El camarada y la sirena

Por Carlos Caro
Enviado el 02/08/2016, clasificado en Cuentos
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En la tarde aburrida medito la dependencia que me aqueja. Es tan sutil como engañosa y sus zarcillos suben por mi espina, con mis axones se acoplan y mi cerebro encantado con su flauta, se interna en mundos imaginarios.

Mientras tanto, la atención se divide en diversas tareas que se multiplican y llega un punto donde ya no sé qué hace qué ni quién con quién. En la caja mágica que, la técnica me dice está llena de procesos, de memorias y de puertos sin el mar, cada elemento baila su danza, pero la orquesta ha perdido el ritmo y por más que agito la batuta, pulso aquí y pulso allá, la cacofonía aturde, el “in crescendo” escala, y el infierno me alucina.

“Power off” y se terminó. La pantalla negra me hace presentir los electrones, pero resisto con la frágil sobriedad del borracho irredento y es entonces cuando la musa despierta, cuando los renglones se ofrecen marciales y cuando mi mano pierde la carrera frente a las letras que la mente quiere escribir. Tan veloces son.

Rememoro las lecturas de la mañana que conservan aún el gusto a café. Saboreo cada frase que al resbalar en la manteca y la mermelada hienden el alma como flecha. Flecha que de gozo desangra colores del amanecer, vierte lozanía a los años y empuja el ánimo a volar.

Recorro el océano en bote de pescador, saludo al camarada que comanda al Holandés Errante, lastra la bodega con libros y hace brillar su camarote con el candil del genio. Desde la borda me grita su cercanía, se preocupa por mi ánimo y lamenta el destino aciago que sin brújula no lo conducirá a puerto alguno.

Con voz ronca le contesto que no hay más destino que el que toca, bueno o malo. Que no es un fardo sino una oportunidad, pues no es fácil encontrar quien reflexione con agudeza y “chispa”. Sólo la fantasía nos reunirá en el abrazo de aprecio, respeto y risas en un  bodegón que salan otros mares.

Remo para alejarme y en la superficie flota una botella con mensaje. En él reconozco al hechizo de la sirena y la equis con que marca su atolón de melancolía. Pide al navegante que recuerde su trágica pérdida e interprete el canto que acompaña. Despliego la vela latina que engorda y me lleva. Con un zig el océano se achica y con el zag encallo en el arrecife. En el canto suenan besos nostálgicos que, inexorables, llevan a una muerte en las profundidades.

Levanto la vista, abandono ese sueño prestado y tirito de frío en la penumbra. Mientras las hojas del relato arden para darme calor, olvidadas en el hogar, la musa duerme, la mano descansa y mi alma se pregunta ¿Qué tuvo de extraordinaria esta mañana?

 

Carlos Caro

Paraná, 3 de junio de 2016

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