de la historia? ¿Maradona, Pelé o Messi? Evidentemente soy yo, que aunque no jugase en ningún equipo fui siempre un crack del fútbol. Solamente la vergüenza de que otras personas viesen mi cuerpo desnudo en las duchas impidió que sea el cuarto componente del eterno debate.

Esa vergüenza, que también me limitó a la hora de estar con mujeres, se acabó el verano previo a mi entrada en la universidad. Fue con Silvia, una compañera del instituto, con quien perdí la vergüenza y algo más. Desde ese momento soy imparable. Me pregunto si habrá alguien en esta ciudad que no viese mi pene. Cada mañana, después de ducharme, bajaba desnudo a comprar pan. Mi pene y yo, dos trozos de carne sin complejos.

Mi relación con Silvia empezó en el último mes de clase. A ella le encantaba pasear conmigo agarrada a mi brazo y escuchar las bobadas que le decía. Iba todo tan bien que decidimos seguir juntos durante nuestra etapa universitaria. Y si no fuese por su madre hubiésemos vivido juntos. Yo fui a una residencia y ella compartió piso con una de sus primas. Tenían también un perro al que daban mimos y comida a cambio de compañía.

A la estúpida de su prima no le agradaba mi presencia en el piso, y hacía todo lo posible para convencer a Silvia para que me dejase. Como venganza, cada vez que iba por allí, meaba en su habitación. Unos días en el suelo y otros en la cama. Al principio creía que era cosa del perro, pero después empezó a sospechar de mí. Y sin acusarme directamente tuvo una conversación con Silvia sobre el asunto.

—¿No te parece raro que Bala mee en mi habitación sólo cuando viene Marco?

—No... ¿Por qué? — dijo Silvia, que era conocedora de mis actos, mientras pensaba en alguna respuesta que pudiese ser convincente.

—Siempre en mi habitación. Nunca en otros lugares de la casa. Es raro.

—Creo que tiene que ver con algo que estudié en una asignatura sobre psicobiología animal. Al ser Marco el único hombre que entra en la casa el perro se siente amenazado, y manifiesta su repulsa de manera escatológica. Son cosas de machos. No le des importancia. Además tienes suerte de que por lo menos mea y no caga.

—Ah... No lo sabía. Entonces sí que tengo suerte. A partir de ahora voy a cerrar la puerta de la habitación cada vez que venga el imbécil de tu novio.

La verdad es que a mí no me preocupaban demasiado las tonterías de su prima. Estaba muy centrado en mis estudios, quizás demasiado. Hasta que me harté de pasar todos los días en la biblioteca y me puse a buscar en los tableros de la facultad anuncios de actividades que me sacasen de la rutina. Encontré cursos de lenguas, campañas de solidaridad, coloquios internacionales, sectas satánicas, teatro y mil mierdas más. Pero el que llamó mi atención fue “Aprenda a vomitar en 30 días sin esfuerzo”. Que bien me hubiese ido en mis tiempos de adolescente cuando bebía hasta vomitar si asistiera a un curso dese tipo. Mi madre no se habría enfadado conmigo cada mañana que despertaba con la cama llena de vómito.

Ella era una mujer trabajadora, honesta y fiel. Por eso intentaba no darle demasiados problemas. Solamente la vi llena de cólera un día que salió de casa con una garrafa de gasolina, sin decirnos a dónde iba. No quería que mi hermana saliese con su novio, al cual consideraba un vago y un aprovechado. Entonces para acabar con la relación creyó que la mejor manera era quemar el coche del chico. Así no podría venir a casa para verla. El coche estaba en el parking de la discoteca. El suyo y nueve iguales. Como no sabía cual era la matrícula los quemó todos.

A mí poco me importaban los problemas familiares. En aquella época lo único que quería hacer era andar en bicicleta. Iba en ella a todas partes. Mi larga melena ondeaba cuando bajaba a gran velocidad por la cuesta del instituto. Las chicas, que me veían desde el autobús al adelantarlo, me enviaban besos. Me adoraban porque yo era diferente. Marco el bohemio, un chico con ideales, bigote y bicicleta. Dejaron de quererme el día que caí, abrí la cabeza y estropeé mi cara bonita. Triste y abandonado empecé a beber (y vomitar). Hasta que conocí a una chica que no era superficial, Silvia la ciega.

 


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