Un día en la playa - segunda parte

Por cclecha
Enviado el 12/07/2016, clasificado en Humor
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         -Eres un mal padre… ¿No te has fijado que no había nadie en el agua… no te has preguntado el por qué?

         El niño lloraba exageradamente y mostraba a su madre las señales hechas por la medusa… yo creo que lloraba tan estruendosamente simplemente para ponerme en evidencia.

         En ese instante una mujer llenita y baja calada dentro de un gorro de paja, voceó:

         -¡Sandía! ¡Melones! ¡Melocotones!

         El niño calló de golpe para escuchar y acto seguido rompió a llorar para intercalar entre sollozo y sollozo… una sola frase -¡Quiero sandía! ¡Quiero sandía!

           Qué decir tiene, que yo para congraciarme con el niño y su madre, paré a la señora y le alargué, después de pagar un precio abusivo por ella, una raja de sandía a Manolito.

           Cuando las cosas se calmaron, una brisa de aire refrescante vino en nuestra ayuda para combatir el infernal calor que hacía… una brisa no sé si enviada por Dios o por el diablo… porqué cuando la intensidad del aire aumentó, la sombrilla salió volando con peligro.

             Salí a toda velocidad en persecución de sombrilla. La arena estaba hirviendo, lo que me obligaba a dar unos ridículos saltos para no quemarme los pies. La sombrilla seguía su dirección sin pausa hacia un par de viejecitas que estaban tendidas tomando el sol. Parecía que la sombrilla iba a impactar en ellas, cuando yo, dándolo todo por perdido, me tiré en plancha tratando de parar el parasol. Felizmente conseguí parar la sombrilla justo antes que golpeara a las viejecitas, pero no pude impedir revolcarme con las dos en una escena grotesca. Quedé tumbado entre las piernas de las dos mujeres, asiendo por una mano la sombrilla y la otra, sin control, fue a parar a los enormes pechos de la viejecita que escondía sus orondas carnes en un traje de baño, completo y negro.

             La mujer, apartó de un manotazo mi descarriada mano, trató de incorporarse, no pudiendo por mi pesado cuerpo encima de ella y me dijo medio descompuesta:

             -Es usted un degenerado… un pervertido… un asesino…

             Viendo que el asunto estaba muy complicado y sin ningunas ganas de hablar, me alejé de allí dando botes por la quemazón que sentía en mis pies y con la sombrilla doblada bajo mis axilas.

             Iba mirando el suelo, tratando de no quemarme, pero mis oídos percibían cada vez con más estruendo una música infernal proveniente de un radiocasete cercano a mi familia. Efectivamente, mientras me iba acercando a mi campamento base, pude ver como dos sujetos, uno con chaleco negro de piel, pelado al cero y con una cresta de pelo, parecida a las que ostentan los gallos y el otro gordo, bajo, con rastas, melenas y con un grandioso radiocasete al máximo de volumen en uno de sus hombros, estaban a punto de estirar sus roñosas toallas al lado de mi mujer.

           Llegué justo cuando ya se habían aposentado y la música lo despedazaba todo a cientos de metros de distancia.

           Mi mujer y yo, nos enviamos una mirada de complicidad… por lo que me atreví a sugerir al gordo:

         -Perdone, ¿Puede bajar un poco la música, para que pueda hablar con mi familia?

         El gordo, ni me contestó…pero el del chaleco negro, el de la cresta de pelo como un gallo, se incorporó como catapultado por un resorte y dijo:

         -Mira tronko, si no quieres problemas cállate y ahueca el ala.

         Viendo lo peludo de la situación, me di media vuelta y con un golpe de cabeza ordené a los míos que se trasladaran… mi mujer me siguió complacida… pero cuando creía que todo estaba contralado y nos íbamos, Manolito me soltó:

         -Papá, eres un cobarde.

         Y mirando a los dos sujetos, añadió- Tú, el de la cresta, ven aquí si tienes huev…

         Yo, rápidamente le tapé la boca con la mano y le arrastré detrás de su madre que ya había emprendido la huida. Pregué al Altísimo para que el del chaleco no hubiera oído a Manolito… afortunadamente no sucedió nada…

         Tantas emociones habían hecho impacto en mí, por lo que noté que se me humedecían los ojos… así que entrecortadamente le pedí a mi mujer:

         -Por favor, cariño, te lo ruego, no nos podemos bañar por las medusas, hace viento y no podemos clavar la sombrilla, no podemos escapar del estruendo de la música de esos dos, me encuentro mal por el calor…

         -Hoy Dios mío, que colorado estás de cara y de espalda… ¿No te has puesto crema? Dios santo estás rojo como un cangrejo…

         -Por favor… solo por hoy, vámonos a casa y déjame que me relaje viendo la tv en sofá, con una cerveza y unos cacahuetes…

         Mi mujer se conmovió por la pinta que supongo ofrecía y me dijo:

         -Está bien… por hoy nos vamos a casa- diciendo esto se dirigió hacia el coche con un niño a cada lado.

         En aquel momento tuve un subidón de alegría, no en vano, retrasmitían las carreras de motos por la tele… pero mi alegría no fue completa, pues observé por detrás, el andar seguro de mi hijo pequeño Jesusín que me recordó que el último día en que ambos nos disputábamos la tele, y en el que yo estaba muy interesado en ver un documental y él en ver el canal de los dibujos animados, pasó en que yo insistí, dictatorialmente en poner mi cadena… entonces él, impotente ante mi acción, cogió el mando y con odio lo arrojó al suelo.

           Con el ruido y los chillidos vino mi mujer, me miro severamente y le puso al niño los dibujos animados…

           Pensé que la batalla de la tele, todavía no la tenía ganada. La anterior la ganó él por goleada. El mal día, podía ser que todavía no hubiera acabado.

          

 


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