El décimo de lotería

Por Francisco Picazo
Enviado el 04/08/2016, clasificado en Intriga / suspense
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Estaban saliendo del cementerio cuando Irene, la mujer del fallecido, le alargó el sobre.

__ Toma, esto es para ti. Ni sé qué es, ni me importa. Adiós.

Se separaron sin más. Era evidente que Florencio y su cuñada no se llevaban bien. Todo empezó cuando su hermano Pedro decidió irse a Toledo empujado por Irene y sus locas ideas. Ahora, muerto después de una larga y complicada enfermedad, Pedro le mandaba algo desde el más allá. Se metió el sobre en el bolsillo de la camisa y se dirigió rápido hacia su coche.

                                                               *****

Había decidido no abrir el sobre hasta llegar a Barcelona. Con 68 años había aprendido a tomarse las cosas con calma. Desde que la crisis le había quitado todo dejando sólo deudas y amargura, no esperaba nada bueno de la vida. Vivía solo en un piso de alquiler y salvo algún eventual contacto con su ex mujer y su hijo Sergio, solo tenía la compañía de tres amigos jubilados y como único entretenimiento las esporádicas partidas de cartas que hacía con ellos en el restaurante “PEREJIL” en el pequeño pueblo de Argentona a pocos kilómetros de Barcelona.

Estaba sentado en su raído butacón cuando decidió ver lo que había en el sobre.

__ Bueno Pedro, tú dirás __ se dijo para sí.

Lo abrió y desdobló la cuartilla que había en su interior. El escrito decía:

“Querido hermanito Florencio: Si estás leyendo esta carta, es que estoy muerto.

Como bien sabes no he sido nunca rico. El piso y los ahorros son para Irene y mi hija, pero a ti también te dejo algo.

He estado durante más de cuarenta años jugando cada semana a la lotería nacional el número de más abajo y nunca, repito, nunca, ha tocado ningún premio, ni grande ni pequeño, nada de nada. Se puede decir que es un número virgen. Síguelo jugando pues algún día, tarde o temprano, saldrá premiado. Si no fuera así, déjalo en herencia a tu hijo. En fin, esté donde esté ahora, te deseo lo mejor.

                                                       27.284

 

P.D. No se lo digas a nadie, es nuestro secreto.”

Sintió un escalofrío. Se sirvió un trago de Jack Daniel’s.

__ A tu salud Pedro, ojalá estés en el cielo.

Dejó el vaso, y salió raudo a la calle. La administración de lotería estaba cerca.

__ Quería jugar cada semana un número fijo, ¿es posible?__le preguntó a la señora de la ventanilla.

__ Por supuesto, solo dígame el número y yo me encargo __ respondió la mujer.

                                                           *****

                                           Tres años y pico más tarde.

__ Florencio, por cierto, ¿aún sigues jugando al número misterioso? __ preguntó Roberto.

__ Por supuesto. Sigue sin tocar nada, pero yo sigo.

Era viernes y estaba comiendo en el restaurante PEREJIL con sus tres amigos jubilados: Fernando, Octavio y Roberto, más tarde jugarían a cartas.

__ Estos garbanzos están de muerte __ sentenció Fernando __ ¡Fumanchú! __ gritó dirigiéndose hacia el camarero de origen oriental. __ Trae más garbanzos, chico, rápido.

__ Shi sheñio Fernando, ya mishmo. Shi.

Se llamaba Yuan, pero le llamaban fumanchú cariñosamente. Tenía la lógica dificultad de comunicación, pero era educado y le apreciaban.

                                                                  *****

Seis horas más tarde, Florencio volvía a estar en su casa. Había decidido meterse en la cama pronto pues estaba incubando una gripe. Al día siguiente iría a sacar dinero al cajero.

Cuando iba a dejar el teléfono móvil encima de la mesita de noche, cargandose, se dio cuenta que no lo llevaba encima.

__ ¡Mierda! __ exclamó.

Se acercó al teléfono fijo y marcó el número del restaurante.

__ Yuan, soy Florencio, me he dejado el teléfono ¿verdad?

__ Shi, en la mesha. Shi.

__ Guárdalo muchacho, ya pasaré a buscarlo, Ciao.

Colgó cuando aún se escuchaban varios “Shi” en la distancia.

