Desafio

Por Javier Guglielmi Manent
Enviado el 03/07/2016, clasificado en Varios / otros
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Lo primero que hice fue mirar donde me encontraba. Preste atención al lugar y analicé los riesgos. Recordé las muchas veces que me había encontrado en esa situación. Pero esa vez era diferente. Esa vez yo pensaba actuar.

Mis capacidades estaban limitadas y lo sabía. Es por eso que debía concentrarme sólo en lo que podía hacer para realizarlo en forma efectiva. Cada movimiento era crítico. El espacio con el que contaba no era mayor que mi cuerpo. Inclinando levemente mi cabeza podía observar la altura y era brutalmente aterrador. Pensé en llorar...es más...quería llorar. Necesitaba la seguridad de que iba a estar todo bien. Pero me encontraba solo. Nadie podía verme y nadie podía ayudarme. Dependía total y absolutamente de mi. Y con un aliento para generar autoconfianza comencé a moverme.

Incliné mi cuerpo en forma lateral recostandome en mi cadera. Buscaba dejar mis manos situadas de modo que me permitieran sujetarme con la fuerza necesaria para no caer. El giro estaba casi listo así que decidí mover una de las manos para recostarme sobre mi panza. Con un poco de esfuerzo y superando el temor inicial ya me encontraba de boca abajo. Recuperé el aliento generado por el vértigo. Sentía el cuerpo paralizado y se me hacía difícil continuar avanzando.

Mis piernas colgaban al vacío. Apoyé mis codos y ejercí toda la fuerza sobre ellos intentando liberar el cuerpo y lentamente descender. Giraba la cabeza pero no podía ver nada. Mis pies debían encontrar a tientas donde apoyarse.
Apele a mi memoria:
- Javier, ya has estado allá abajo...recordá mierda, recordá! - Felizmente sentí con mi pie derecho un lugar donde pisar. Lo apoyé de la forma más segura y sustentado por mis codos y el pie logré deslizarme un poco más. Ya me encontraba en posición vertical. La sensación de alivio se incorporó a mi cuerpo como las vitaminas de esas cremas que publican todos los días en la tele.

Creo que la adrenalina bajó en forma considerable ya que sentí una descompresión en el pecho. Ahora tenía una mejor visión periférica que antes. De todos modos aún me encontraba sujeto con las dos manos y parecía una estatua de lo quieto que estaba.

Sentía que cualquier movimiento mal realizado me haría caer. Luego de unos breves segundos, que me parecieron una eternidad, decidí continuar mi descenso. Reincorporé mi cuerpo a la actividad y sentí nuevamente la adrenalina fluir. Miré sobre mis hombros, tomé confianza y deje caer mi cuerpo.

Solo fueron 10 cm y ciertamente muy intensos. Mi pie chocó con el piso y la realización me llenó de alegría. Porque esa vez, con tan solo 3 años de edad, ¡me bajé YO solo de una silla!


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