Brillante (Parte Uno)

Por EM Rosa
Enviado el 23/02/2012, clasificado en Ciencia ficción
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Siempre pasa cuando uno se aferra a algo con una pasión rayana en la obsesión. Normalmente esto denota falencias en alguna o algunas facetas de la personalidad del sujeto involucrado. Sobre todo cuando la razón de la obsesión es el trabajo. Este síndrome acompañó por siglos a la humanidad y convirtió a hombres de gran capacidad de trabajo e intelecto en esclavos voluntarios de una compañía o empresa. Se manifestaba de distintas maneras pero el síntoma principal era la vinculación permanente a su labor durante las veinticuatro horas del día. Hablar del trabajo en su hogar como tema excluyente de conversación, condicionar la vida cotidiana al trabajo, hacer compras privadas orientadas al cargo ocupado, preparar a la familia para convivir con modismos y horarios relacionados con el trabajo... . Soñar inclusive con el trabajo y discutir el sueño en el desayuno. Estos hombres no tenían vida sino en función de su trabajo. Todo lo demás era accesorio u ornamental. Pero... ¿que pasaba cuando este individuo era desvinculado de su cargo sea compulsiva o amablemente?  . Depresión, si es que no la había contraído antes. De una forma o de otra su personalidad se veía profundamente afectada. Su vida se vaciaba de contenido rápidamente y se encontraba solo y perdido sin la rutina habitual que lo hacía sentirse  algo. De pronto se daba cuenta que se había apegado tanto a su labor que sin ella no podía vivir. Comenzaba a darse cuenta de quienes eran los integrantes de su familia y a encontrarles numerosos defectos que antes habían pasado desapercibidos. Ya no se encuentra entre sus amigos muchos de los cuales aun conservan su trabajo y que, siendo como él, conversan animadamente de esto dejando al sujeto en cuestión sin tema de aporte. Se aburre y camina largamente sin rumbo fijo pensando en la gran estupidez cometida. Se amarga cavilando acerca de la importancia que el creyó haber tenido en la empresa y en lo indispensable que pensó que resultaba su labor. Que idiotez tan grande. Lo desecharon como un cacharro viejo con una suma de dinero, una pensión y un reloj barato con el logo de la compañía. El suicidio era una idea que le rondaba permanentemente por la cabeza sin llegar a asentarse por completo. En algunos casos este acto se manifestaba con un tiro en la cabeza y en otros sencillamente como una anulación mental. Lo definitivo era que este tipo de personas rara vez superaba con bien el trance.

Estas mismas nubes negras se estaban por abatir ahora sobre Marcos Glen. De cincuenta y cinco años recién cumplidos Marcos veía venir desde hacía ya tiempo el desenlace que le tocaba ahora vivir. “Súper Numeraria de Sistemas & Co.” había venido creciendo a un ritmo vertiginoso durante los últimos diez años ampliando su plana tecnológica y productiva mediante la incorporación de brillantes políticas de automatización y robótica que había dejado a Marcos al nivel temporal de un “Tiranosaurio Rex”. Los últimos nueve meses habían infringido al hombre en su puesto de trabajo una dolorosa tortura de olvido y abandono. Llegaba a su puesto de trabajo en el horario indicado y se sentaba frente a su mesa donde un cartel plástico rezaba “ Marcos Glen - Técnico en planificación operaria.” y, clavando la vista en el techo, esperaba pacientemente que las ocho vacías horas que tenía por delante pasaran lo mas rápidamente posible, cosa que jamás se daba.

Es que Marcos ya no tenía labores que realizar en la empresa ya que su función había sido eficientemente absorbida por el sistema automático. Antes, unas diez mil personas dependían de el para la correcta realización de sus tareas y se sentía útil y realizado. Tenía a unas cien personas bajo su cargo directo trabajando dentro de una estructura meticulosamente perfeccionada a través de las décadas que había pasado en el seno de la empresa y que sobrepasaban las tres.

Y era ese punto el único que lo reconfortaba. Había recibido cuantiosos elogios de la más alta plana ejecutiva y le habían rendido no pocos homenajes a razón de su brillante labor. Tenía placas conmemorativas y recuerdos de todo tipo. Pero ahora todo era distinto. Ahora era un idiota o poco más que eso. O por lo menos las máquinas habían insinuado esto. Cuando las computadoras robóticas analistas informaron que el sistema de Marcos podía ser optimizado en no menos de un tres por ciento produciendo un ahorro de dinero de unos trescientos mil al mes los gritos de alarma sacudieron todo el edificio. De nada sirvió los documentos de antecedentes que el mismo redactó pidiendo los recursos en dinero para optimizaciones parciales que databan de varios años atrás y que nunca fueron tenidos en cuenta. De nada sirvieron los testimonios de cientos de empleados adherentes a la posición de Marcos...(Sigue en "Brillante Parte Dos")


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