                                                             *****

Se despertó aun soñoliento. Había pasado el fin de semana vagueando por la casa en calzoncillos. Se encontraba algo mejor, pero seguía medio atontado por el fuerte jarabe auto medicado. Se estaba mirando en el espejo del lavabo cuando sonó el teléfono fijo. Alcanzó el auricular:

__ Dígame.

__ ¡Florencio!, por fin, soy Luisa, la lotera, hace siglos que te intento localizar, pero tu móvil está desconectado. En fin, a lo que iba. ¿Estás sentado? ¡Te ha tocado! ¡Oyes Florencio! ¡Te ha tocado!, Dios mío, ¡te ha tocado! El maldito número, ¡¡¡un millón de euros!!! ¡¿Me oyes, maldita sea, me oyes!? ¡Dime algo!

__ S..si, el número. Ha tocado el gordo. __ balbuceó __ gracias, g-gracias.

Estaba aturdido, mareado. Era el final de su sufrimiento. Podría hacer tantas cosas…

La situación le superaba. Colgó e intentó serenarse. Lo primero era ir a buscar el décimo a la cartera. Después, ya vería.

Abrió el armario y buscó en el bolsillo trasero de los pantalones donde siempre guardaba la cartera.

Estaba vacío. Florencio palpó todos los bolsillos. Nada, no estaba la cartera. La adrenalina hizo su aparición. Una ligera angustia le atenazaba. ¿Dónde está la puñetera cartera? La angustia aumentaba sin freno. ¿Sería posible que la hubiese perdido? Intentó pensar racionalmente, pero no podía. Estaba como loco y así actuó.

Levantó las alfombras, abrió todos los cajones vaciando bruscamente su contenido, levantó el colchón de la cama, vació de libros la estantería…

__ ¡Dios, Dios, Dios! __ repetía en voz alta maldiciendo su suerte.

Estaba fuera de sí, le caín goterones de sudor por la frente, respiraba ansiosamente por la boca abierta.

Se sentó. Temblaba.

Creía recordar que había ido al cajero, pero ¿Cuándo? No podía centrar las ideas.

Ya está, se la debía haber dejado en la repisa del cajero. ¡Mierda! ¡Mierda!

Entonces, se fijó en el gran armario. Se levantó de golpe. Cogió con las dos manos un lateral y empezó a hacer fuerza para apartarlo de la pared y mirar detrás. Pesaba mucho y el esfuerzo le provocó taquicardia. Era igual, ya estaba fuera de sí. Tampoco nada. Miró hacia arriba del armario y agarró una silla. Se subió y al ponerse de puntillas para ver mejor, le sobrevino. De repente, sin aviso.

Era como si una enorme garra le oprimiese el pecho con tal fuerza que se dobló sobre sí mismo. Apretó los dientes y tensó la mandíbula. Cayó al suelo estrepitosamente. El dolor era infrahumano. Sabía que estaba infartando ¡qué horror! Se dijo a sí mismo.

Cuando el cerebro empezó a desconectar del resto del cuerpo dejó de sentir el dolor, flotaba.

__ Qué alivio, gracias Dios mío, gracias__ rezó. Le quedaban minutos de vida.

El teléfono fijo sonó y aun le dio tiempo de oír el mensaje que le dejaban en el buzón.

__ Florencio, soy Carmen, la dueña del Perejil. Verás, acabo de encontrar un teléfono móvil en un cajón y he logrado con dificultad que Yuan me aclare que es tuyo y que ya lo sabes. Lo que no tengo tan claro es si te dijo que también te dejaste la cartera. Es tan burro. Te la guardo, espero que no te haya causado un grave problema. En fin, nos vemos.

Florencio ya no oyó el final, había expirado.

                                                              Epílogo:

Yuan mal aparcó encima de la acera su flamante BMW Z4, bajó y se dirigió canturreando hacia donde estaba Carmen. Su reloj Hamilton de oro marcaba las 6 de la tarde.

__ Hola socio __ dijo ella sonriendo __ ¿Te gusta? __ preguntó mientras observaba las reformas efectuadas en el PEREJIL. __Será el restaurante más lujoso de toda Argentona, ¿no crees?

__ Shi.

                                                                 FIN


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