Pasos sin dar pasos. primera parte

Por ego
Enviado el 26/07/2016, clasificado en Cuentos
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Contemplaba el chillido de cohetes y coches que aturdían la noche. En el cielo había una estrella en forma de clítoris, debajo de ella un alto pino fálico, hacían la contemplación más puta. Mi mirada fue jalada rápidamente y sin distracciones, hacia una ventana ovalada, de ella escurría un aura detestable, era una neblina de danzas inquietas; Había una mujer extremadamente delgada, iba y venía, daba círculos sobre su propio eje, se tiraba, se revolcaba desesperadamente, gritaba, generaba una turbación, hacía que la piel se estremeciera, y sobre las tersas  mejillas descendía un líquido inagotable. A lado de esa delgadez, un pequeño escarabajo antropomorfo, sin un ojo,  pedía a gritos un cacho de algo que nunca he tenido, provocaba una alteración, la angustia invadió el miedo que antes había sentido.

El pequeño escarabajo  se azotaba desesperadamente contra una pared; Se flagelaba y se mutilaba el otro ojo, tenía una sonrisa devastada. Ambas, tanto la delgadez, como el escarabajo, hacían que uno se  sintiera inquieto, con un silencio te decían que te faltaba algo, sé habría  un hueco, obscuro y putrefacto, que oprimía las cuencas, hasta hacerlas derramar lo que nunca quería ver.

 

Tuve que arrodillarme, no tenía ganas de seguir contemplando esa devastadora imagen,  quede  un largo rato tumbado en el piso. Y Sobre los pies, corrían aguas turbulentas, era un mar de recuerdos; se hacían olas, y se atragantaban de todo lo que tenían a su paso. Tenían un sabor salobre y sabor a mí. No pude gritar ¿pero por qué quería gritar? No comprendía nada, un sobresalto quedo danzando.

 

 

 

Quise levantarme pero no pude, las piernas no  respondían a las señales del cerebro,  y esas olas seguían creciendo como un lobo salvaje, sus garras arañaban la piel, estaba siendo tragado lentamente. Era una bestia que enfriaba poco a poco todo el cuerpo, lo congelaba y lo quebraba al mismo tiempo, saboreaba e  engullía con gusto.

 

Entre sus dedos escurría algo putrefacto; parecía estar sentado, meditaba como monje, no fluía a ningún lado.

En su vientre podía apreciarse algo blanco, y dentro de un rincón aparecía una silueta negra; se daban un tenue beso, ese beso colapsaba, empezaba un acto salvaje;  ¡Ah! ¡Ah!

-Dime pequeña blancura ¿cómo te gustaría más?

-De todas las formas, contigo haría lo inimaginable.

Después de que el cuerpo había quedado inerte, un lucero  en el cielo me despertó con sigilo. Caminé entre huesos y polvo, di un mal  paso, caí a la claridad más profunda; vi el canto de una monja prostituta, escuche los azotes, latigazos, de un hombre con corona de rosas. Parecía que lo gozaba. Quise  quedarme un instante en esa pequeña actuación.     

Al estar ahí, tan cerca de ese actor desnudo, con una corona de flores. Le hice la pregunta más sensata.

-Querido hombre ¿Cómo puedo, yo, un  hombre tan debilucho, tener un abdomen tan torneado y hermoso como el suyo? A usted lo sigue infinidad de gente, solo por tener ese cuerpo.

Él hombre comenzó a sollozar, abrió las alas deformes para  estrecharme en sus brazos. La figura de su rostro se pintó en la blanca playera que tenía puesta.¡ Ah! Que  asco, tenía que quitármela de inmediato.

Al desprenderme de esa playera, la oscuridad se apodero de esa farsa paz. Comencé a sentirme como al principio, de nuevo me arrodille. Ante los parpados cansados, había un cuadro lúgubre, era la pintura de un coche y una anciana.

Un camino empezaba a iluminarse con veladoras y pétalos anaranjados, di zancadas por ese sendero. Se escuchaban lamentos, pero no había nadie, sólo la mente y el cuerpo. Él nombre de alguien parpadeaba a una gran distancia, era un nombre y un apellido que ya conocía, recuerdo haberlo escuchado, en los oídos ya había retumbado, en estos momentos parecía un eco distorsionado, y una figura borrosa.

Sin darme cuenta, tropecé con una persona, era una mujer de pequeña estatura; tenía unos ojos negros como la noche y el olvido, daban una refulgencia de  placidez,  esos ojitos daban un abrazo cálido y placentero.

Quise acomodarme en su regazo, y tome la postura de un feto. Ella comenzó a contarme historias de lo más  delirantes.

-He pasado por algo extraño, ¡escúchame! ¡Hazme caso! No juegues con mi cabello…- ella  decía con una voz tan dulce.- El día de ayer engullí un hongo, tenía un color entre azul y café, cuando paso por el paladar, tenía un sabor a miel y me acorde de ti.- Después empezó a vomitar racimos de uvas...

El relato de esa mujer era tan raro; así como esté. En ese momento quería irme y no escuchar sus tonterías. Pero algo  detenía la huida desesperada, hacía que la abrazara con fuerza.- No te duermas-ella decía-mira que eres un chiquillo de lo más raro.

Al terminar esa frase, quede en un placentero sueño, comencé a mamar sus historias y eran ricas, quitaban el hambre. Un rato después defeque a un anciano, le comencé hablar, pero era sordomudo él maldito.

Entre su oquedad se podía divisar un niño gimoteando, el ambiente tenía un aroma hediondo. Le quite la manta al niño que cargaba; tenía  un rostro pálido, en el suelo reflejaba una silueta con los colores del arcoíris; en el color anaranjado se podía ver un perro maullando, jugaba con un niño. En mis labios se figuraba una sonrisa. El azul empujo al naranja, mostrándome a un bebé hablándole al viento

El bebé reía inagotablemente, devoraba piedras acarameladas, su risa era tan estúpida e inocente. Se escondía, balbuceaba, como si hubiera otra persona con él.  De las fosas nasales comenzó a  escurrirme sangre, tuve que dejar por un instante esa sala de confort.

Cuando regrese quise brincar por el frondoso y colorido verde.

Tome una lupa, vi el brinco de un lado a otro, de un pequeño animalito entre negro y rosa; saltaba de rama en rama, de hoja en hoja, de flor en flor. Era todo un acróbata, era espectacular esa función de brincos.

Él pequeño animalito quiso tomar un descanso, yacía en una larga telaraña, pulcra, suave. A toda prisa  se veía descender una araña con cara de ganso, su graznido era tan fuerte, que el animalito despertó de su letargo, empezó a modelar por la ancha telaraña como si fuera una pasarela. Esa cosa diminuta se burlaba, se mofaba a carcajadas de la araña que quería tomarlo presa, para un festín que duraría días. Él animalito le gritaba con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Eh! Por acá, mira, no te gustaría devorar está piernita tan suculenta y sabor a gloria.- El maldito gusano le hacía gestos, le mostraba la lengua, se bajaba su calzón, le mostraba las nalgas.

La araña ya se veía agotada, le escurría algo de los ojos, y en un instante quedo patas arriba.

 

Algo grande, peludo, tomo con rapidez al gusano, lo metió en una bolsa transparente, donde se encontraban sus hermanos, su madre, era una cima de negro y rosa.

Dispuse a ponerme unas alas, volé a otro color. Era oscuro, parecía el azul, pero con sangre derramada, los cabellos se estremecieron  al llegar a esa callejuela. Estuve un día esperando en la puerta. No quería entrar, pero ya no podía dar un paso atrás, las piernas sólo podían dar pasos hacía el frente.

 


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