Brillante (Parte tres - Final)

Por EM Rosa
Enviado el 23/02/2012, clasificado en Ciencia ficción
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- Pero... ¡Eso es una crueldad para un hombre que aportó tanto a la empresa!  . –

 

- Esta dentro de las atribuciones de la empresa. - dijo Marcos levemente sorprendido. Fuera Perses quien fuera esas afirmaciones bien le podrían valer un despido inmediato.

- Le confío que estoy tan indignado como sorprendido, Sr. Marcos, y si usted me dice cuales son sus expectativas le prometo que haré todo lo que esté a mi alcance para que su trance se dirima lo mas expeditivamente posible. –

A Marcos toda esta conversación le olía a podrido y decidió ser lo mas cauteloso que se podía ser.

- Todo lo que deseo es lo que ya le expresé a la plana ejecutiva y que es, ni mas ni menos, que me despidan a la brevedad aportándome la suma de dinero que mi representación legal reclama. –

- ¡Pero Sr. Marcos, la empresa no puede desprenderse de un elemento como usted!  . –

- Todo lo que deseo es lo que ya le expresé. –

- Esto es inaudito. Me apiado de usted y lamento no contarlo entre los que colaborarán conmigo pero si esa es su decisión le aseguro que la llevaré a buen puerto. Buenos días, Sr. Marcos y fue un placer. –

- Buenos días y gracias. –

La comunicación se cortó y Marcos lamentó profundamente no haber podido ver la cara de su interlocutor. Su voz sonaba algo extraña y le intrigó el hecho de que ignorará cual era la situación por la que el atravesaba. Sonaba a trampa.

Retiró el pequeño cartucho del cubículo grabador que contenía la conversación sostenida momentos atrás y se lo metió en el bolsillo. Su abogado le había recomendado que grabara las conversaciones que mantenía en el seno de la empresa ya que podían servir para obtener mayores ventajas a su situación. Cuando llegó a su hogar y tras saludar a su familia y ponerla en antecedentes se retiró a su estudio para conversar con su abogado y hacerle escuchar la conversación. El facultativo le manifestó que no encontraba en los dichos nada que pudiera agravar su situación actual sino, que por el contrario, los dichos de su interlocutor podían, como empleado de la empresa, facilitar las cosas enormemente. Le aconsejó que copiara la grabación varias veces y lo felicitó por la prudencia con que se manejó.

A los cinco días Marcos ya había olvidado el evento cuando se enteró por el boletín interno que el ejecutivo que llevaba adelante su causa en su contra había sido sorpresivamente despedido.

Tras cartón sonó el videófono (que ya había sido reparado) y en la pantalla se recortó la cara feliz de su abogado.

- ¡Ganamos, Marcos! Serás despedido mañana con nada menos que ocho millones para embolsar. Por mis honorarios no te preocupes, va por cuenta de la empresa. Adiós. –

Marcos se quedó boquiabierto. En un principio se suponía que debía entregar a Todd, su abogado, un veinte por ciento de lo obtenido. Obviamente había conseguido muchísimo mas.  Una tormenta de sentimientos la barrió el cerebro.

Pena: por dejar un ámbito que frecuentó por más de treinta años.

Alivio: por el fin de algo que debería haber soportado tres meses más.

Felicidad: por haberse convertido en millonario.

Intriga: ¿Quien carajo era Antonio Perses?.

Alguien, una persona, se había hecho carne de su problema y se lo había solucionado. Esto lo reconciliaba con la humanidad, con la gente con la que tan desencantado estaba. Ahora tenía una esperanza, una pizca de fe en sus semejantes que tanto mal le habían hecho. Ahora sí podía empezar a creer, a empezar de nuevo, a...

El sonido anunciaba alguien en la puerta de su desmantelado despacho.

- ¿Quien es?  . - preguntó por el interfono.

- Antonio Perses, Sr. Marcos. Traigo la notificación oficial del otorgamiento de todas sus demandas. Como sé que este es un acontecimiento feliz para usted quise traérsela personalmente. Aparte me siento muy satisfecho de informarle sin falsas modestias que tengo gran parte del mérito de que esto haya resultado bien. –

 Marcos sonrió ampliamente pleno de felicidad. Un buen hombre aguardaba ante su puerta esperando que le abrieran.

- En un instante le abro Sr. Perses y me alegro de tenerlo aquí. –

Marcos recorrió a grandes trancos la gran distancia que lo separaba de la puerta. La ansiedad lo consumía. Iba a conocer a un verdadero ser humano, sensible, amable, comprometido. Llegó a la puerta y pulsó el botón de apertura.

Lo que vio lo abatió. Brillante...brillante.

- Buenos días, Sr. Marcos. –

Alto, con un maletín en la mano, sin rostro, solo brillante.

- Esta es la notificación de sus demandas. No será despido sino retiro honroso... –

Cubría todo el vano de la puerta. Brillante, plateado. Sus ojos, rojos, luminosos, brillante.

- ...sin perjuicio del pago de sus honorarios que constan... –

Había oído hablar de ellos pero nunca los había visto...brillantes...tan brillantes.

- ...detalladamente al pie del documento. Espero que este usted feliz, Sr. Marcos. –

No. No lo estaba.  No lo estaba porque Antonio Perses no era humano. Antonio Perses era un robot de brillante metal.

                                                 FIN


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