Érase una vez un hombre que siempre estaba triste

Por albertocubeiro
Enviado el 05/08/2016, clasificado en Cuentos
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Érase una vez un hombre que siempre estaba triste. Y esa tristeza se había convertido en su única compañía.
Todo le molestaba a nuestro hombre triste. Todos estaban en este mundo para importunarle.
Los odiaba. 
Y aún los odiaba más cuando los observaba reír y pasarlo bien con actividades del todo estúpidas.

El hombre triste vivía solo. Dormía solo. Practicaba el sexo en soledad.

Una mañana al despertar de su última pesadilla el hombre triste descubrió que se había quedado ciego.
Desesperado y solo gritó y gritó. 
Dominado por el pánico se levantó y empezó a chocar con todo. Asustado, desesperado, fuera de sí pensó que alguien le había cambiado durante la noche las cosas y los muebles de sitio.
Gritó muy alto, desgarrándose la garganta. Lloró, gritó y gritó hasta quedarse sin voz. 
Tumbado en el suelo, lloró y lloró.

Y pasaron lentamente las horas. Nadie acudió, nadie llamó. 

Su casa aislada sin vecinos, sin teléfono. Odiaba ser molestado. Odiaba saludar por compromiso.
Nadie lo echaría de menos. 

Llevaba jubilado cerca de un año sin despedidas y con mucho alivio entre los que se quedaron.
Su único hermano vivía en la otra punta del país. No se trataban desde hacía más de veintiocho años

Se le agotaron las lágrimas. La garganta le dolía horrores y el cansancio ganó la batalla. 

El hombre triste y ahora ciego se encogió como un ovillo. Tirado entre la mesa del salón y las sillas caídas por los tropiezos se fue quedando dormido, entre suspiros infantiles. 

Acompañado de la más negra oscuridad. Al cabo de mucho rato en la casa solo existían los ronquidos&

Tras un tiempo incierto el hombre triste y ciego despertó. 

Enseguida fue consciente y recordó su nueva situación y de nuevo acudió el pánico a su garganta y a sus pulmones. 
Gritó con la garganta encallecida y dolorida los ojos cerrados con fuerza como para dar más fuerza a sus desesperados alaridos de desesperación. 
Y de nuevo exhausto y palpitándole las sienes guardo silencio y abrió los ojos.

Una fuerte luz dañó hasta lo más profundo de su cerebro.

¡¡¡Podía ver!!! 
-¡¡¡Dios!!! exclamó a pesar de su descreimiento profundo.
-¡¡¡Dios, Dios, Dios!! ! Puedo ver! ¡puedo ver Dios mío! ¡¡Joder sí!!

Se reincorporó y quedo sentado sobre la cama.

¿La cama?, ¿estaba sobre la cama?
El hombre lloró. 
Y fue ese un llanto nuevo, liberador y reprimido durante toda una existencia. Lloró mientras los mocos se le metían por la comisura de los labios, mientras se le empezaba a dibujar una sonrisa cada vez más franca y abierta.
Su pecho se hinchaba y deshinchaba y la risa se convirtió en carcajada, y la carcajada en llanto liberador. 

Y rió y lloró. Había sido la pesadilla más real que había experimentado en su amargada vida.

El trance de carcajadas, lloros y gritos de desahogo fueron remitiendo. 
Se sentía agotado, agradablemente agotado.
Miró el reloj, las dos del mediodía y el sol entraba con fuerza por la ventana haciendo brillar la almohada como una nube.
Se tumbó de nuevo. La sonrisa estática en su semblante. Un semblante renovado. 

Se adormecía con sensaciones nuevas, llenas de propósitos de encarar el resto de su vida desde la parte positiva de las cosas. 
Todo su ser estaba dominado de ilusiones desconocidas y solo adivinadas hasta ese día en los demás.

¡¡Voy a ser feliz joder!! Se repetía en voz alta sin dejar de sonreír. 
La relajación, la calma calentaba suavemente su rostro. 

-Voy a ser feliz, es tan sencillo...
-Voy a ser feliz ...

El sueño y el suave sol de marzo acabaron de adormecerlo. No hubo ronquidos, ni pesadillas. Solo un profundo y reparador sueño. 

Y las horas pasaron, lentas, relajadas, prometedoras.
Llegó la noche. 
Y despertó con la sonrisa en la cara.

Sintió el cuerpo dolorido. Muchas horas durmiendo pensó.
Se reincorporó sobre el frío y duro suelo...
¿Suelo?
Abrió los ojos...............


El cuerpo del hombre fugazmente feliz y ciego permaneció en el suelo de su salón más de mes y medio.

Murió de sed, de hambre, de fatiga de frio. Una muerte lenta con horrorosos calambres...

Fue el protagonista de unas breves líneas en la página 14 en un periódico gratuito de la ciudad 

El olor de la putrefacción alertó al cobrador de "seguros Ocaso"que visitaba al hombre triste cada tres meses para cobrar la póliza del seguro de vida.

 


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